Tash Aw: “Aprendí a ser queer a partir de ser inmigrante”

El escritor de origen malasio publica una novela iniciática que transcurre durante un verano, la primera parte de una ambiciosa tetralogía

La Vanguardia, Begoña Gómez Urzaiz, 17-09-2026

En el primer párrafo ya sabemos que en El Sur “el sol cae a plomo, implacable”, y a lo largo de toda la novela es imposible dejar de sudar, entumecerse y jadear con un calor pringoso y ecuatorial. ¿Qué mejor lectura para dejar atrás el verano de las noches tórridas? Tash Aw (Taipéi, Taiwan, 1971) pretendía escribir una novela épica, grande y larga, sobre un hombre en la Historia pero decidió finalmente trocear esa historia y convertirla en una tetralogía. El Sur, la primera novela de Aw que se traduce al español (por Álex Gibert, en Anagrama) y al catalán (por Miriam Cano, en Les Hores) nos presenta a Jay, aquí un adolescente de 16 años que pasa el verano en la granja de su familia al Sur de Malasia. Ni la granja ni la familia están en su mejor momento, y si todo eso remite a Chejov no es casualidad. Jay vive su iniciación sexual con el hijo del trabajador que se encarga de esas tierras, un secarral baldío que carga con un valor simbólico: ser el pedazo de tierra que une a esta familia de migrantes chinos al país de acogida. A Aw, que creció en Malasia, se educó en Inglaterra y ahora vive en París, no le costó demasiado volver a sentir el dolor y la gloria de tener 16 años para poder transmitirlo en la novela.

¿Qué mecanismos utilizó para ponerse en la piel de ese adolescente?

Cuando empecé a escribirla pensaba que estaba muy lejos de eso, que había dejado atrás la confusión de mi adolescencia, el dolor y la vergüenza, pero entonces empecé a recordar y me di cuenta de que todo eso aún está dentro de mí y ni siquiera me doy cuenta. Siempre intentamos escapar de nuestro pasado, y me parece una cosa normal y saludable. El desafío que tenemos como seres humanos es el de lidiar con el pasado a media que nos reinventamos. No creo que sea posible librarnos de todo, pero a algunos les cuesta más que a otros vivir con su versión del pasado. Creo que es más difícil para la gente queer huir del propio pasado, y es más difícil para los inmigrantes. Yo aprendí mucho de ser queer a partir de ser inmigrante. No tuve conciencia de serlo hasta los seis o siete años. Pensaba que era como los demás. Pero entonces empecé a oír cosas como “vuélvete a China” y me di cuenta de que a los demás no se las decían.

Ese es uno de los tres insultos que recibe Jay en su escuela. Le llaman “chino, cerdo, maricón”.

Lo que somos también cobra forma a partir de cómo nos ve la gente, y ese primer momento en el que te das cuenta de que la gente te ve distinto a cómo te ves tú es muy confuso. La primera vez que alguien te llama “maricón” entiendes que lo que tú eres algunos lo ven como algo sucio y vergonzoso. Para mí, toda mi vida como persona queer ha consistido en entender que lo que yo soy no es como la gente puede verme, y eso ya lo entendí antes por ser un inmigrante. Me dijeran lo que me dijeran, yo aún sentía que pertenecía a ese país. Por eso la idea de la tierra es tan importante en la novela. ¿Sabe lo que significa tener un trozo de tierra para una familia inmigrante?

No es una tierra ancestral. Apenas se compró una generación atrás.

En el mundo moderno, la pertenencia se mide en relación a la tierra. En malasio hay un término, Bhubi Putra, que significa “príncipe de la tierra”. En Francia dicen “francés de raíz”. Es ridículo. ¿Cuánto tienes que vivir en un país para pertenecer a él? A veces me siento momentáneamente celoso de la gente que puede trazar todos sus antepasados a un solo pueblo, que puede volver a un lugar en el que todos le conocen, pero la idea es solo atractiva por un rato.

La familia protagonista, como tanta gente, pertenece a una clase social u otra según donde esté. En la ciudad, el padre profesor de matemáticas apenas puede mantener a su familia de cinco. En el campo, ocupan un lugar superior respecto a los que trabajan la tierra.

Es la reproducción exacta del sistema de clases que opera en mi familia. Somos parte de lo que los estadounidenses llaman “la generación socialmente ascendente”. Veníamos de un periodo de colonialismo y pobreza y de repente la narrativa nacional era que todos nos íbamos a hacer ricos. Renunciabas a los derechos sociales y a las libertades, pero si eras obediente y no causabas problemas a tu estructura social y a tu familia, mejoraría tu situación financiera y todo iría bien. La novela transcurre en los noventa y sólo habían pasado 40 años de la independencia. En una sola generación ya se habían creado estratos sociales. En la ciudad, nosotros sabíamos que no éramos ricos porque nos medíamos con los vecinos, que se iban de vacaciones todos los años y tenían juguetes nuevos. Pero con nuestros primos del campo éramos los ricos. Llegábamos con nuestro radiocassette…yo quería dejar eso atrás, no quería comunicarme en dialectos chinos, quería hablar con ellos en malasio o en mandarín, que al menos era una lengua reglada. Ahora a veces mis primos me escriben, siempre para pedirme dinero, y me cuesta reconciliar la realidad que viven ellos con la que tengo yo aquí, sentado hablando con usted en Barcelona. Mi primo me dice que su valla ha sido derribada por elefantes, o que le ha invadido la casa un grupo de drogadictos. Ahora, cuando vuelvo, no aguanto más de dos días. No lo resisto. Cómo hablan de los extranjeros, cómo hablan de la gente LGBTQ…

También Jay en la novela, aunque está absorbido por ese verano eterno, sabe que se marchará, que su vida estará lejos de la de su amante.

Para mucha gente, escapar de la violencia o de la represión es la única manera de existir en el mundo. Se suele ver la huida de la familia como una traición, pero yo veo ahí la libertad. Aprendemos a vivir en sociedad a partir de aprender a vivir dentro de nuestras familias, pero nuestras familias no son siempre espacios amables.

Entiendo que en la próxima entrega encontramos a Jay con 26 años, viviendo en Londres. ¿Y después?

Después con 40, y debería acabar con la edad que yo tenga en ese momento. Por volver a su primera pregunta: no me costó encontrar al adolescente de 16 años dentro de mí. Creo que retengo la misma angustia.

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