Dentro de los safaris humanos de Sarajevo: "Los niños y las mujeres eran las piezas más cotizadas, a los tiradores se les hacía la boca agua"
El escritor italiano Ezio Gavazzeni reconstruye en su nuevo libro el trabajo periodístico que ha permitido, 30 años después, investigar judicialmente los viajes de turistas millonarios para disparar a población civil durante la guerra de Bosnia
El Mundo, , 18-09-2026La mecánica fue prácticamente la misma durante casi cuatro años. Los viernes por la tarde un reducido grupo de turistas tomaba su coche particular o un microbús que salía desde distintos puntos de Italia y les llevaba hasta el aeropuerto. Habitualmente volaban en un avión privado desde la terminal de Trieste, aunque en ocasiones despegaban desde otros lugares del norte de Italia, algunos incluso desde Roma. En sus maletas llevaban poca cosa: ropa de camuflaje, botas, gafas de sol y algunas escopetas de caza mayor. Solían aterrizar en Belgrado, capital de la antigua Yugoslavia. El trayecto apenas duraba cuatro horas y media. Desde allí, la organización, este particular touroperador, se encargaba de custodiar a los visitantes y conducirlos hasta las colinas de Sarajevo. Los más ricos se movían por la zona en helicóptero, los menos ricos en 4×4.
“Una vez sobre el terreno, todo es bastante fácil”, cuentan los testigos de aquella singular escapada de fin de semana. “El cazador puede apostarse en un lugar seguro y elevado y practicar el tiro al blanco…”.
Allí se les conocía como “tiradores de fin de semana”. También les llamaban “arqueros”. O strelci, en serbio. Sus presas eran “ciervos”.
Todo relativamente normal en una excursión de caza si no fuera porque hablamos de los años 90, Sarajevo es entonces una ciudad sitiada por las milicias serbobosnias durante la guerra de Bosnia, los tiradores son en realidad un grupo de hombres (todos hombres) millonarios, aristócratas y empresarios mayoritariamente italianos, algunos vinculados a la extrema derecha y los ciervos no son exactamente ciervos… Los ciervos son vecinos de Sarajevo, población civil, personas a las que los turistas disparaban por pura diversión como si fueran monigotes de feria.
“Su única motivación era lúdica, buscaban una sensación especial de adrenalina”, psicoanaliza el periodista italiano Ezio Gavazzeni. “El denominador común de todas estas personas era el amor por la caza y el amor por las armas, que para ellos eran como el anillo de Gollum: sentían fascinación por ellas y eran una prolongación de su yo, de su poder. Un poder que llevaron hasta el punto de acabar con la vida de otros como si fuera un hobby”.
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Gavazzeni acaba de publicar en España Safaris humanos (Ed. Península), un libro que recoge minuciosamente la investigación periodística que él mismo emprendió en 2023 y que ha desembocado en un proceso judicial liderado por la Fiscalía de Milán y que ya se extiende a Viena, Berna, Bruselas y Sarajevo. La Justicia italiana investiga los hechos como un presunto delito de homicidio voluntario múltiple con el agravante de crueldad, pero todavía no ha encontrado pruebas suficientes para solicitar un juicio contra ningún sospechoso. No existen documentos que acrediten estos viajes, tampoco fotografías o contratos. Pero Gavazzeni, que se niega a creer que todo fuera una leyenda negra, sí ha logrado recopilar decenas de testimonios que parecen confirmar unos hechos que la prensa desveló por primera vez hace tres décadas.
El 30 de marzo de 1995, el Corriere della Sera llevaba en la esquina inferior derecha de su portada un titular que decía Vacanze in Bosnia tiro all’uomo compreso(Vacaciones en Bosnia con cacería humana incluida). Otros medios se hicieron eco en los meses siguientes, pero el escándalo se esfumó de un día para otro sin mayores explicaciones.
