De las guerras mundiales a la enésima crisis migratoria, radiografía de la Europa postantifascista: "Sabemos cada vez mejor contra qué luchamos, pero no lo que defendemos"
La periodista e historiadora Géraldine Schwarz, autora de Los amnésicos, recorre en De dónde venimos (Tusquets) 2.000 años de historia para preguntarse qué queda de una civilización que ya no puede reconocerse solo en el trauma del siglo XX: "Europa no necesita unificar sus diferencias, sino asumirlas"
El Mundo, , 17-09-2026Hay una pregunta que Géraldine Schwarz (Estrasburgo, 1974) recuerda especialmente bien. Hace alrededor de un año, en una conferencia ante varios cientos de jóvenes europeos, quiso saber si estarían dispuestos a luchar por la democracia. Nadie levantó la mano y se quedó perpleja. Entonces decidió cambiar la pregunta: ¿contra qué estarían dispuestos a luchar? Ahí aparecieron las respuestas. Contra una dictadura. Contra una autocracia. Contra una invasión. Contra una eventual agresión rusa.
«Los jóvenes saben identificar aquello que rechazan, pero les cuesta poner en palabras aquello que están dispuestos a defender», explica la periodista
e historiadora francoalemana. La escena contiene, para Schwarz, una paradoja que explica buena parte de la crisis europea: «Europa todavía tiene una identidad por defecto. Sabemos lo que no queremos, pero no sabemos lo que queremos».
Esa idea atraviesa De dónde venimos (Tusquets), un ensayo en el que Schwarz vuelve a reflexionar sobre el espíritu europeo después de haber dedicado Los amnésicos a las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y de los totalitarismos. En aquel primer y apasionante libro, recorrió Europa siguiendo las huellas de sus memorias familiares y sus coqueteos con los nazis. El viaje la llevó a una conclusión que ahora es el núcleo de su nueva obra: el recuerdo del siglo XX, por sí solo, ya no parece suficiente para mantener unida a Europa.
«Europa ha construido durante décadas una identidad alrededor de aquello que debía impedir que volviera a ocurrir: la guerra, el fascismo, los totalitarismos, el exterminio. Después de 1945, ser europeo significaba también haber aprendido una lección», afirma. Ese «nunca más» fue una formidable argamasa política y moral; condenar el fascismo, dice Schwarz, llegó a convertirse «casi en una condición para participar en la vida pública».
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Pero, ¿qué ocurre cuando ese pasado deja de ser suficiente para las generaciones que no lo vivieron? Schwarz retrocede nada menos que 2.000 años para intentar hallar la respuesta. «Aunque suene polémico, vivimos en una Europa postantifascista: no porque el antifascismo haya desaparecido, sino porque la experiencia que lo sustentaba se encuentra cada vez más lejos», sostiene la autora, incidiendo en los peligros de la desmemoria histórica. «Para buena parte de las nuevas generaciones, las guerras mundiales, las dictaduras y los campos de exterminio son acontecimientos estudiados, no eventos que hayan marcado directamente a su sociedad. Necesitamos nueva inspiración, no solo advertencias».
El relato histórico que traza Schwarz en De dónde venimos no es lineal ni pretende encontrar un origen puro del continente. Al contrario: insiste en sus contradicciones, sus intercambios y sus influencias cruzadas. En lugar de ofrecer una cronología exhaustiva, busca conexiones en el cristianismo, el capitalismo y la libertad como las tres grandes fuerzas que han contribuido decisivamente a moldear la civilización europea. «Aunque ninguna pueda explicar por sí sola lo que es Europa, su recorrido obliga a abandonar la comodidad de una historia dividida en países. Las fronteras han cambiado demasiadas veces, las personas se han desplazado, las ideas han viajado y muchas de las cosas que hoy consideramos propias de una nación nacieron en otro lugar», plantea.
Pone como ejemplo la herencia del mundo islámico, cuya aportación a la medicina, la astronomía, las matemáticas, la geografía o la cartografía fue fundamental para la transmisión posterior de conocimientos en Europa. La circulación de textos de filosofía y ciencia griegas a través del árabe permitió, entre otras cosas, que autores europeos accedieran a lo esencial de ese legado.
