Michael Ignatieff: "Lo que llamábamos el mundo libre se ha terminado"
"Cualquier país corre el riesgo de perder el apoyo de la población si ve sus fronteras amenazadas", afirma el que fuera Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2024
La Razón, , 20-09-2026Pocas figuras reúnen como
Michael Ignatieff (Toronto, 1947)
la experiencia del intelectual, el académico y el político. Historiador, ensayista y profesor en universidades como Cambridge, Oxford, Toronto y Harvard, dirigió entre 2016 y 2021 la Central European University (CEU) en uno de los periodos más convulsos de la institución, marcado por su salida de Budapest y su traslado a Viena. También conoce la política desde dentro: fue diputado, líder del Partido Liberal de Canadá y jefe de la oposición. En
2024 recibió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales
por una trayectoria intelectual dedicada, en buena medida, a reflexionar sobre la democracia, los derechos humanos, la libertad y las amenazas que afrontan las sociedades abiertas. Ignatieff estuvo esta semana en Madrid, donde participó en la Fundación Rafael del Pino en el diálogo El futuro vuelve a estar abierto. Libertad y democracia después del desencanto, junto a Francisco Beltrán.
En los últimos días, varios investigadores de las principales compañías de inteligencia artificial han advertido de que el desarrollo de sistemas superinteligentes podría llegar a representar incluso un riesgo de extinción para la humanidad antes de 2030. ¿Debemos tomarnos en serio este tipo de advertencias o estamos ante una nueva forma de alarmismo tecnológico?
Creo que debemos mantener una actitud de cautela, incluso cierto escepticismo, ante quienes están promoviendo la inteligencia artificial. Si nos asustan lo suficiente, pueden acabar convenciendo a los gobiernos de que compren precisamente los productos destinados a protegernos de los peligros sobre los que ellos mismos nos están alertando.
Dicho esto, los científicos informáticos están observando comportamientos preocupantes en sus propios modelos, y esa sí me parece una buena razón para ralentizar el proceso. Necesitamos tiempo para comprender cómo funcionan estos sistemas y desarrollar los controles necesarios para garantizar que puedan operar sin generar riesgos.
Tenemos, además, una relación muy competitiva entre Estados Unidos y China. No espero que sus líderes alcancen fácilmente acuerdos sobre regulación de la IA, porque el nivel de desconfianza entre ambos países es demasiado elevado. Pero sería muy importante que las comunidades científicas china y estadounidense empezaran a dialogar intensamente. Eso podría reducir algunos de los riesgos que todos afrontamos.
Si quienes están desarrollando la inteligencia artificial reconocen que existe incluso una pequeña posibilidad de consecuencias catastróficas, ¿quién tiene legitimidad para decidir cuánto riesgo está dispuesta a asumir la humanidad: las empresas tecnológicas, los gobiernos o los ciudadanos?
Tiene que ser una decisión democrática. Desde luego, no puede quedar en manos de decisiones unilaterales de las empresas tecnológicas.
También tenemos que entender que la inteligencia artificial plantea una amenaza potencial para la propia democracia. La idea democrática básica consiste en que los ciudadanos puedan evaluar distintas propuestas y formarse un juicio sobre qué consideran verdadero. Pero estamos entrando en un mundo en el que la fabricación sistemática de imágenes, voces y contenidos puede dificultar enormemente esa tarea.
Podemos llegar a preguntarnos, por ejemplo: «¿Es este realmente Pedro Sánchez?». Si los ciudadanos —y también los periodistas— pierden la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso, tenemos un problema democrático de primer orden.
Por eso hace falta regulación.
Y hay cosas que podemos hacer. Podemos exigir, por ejemplo, que los candidatos políticos asuman responsabilidad jurídica sobre los materiales que difunden. No se trata de garantizar jurídicamente que todo lo que dicen sea verdad, sino de que respondan de la autenticidad y la procedencia de los contenidos que utilizan. Eso forma parte de las condiciones básicas de cualquier debate democrático.
Es un problema serio, pero podemos abordarlo.
¿Cree que la carrera por la inteligencia artificial es comparable a la carrera armamentística nuclear? Todo el mundo reconoce el peligro, pero nadie parece capaz de detenerse.
Creo que la analogía entre la carrera nuclear y la carrera de la inteligencia artificial es bastante fuerte. Y, en cierto sentido, eso debería darnos esperanza.
Fuimos capaces de regular las armas nucleares y evitar una catástrofe, y podemos intentar hacer algo parecido con la inteligencia artificial. El problema es que no tenemos demasiado tiempo. La IA es extraordinariamente dinámica y sus capacidades están aumentando a una velocidad vertiginosa.