“Nadie abrió entonces ninguna investigación, no se ordenó ningún procedimiento penal, los periódicos no creyeron mucho en aquella noticia y la historia cayó en el olvido”, se asombra Gavazzeni, que decidió indagar en el caso tras descubrir hace tres años la existencia del documental Sarajevo Safari, del director esloveno Miran Zupanic, en el que se hablaba de nuevo de la “caza de hombres” durante la guerra de Bosnia.
¿Cómo se explica que una información tan monstruosa apareciera en la prensa hace 30 años y desde entonces nadie haya llegado hasta el final de la historia?
Por aquel entonces los italianos formábamos parte del bando de los buenos, estábamos a favor de la población asediada de Sarajevo y nadie quería oír en la tele que había ingenieros, notarios y empresarios de nuestro país que el fin de semana se marchaban a disparar a niños.
¿Es posible que alguno de esos empresarios tuviera el poder suficiente como para frenar esta investigación?
Sí, claro. Estamos hablando de personas muy bien establecidas en la sociedad. Profesionales de éxito. Personas muy bien situadas, con muchos contactos y muchas conexiones, que en estos ambientes, codeándose con jueces, periodistas y empresarios, descubrieron que podía haber otras formas de divertirse.
Francotiradores bosnios disparan contra francotiradores serbios en las montañas de Sarajevo.
Francotiradores bosnios disparan contra francotiradores serbios en las montañas de Sarajevo.DAVID TURNLEY / CORBIS / GETTY
Volvemos al libro. “Tal vez el primer interlocutor le pregunta al otro si no está ya harto de cazar jabalíes malolientes o animales de la sabana cubiertos de moscas, si no le apetecería tal vez probar algo más emocionante. Si el interlocutor evita responder, si cambia de tema y se niega a continuar por ahí, la broma acaba. Pero si parece prestar atención, el discurso toma otro rumbo”, recrea Gavazzeni en un relato que avanza a partir de todos las confesiones que el periodista ha ido recopilando durante estos años.
Por sus páginas desfilan personajes protegidos con seudónimos como Sin Nombre, el Hombre Escondido, el Halcón o el Legionario, pero también antiguos oficiales de los servicios de inteligencia militar de Bosnia, sacerdotes, agentes yugoslavos a lo 007, un bombero estadounidense voluntario durante las guerras de Yugoslavia y ciudadanos de Sarajevo que vieron pasar las balas como ciervos en un safari.
Ningún testimonio es tan escalofriante como el de El Francés, un nombre falso que aglutina el relato casi idéntico de dos personas: un mercenario francés y otro italiano que ejercieron como acompañantes de los grupos de francotiradores que se desplazaron desde Italia hasta Bosnia-Herzegovina entre 1992 y 1995.
En su entrevista con el autor, El Francés cuenta que detrás de los safaris humanos pululaban agencias de soldados para corporaciones militares privadas, guardaespaldas o empresas del sector de la seguridad. También el crimen organizado balcánico o ruso. La sede principal se encontraba en Bélgica, pero operaban otros negocios con sede en Londres o Milán.
“Los francotiradores eran personas muy bien conectadas en la sociedad, profesionales de éxito que descubrieron que podía haber otras formas de divertirse”
Explica Gavazzeni que existían también organizaciones paralelas creadas alrededor de grandes empresas farmacéuticas que mercadeaban con medicinas caducadas, psicofármacos y tratamientos experimentales que se probaran con soldados en la antigua Yugoslavia. Toda la red se conectaba a través de armerías, tiendas de caza y pesca y campos de tiro. Se comunicaba a través del boca a boca y de mensajes cifrados que se publicaban en anuncios de la revista Soldier of Fortune, una publicación mensual estadounidense destinada a mercenarios de guerra.
El Francés admite que participó como acompañante de los tiradores desde Italia en seis traslados, dos desde Bélgica y uno desde Francia. “Nuestra tarea consistía fundamentalmente en contar las víctimas para cobrárselas después a los arqueros. Las tarifas estaban establecidas desde el principio. Ellos pagaban a la agencia. Nosotros, los europeos, teníamos que vigilar que los acompañantes yugoslavos no mintiesen sobre la edad de las víctimas, por ejemplo poniéndose de acuerdo con los arqueros para engañarnos”, admite en el libro. “Si metías la pata o te pasabas de listo, ibas inmediatamente al lado de las presas”.