«Europa no necesita una memoria única que borre las diferencias», defiende Schwarz. Para ella, no se trata de construir una nueva mitología europea, sino de abrazar la miscelánea de culturas y valores que han dejado una impronta en nuestro modus vivendi actual. «Lo que necesita es una mirada capaz de asumir que esas diferencias forman parte de una historia común mucho más antigua que las actuales fronteras nacionales».
Aquí aparece una palabra alemana que resulta especialmente difícil de traducir por su ausencia de equivalentes: Heimat. Algo así como un segundo hogar. «No significa exactamente patria ni familia, sino ese lugar en el que uno se siente en casa lejos de su tierra natal. Creo que deberíamos trasladar esa idea a Europa: el continente puede convertirse en un hogar elegido, construido alrededor de unos valores y una forma de vida heredados de una historia compartida». Schwarz no propone dejar atrás las identidades nacionales o locales, sino añadir otra capa. «Los seres humanos necesitamos raíces», asegura, «pero también necesitamos mirar más allá del entorno inmediato en el que hemos crecido. La cuestión es qué hacemos con esas raíces, porque una identidad que se construye exclusivamente desde el miedo a perderlas puede terminar convirtiendo al otro en una amenaza».
“Una identidad que se construye exclusivamente desde el miedo a perder las propias raíces corre el riesgo de terminar convirtiendo al otro en una amenaza”
La tensión se vuelve especialmente visible cuando Europa habla de sus fronteras. La ciudad de Ceuta, con miles de migrantes marroquíes y subsaharianos accediendo masivamente al territorio español hace unas semanas, ofrecía una imagen potente de esa disputa. Schwarz reconoce el conflicto que condensan los vídeos difundidos por los medios de comunicación y los usuarios de redes sociales, así como su poder simbólico: «No soy experta en este caso, pero las palabras que usamos no son neutrales; sirven para decidir quién forma parte del nosotros y quién queda fuera».
Se apresura a recordar cómo, en buena parte del continente, partidos nacionalistas y xenófobos se han convertido en primeras o segundas fuerzas electorales. Su discurso conecta con un temor muy concreto: la idea de que la Unión Europea es sinónimo de apertura total. «Unidos en la diversidad», dice su lema. «El problema es que Europa se percibe como una estructura institucional antes que como una forma de proteger un estilo de vida común, y eso es alimento para los populistas», subraya. «A veces, abrirse demasiado equivale a perder el control sobre la identidad».
Schwarz desconfía de la tendencia a emplear el término «libertad» como baza para justificar casi cualquier cosa. «La libertad europea tiene una historia larga y conflictiva: está relacionada con la autonomía individual, pero también con la responsabilidad hacia los demás», argumenta. «Cuando la libertad se limita al individualismo, a un ‘yo hago lo que quiero’, desaparece la dimensión colectiva que permitió ampliar las libertades. Y es cuando surgen las crisis». De ahí su preocupación por el auge de movimientos que prometen proteger a los ciudadanos mientras excluyen a quienes consideran ajenos. Afirma la periodista que esa es una de las lecciones que Europa debería haber aprendido: «La libertad no puede convertirse en el privilegio de unos pocos. O es aceptada para todos, o para nadie. Si deja de ser compartida, termina perdiendo su sentido político».
Remontándose a los orígenes de la cultura occidental, la autora no presenta Europa como «una civilización exclusivamente cristiana» ni cree que reconocer su herencia implique convertirla en la identidad religiosa por antonomasia. Tampoco acepta que se borre su influencia por razones ideológicas. El cristianismo se coló durante siglos en las instituciones, la educación, las autoridades y una porción nada desdeñable del imaginario artístico del continente, pero ese mismo credo fue utilizado también para perpetrar masacres, persecuciones y otras formas de dominación. «No hay que dejar el cristianismo en manos de extremistas que lo utilicen como una bandera excluyente ante otras confesiones, razas o etnias», dice. «Igual que el Papa aboga por los migrantes, están Donald Trump o Vladimir Putin, que se presentan como grandes defensores de una Europa o un Occidente cristianos».