Pensemos, por ejemplo, en los sistemas de armas autónomas. Si empiezan a escapar al control directo de los Estados y las decisiones militares dependen cada vez más de sistemas de inteligencia artificial, China, Rusia y Estados Unidos tendrán que establecer protocolos para prevenir conflictos.
Necesitamos mecanismos que permitan a esos países comunicarse, intercambiar información y evitar que un error o una interpretación equivocada desemboquen en una confrontación.
Durante la Guerra Fría tuvimos protocolos de este tipo y canales directos de comunicación. Necesitamos algo equivalente para la inteligencia artificial. Las soluciones técnicas existen. Lo que todavía no existe es suficiente voluntad política. Pero creo que acabará existiendo porque estamos hablando de un problema existencial.
Episodios como la entrada masiva de migrantes en Ceuta han reabierto el debate sobre hasta dónde debe llegar la protección humanitaria y dónde comienza la obligación de un Estado de defender sus fronteras. ¿Cree que las democracias europeas han encontrado ese equilibrio o han evitado durante demasiado tiempo afrontar el problema?
Yo soy canadiense y liberal, en el sentido anglosajón del término; es decir, lo que en Europa probablemente llamaríamos progresista. Y creo que los liberales no siempre hemos sido capaces de reconocer con suficiente claridad la realidad de este problema.
Mi apellido es Ignatieff y mi padre fue un refugiado ruso. Por tanto, tengo una relación personal muy favorable con la migración. Mi propia familia dependió de ella.
Pero las democracias europeas tienen que hacer dos cosas. La primera es distinguir claramente entre migración legal e ilegal. Eso implica también que las personas que se encuentran ilegalmente en un país puedan ser repatriadas.
Al mismo tiempo, y pese a todo lo que han dicho los populistas, la inmigración ha sido, en términos generales, un éxito para Europa. Me resulta profundamente irritante escuchar a políticos que hablan de expulsar a inmigrantes musulmanes de origen turco que llevan décadas viviendo en Alemania, especialmente cuando personas procedentes de esas comunidades contribuyeron, por ejemplo, al desarrollo de las vacunas de ARN mensajero que salvaron la vida de tantos ciudadanos europeos.
Europa necesita inmigración. Pero necesita establecer vías claras de entrada y caminos definidos hacia la ciudadanía para aquellas personas a las que decide admitir. Y, al mismo tiempo, debe poder decir que no a quienes no cumplan esas condiciones.
España tiene uno de los modelos migratorios más abiertos de Europa, pero un país corre el riesgo de perder el apoyo público a ese modelo si la población percibe que sus fronteras no están bajo control. Y lo ocurrido en Ceuta plantea precisamente ese problema.
Además, la cuestión de Ceuta no es solo policial. Tiene que ver también con las relaciones de España con Marruecos y Argelia. Es necesario evitar que los países vecinos puedan utilizar la inmigración como herramienta de presión política, abriendo y cerrando el flujo migratorio en función de sus intereses.
¿Le sorprende el avance en Europa de los partidos de extrema derecha? ¿Tienen razón los populistas en algo? ¿Cómo explica su éxito?
La inmigración es uno de los factores que explican su éxito. Durante demasiado tiempo no hemos sido capaces de controlar adecuadamente las fronteras, hablar con claridad sobre la inmigración ni establecer procedimientos comprensibles de entrada y acceso a la ciudadanía.
También debemos pedir a quienes llegan que acepten ciertas reglas básicas de la sociedad en la que quieren integrarse: aprender el idioma, respetar la ley, buscar trabajo y participar en la vida del país.Canadá es un país construido sobre la inmigración. Prácticamente toda nuestra sociedad se basa en ella. Pero precisamente por eso sabemos que la inmigración necesita reglas.
Un liberal puede defender una política migratoria generosa, pero, si esas condiciones básicas no se cumplen, se acaba perdiendo el apoyo de la población.
La inmigración, por tanto, es uno de los elementos que explican el auge de la llamada extrema derecha, aunque no es el único.
Yo no diría que todos esos partidos sean necesariamente antidemocráticos ni que constituyan automáticamente una amenaza para la democracia. Si lo que dicen es que las sociedades necesitan recuperar cierto control sobre decisiones fundamentales, esa es una demanda que puede formularse legítimamente dentro de una democracia.
El problema aparece cuando ese discurso entra en contradicción con la realidad. No tiene demasiado sentido decir «vamos a recuperar el control» y, al mismo tiempo, debilitar la Unión Europea. Algunos movimientos populistas critican Europa mientras muestran simpatía por Rusia. Esa combinación es difícilmente coherente.
Y existe un problema adicional: algunos de estos partidos rechazan elementos esenciales de la democracia liberal. No les gustan los jueces independientes, no les gusta una prensa libre o cuestionan instituciones cuya función es precisamente proteger las libertades de los ciudadanos.