La edad de las víctimas no era un dato menor. Acabada la jornada de caza, los arqueros pagaban por cada pieza abatida. “Los objetivos preferidos eran los niños y las mujeres, eran las piezas más cotizadas”, explica Gavazzeni.
¿Cuánto se pagaba por cada víctima?
Todos los testimonios coinciden en que los niños eran los más buscados. Lo que más les gustaba era cazar a niños y, después, a chicas jóvenes. Las tarifas más altas rondaban los 100 millones de liras (unos 51.600 euros al cambio, que equivaldrían hoy a casi 100.000 euros). Y siempre pagaban al acabar. El acompañante tenía la tarea de apuntar todo lo que había matado el cliente. Por ejemplo, si había matado a un niño y a una mujer, pues pagaba 170 millones de entonces. Si era solo un niño, 100 millones. Siempre iban con dos acompañantes para que uno diera fe del otro y ninguno pudiera ponerse de acuerdo con el cliente para cobrarle menos a cambio de una propina.
¿Qué explica que prefiriesen matar a niños?
Esa respuesta la dejo en manos de los psiquiatras.
¿Sabe cuántas personas pudieron participar en estos safaris?
Una fuente me dijo que pudieron participar 230 italianos, pero también sabemos que había gente de otros países, con lo cual podemos hablar de unas 400 personas. A mí me parece una cifra muy elevada, pero El Francés me dijo que se podría equivocar en uno o dos. Algún periodista ha dicho que es imposible que fueran tantos, que quizás fueron 60 o 70… Ah, pues nada, si sólo fueron 60 o 70 nos quedamos más tranquilos…
¿Se puede saber cuántas personas mataron estos francotiradores de fin de semana?
Es muy difícil saberlo, porque cuando uno hace una autopsia no puede saber si esa bala viene de un turista de Milán o de un serbobosnio que estaba allí con su uniforme y disparaba a los civiles por una orden militar. Estaríamos hablando de en torno a 1.000 víctimas, pero es complicado saberlo con seguridad.
El libro de Gavazzeni arranca con unas declaraciones de Nermin Kahriman, fundador y director de la agencia de viajes Sarajevo Bella Bosnia Tour. Su negocio ofrece hoy rutas por las zonas más señaladas del asedio que sufrió la ciudad durante 1.425 días en los 90. A lo largo de estas excursiones, Kahriman ha escuchado los recuerdos de antiguos militares, voluntarios de ONG, periodistas y vecinos. “Yo oí decir que los niños eran más caros. Por ellos se pagaba el doble”, recuerda él también. “Tú mismo podías escoger al que más te gustase, es decir, esperabas hasta que apareciese el niño. Sólo había una regla: cuando la madre va a por agua y sale del edificio, ellos salen a la calle a jugar”.
“A los arqueros se les hacía la boca agua con los niños, los adolescentes y las mujeres de 20 o 30 años, como máximo 35”, insiste El Francés.
“Estoy convencido de que hay gente en España implicada en los safaris y la opinión pública pedirá que se abran diligencias”
En su investigación, señor Gavazzeni, aparece también una pista española: un testimonio habla de un catalán que habría ofrecido viajes para “cazar seres humanos” en Yugoslavia.
Me escribió una persona hablando de un amigo millonario de su padre que empezó cazando elefantes en África y que acabó organizando viajes a Yugoslavia para cazar seres humanos y le ofreció la posibilidad de participar.
¿Usted cree que puede haber más implicados en España?
Estoy convencido y creo que cuando el libro se lea en España, la opinión pública va a pedir que se abran diligencias, porque es casi inevitable. En Mostar estaba la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas (UNPROFOR) y la dirección estaba a cargo de españoles, que además crearon una red de informadores que eran como antenas sobre el territorio. Los servicios secretos españoles sabían lo que estaba pasando seguro.