El otro gran pilar europeo sobre el que Schwarz erige su ensayo es el capitalismo, «un motor comercial que ha transformado las sociedades europeas, multiplicado las posibilidades materiales y contribuido a la expansión de la prosperidad», pero que también ha generado, asegura, «una ruptura significativa del contrato social y de la promesa de la meritocracia». Frente al ritmo con el que se suceden los cambios tecnológicos y el tira y afloja con potencias como China y Estados Unidos, Schwarz reivindica algo que, de primeras, parece muy poco práctico: saber frenar. La tan estigmatizada lentitud de Europa podría convertirse, paradójicamente, en una ventaja: «La civilización europea ha construido mecanismos muy interesantes para limitar el poder, proteger derechos y poner ciertas barreras a aquello que técnicamente puede hacerse. En un mundo dominado por la lógica vertiginosa de ‘más, más, más’, esa capacidad de detenerse puede tener un valor gigantesco».
‘Kniefall von Warschau’, gesto de perdón realizado por el entonces canciller alemán Willy Brandt ante las víctimas del levantamiento de Varsovia en 1970.
‘Kniefall von Warschau’, gesto de perdón realizado por el entonces canciller alemán Willy Brandt ante las víctimas del levantamiento de Varsovia en 1970.MUZEUM POWSTANIA WARSZAWSK
De momento, la guerra en Ucrania ha puesto a prueba una de las grandes promesas sobre las que se construyó la narrativa de la Europa contemporánea: que los conflictos bélicos eran barro seco. La invasión rusa acabó con esa tranquilidad y, al mismo tiempo, provocó una reacción que Schwarz juzga significativa: aumentó el sentimiento de pertenencia europea y la disposición a reforzar la cooperación económica, tecnológica y militar. «Creo que la Unión Europea, con todos sus fallos, está poniendo un poco de cordura en un mundo que se ha demostrado gobernado por locos y maníacos. Ahora mismo, es su mayor ventaja».
Pero una cosa es apoyar a Ucrania con mítines y pancartas y otra estar dispuesto a arriesgarse por un país que no es el tuyo. «No basta con hablar de Bruselas o de tratados, la relación con Europa también necesita una dimensión emocional, que es lo más difícil de conseguir». Esa dimensión, sin embargo, no puede decretarse desde las altas esferas. «Al contrario de lo que pensamos desde nuestro desencanto, la construcción europea no ocurre solamente en los despachos. También depende de que la ciudadanía esté lista para exigir, aceptar y defender».
Llegados a este punto, retomamos la pregunta que vertebra nuestra conversación. ¿Qué significa ser europeo cuando ya no basta con recordar lo que ocurrió en el siglo XX? Tras pasar años mirando hacia atrás, Schwarz confiesa que no tiene una respuesta definitiva, aunque tampoco le preocupa demasiado. Su planteamiento consiste en recuperar las herramientas que nos permitieron salir del fango entonces para no dejarnos hundir de nuevo en él. «No es tanto un ejercicio de nostalgia como una toma de conciencia del poder. Quien cuenta la historia decide también, en parte, cómo se interpreta el presente», insiste. Algo que estima «especialmente relevante» en un momento en el que los algoritmos permiten segmentar y difundir relatos polarizantes a una velocidad que las sociedades europeas todavía están aprendiendo a manejar.
«Europa ha de comprender que olvidar de dónde venimos es desaprender a ser libres. Si no conocemos bien nuestro pasado y dejamos una página en blanco, alguien más la escribirá por nosotros. ¿Queremos seguir decidiendo por nosotros mismos o aceptamos que otros decidan en nuestro lugar?», sentencia Schwarz. «Europa necesita contemplar un doble horizonte: la solidaridad pragmática que le permita fortalecerse como motor a corto plazo, y su reconocimiento como algo que va más allá de la mera supervivencia. Una comunidad que tenga sentido incluso cuando ninguna amenaza externa nos obligue a unirnos».
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