Cuando un partido abandona el marco constitucional, intenta limitar la libertad de prensa, restringe derechos fundamentales o recurre a la violencia política, una democracia no puede tolerarlo. Tiene que defenderse con firmeza.
Mientras esos partidos respeten las reglas del juego democrático, tienen todo el derecho a competir electoralmente. Vox, AfD o cualquier otro partido. Puede que no me guste lo que dicen, pero tienen derecho a participar.
El límite aparece cuando dejan de respetar esas reglas.
Estados Unidos ha sido durante décadas el principal garante del orden liberal. ¿Le preocupan más hoy Rusia y China o la posibilidad de que Estados Unidos haya dejado de desempeñar ese papel de defensa de la democracia liberal en el mundo?
Ese mundo se ha terminado. Lo que llamábamos el «mundo libre» ya no existe en los mismos términos, porque Estados Unidos ha dejado de desempeñar de manera automática el papel de defensor de la democracia. Estamos entrando en un mundo en el que ya no podemos dar por garantizada la solidaridad entre democracias que existió, con todas sus imperfecciones, desde 1945.
Eso significa que Europa tendrá que aprender a defenderse por sí misma: con ideas, con capacidad militar y con una defensa firme de su propio orden constitucional. Defender la democracia no es una cuestión abstracta. Es algo muy práctico.
Puede que Europa tenga que decir «no» muchas veces durante la próxima década y asumir responsabilidades que durante mucho tiempo delegó en Estados Unidos.
China ha demostrado que es posible combinar crecimiento económico, tecnología y poder global sin democracia liberal. ¿Representa el modelo chino una amenaza para la idea occidental de que prosperidad y libertad política acaban avanzando juntas?
Yo crecí en un mundo en el que nuestra visión de la Unión Soviética era relativamente sencilla. Podías admirar el enorme sacrificio del Ejército soviético en la derrota de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, pero, al mismo tiempo, rechazabas profundamente su sistema político y sabías que económicamente era ineficiente.
China plantea algo distinto. Tenemos un sistema autoritario que, sin embargo, ha sido capaz de desarrollar una forma de capitalismo extraordinariamente exitosa. Y eso supone un desafío nuevo para las democracias occidentales.
En mi país llevamos años discutiendo sobre determinadas infraestructuras ferroviarias y, mientras tanto, China ha sido capaz de construir redes de alta velocidad de enorme escala en periodos muy breves. En ese sentido, los chinos nos están dando una lección.
También ocupan una posición muy avanzada en inteligencia artificial. Por tanto, sí: China constituye un enorme desafío estratégico. Pero el modelo chino también tiene debilidades importantes.
Un dirigente democrático puede levantarse por la mañana y saber que una parte importante de la población está enfadada con él. Lo lee en la prensa, lo ve en las encuestas, lo escucha en el Parlamento o en la calle.
En un sistema autoritario, el dirigente puede levantarse por la mañana y escuchar simplemente que todo va maravillosamente bien. Ese es uno de los grandes problemas de los sistemas autoritarios: la información no circula libremente. Las élites pueden acabar sin conocer realmente el estado de la economía o el grado de descontento de la población.
La libertad permite que circule la información que necesitan tanto los gobernantes como los ciudadanos. Y también permite la circulación de ideas. Por eso, aunque el sistema chino me impresiona en muchos aspectos, no creo que tenga asegurado el futuro.
Pero Occidente tiene que reaccionar. Como decimos en Canadá, tenemos que «ponernos los patines». Tenemos que movernos mucho más deprisa. Podemos aprender de nuestros errores, pero no disponemos de tanto tiempo como quizá pensamos.
¿El verdadero peligro de la polarización está en que pensemos distinto o en que hayamos empezado a considerar moralmente despreciable a quien piensa distinto?
Hay algunos datos preocupantes en Estados Unidos. Cada vez resulta más frecuente que las preferencias políticas condicionen incluso las relaciones personales. Un republicano puede no querer salir con una demócrata, o una demócrata con un republicano. Incluso los matrimonios entre personas con posiciones políticas distintas parecen ser menos frecuentes.
Pero la democracia no puede funcionar si somos incapaces de escuchar a personas de las que desconfiamos o que simplemente no nos caen bien. Y eso exige humildad.
Para los progresistas puede ser especialmente difícil porque, como todos sabemos, los progresistas lo sabemos todo y siempre tenemos razón. Lo digo también desde mi propia experiencia. He sufrido una derrota política, y una de las cosas buenas que puede enseñarte la política es precisamente a escuchar a personas de las que no te fías o que no te gustan.
Porque, al final, maldita sea, a veces tienen razón.
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