¿Qué recorrido judicial puede tener la investigación 30 años después?
Nada ha prescrito porque se trata de homicidio premeditado, agravado y son motivos abyectos. Eso nunca prescribe. Ahora mismo hay cinco investigaciones en la Fiscalía y ellos tienen unos superpoderes que yo no tengo: pueden interceptar llamadas telefónicas, ordenar registros y acceder a dispositivos que puedan hallar pruebas que yo no puedo encontrar. Mi esperanza es que se llegue a procesar a alguien. No serán 200 personas, igual serán dos, tres o cuatro. Pero espero que caiga el muro de silencio. Me gustaría que se llegara al juicio y poder escribir un libro como un Carrère italiano.
Usted dice que los monstruos siguen entre nosotros. ¿Ha pasado miedo durante la investigación?
No me gustaría entrar en este tema. Hubo algunas amenazas cuando se corrió la voz de que se estaba llevando a cabo esta investigación, pero desde que se publicó el libro no he recibido nada. Me dieron un número de una sección especial de los Carabinieri al que puedo llamar las 24 horas del día, pero hasta ahora ni yo ni mi familia lo hemos tenido que utilizar.
¿Cuál es la gran incógnita pendiente de este caso, más allá de los nombres de sus protagonistas?
Lo más difícil es poder reconstruir la organización que llevaba a esa gente hasta allí. Es la gran incógnita. Y a mí me falta el arrepentido. Yo esperaba encontrar a alguien que, después de tantos años, estuviera roído por el sentimiento de culpa. Estoy convencido de que hay esposas, hermanas, amigos, parientes, que saben lo que pasó pero las familias no hablan.
¿Usted cree que se pueden estar produciendo safaris humanos similares hoy en día en Ucrania o en Gaza?
Yo creo que no porque hay que distinguir entre las guerras tradicionales y las no convencionales. En Ucrania combaten dos ejércitos tradicionales y es mucho más difícil infiltrarse. Quizás es más fácil en guerras olvidadas como las de Sudán o Sudán del Sur. Lo que sí se ha documentado es que en Israel había una agencia que cobraba 1.800 euros por ir a las colinas de Gaza para ver los combates con prismáticos. Si uno paga para ver cómo derrumban un edificio con personas dentro o para ver cómo matan a personas mientras van a buscar agua, esa persona no es un mero observador, es un cómplice.
Una última pregunta: después de investigar durante años a hombres que pagaban por matar, ¿ha cambiado su idea sobre la naturaleza humana y el significado del mal?
Lamentablemente, el mundo se encamina cada vez más a esta violencia, a esta agresividad, a considerar al otro como un objeto. Lo vemos en el Mediterráneo con esas barcazas que vuelcan y todas esas personas que mueren despersonalizadas. Nos estamos alejando de la empatía y es un fenómeno en aumento conforme crece la extrema derecha y se alimenta el odio hacia los demás, hacia los inmigrantes. Cuando esa violencia llega al poder, vemos que se puede ejercer sin consecuencias.
Recuerda Gavazzeni que los domingos, cuando el tour llegaba a su fin y antes de que los tiradores regresasen a casa a tiempo de cenar en familia o acudir a la última misa del día, se les cacheaba para quitarles cualquier cámara fotográfica o dispositivo que hubiese podido registrar lo ocurrido. A cambio se llevaban un suvenir como recuerdo de la experiencia. “El trofeo era una bala en la que el acompañante indicaba con un color qué objetivo se había alcanzado”, cuenta El Francés. Azul para los niños, rosa para las niñas, rojo para los varones, rojo y verde para los militares, amarillo para las mujeres, negro y azul para los ancianos y negro y rosa para las ancianas. “Por lo general, la munición que se empleaba era .308 Winchester, 7,62 × 51 mm OTAN. Munición de guerra”.
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