Aporofobia

Gara, David Fernàndez, 13-09-2026

Dice la estadística oficial que el 70% de la sociedad europea ya no puede acceder a un piso de 75 metros cuadrados a través de una hipoteca a 30 años. El sueldo medio el medio dicen, no el bajo ya no da para más. Bajo la tiranía de una especulación inmobiliaria desbocada que va a por todo, empezó con los de más abajo y ahora ya alcanza a casi todos. Al 70%: a siete de cada diez. Lo más paradójico es que no será la primera vez en la historia que se vote a la horca que nos ahogará más todavía. Porque, en paralela simultánea, cuando todo anda hiperconectado, cuenta la demoscopia disponible y los calendarios políticos cargaditos de buenas noticias, que en menos de siete meses estaríamos, impasible el ademán, bajo los rigores que rima con horrores de un gobierno estatal de PP y Vox. Y ya veremos con qué correlación interna de fuerzas. En algunos cenáculos ultraeufóricos ya pronostican, incluso, una mayoría absoluta mágica de 210 la que permitiría tantas reformas constitucionales como quisieran. Bajo palio y a por ellos: oé, oé, oé.

En perpendicular consecutiva, nortes y sures globales sincronizan su agenda letal: la motosierra neoliberal criminal de Milei acaba de fijar en 219 euros el salario mínimo para las clases populares en Argentina, muy por debajo de lo que sugería hasta la mismísima patronal. Constante histórica, pasarán las modas y quedarán solo las ruinas. El carnicero que regenta la Casa Rosada, mitad criptobro y canalla entero, había modificado antes la jornada laboral para extenderla a 12 horas. Unos cuantos fantasmas recorren el mundo. Como diría Jorge Riechmann, cada día un pasito más hacia el abismo y algunos días, una enorme zancada. Dice más, por supuesto: que en tiempos convulsos de policrisis, suelen triunfar o los más brutales o los más cooperadores. Y habrá que batallar y mucho para que ganen los segundos.

Ese dilema, cuando la aporofobia recorre un mundo patas arriba que criminaliza cobardemente a los más pobres de todo lo que provocan siempre los más ricos, ha recalado kafkianamente en Donostia este verano. Tan lejos y tan cerca, dicta la autoridad competente que hay que proscribir la más básica de las solidaridades como si dar la mano y un plato caliente fuese delito y que hay que perseguir las cenas solidarias que hace años organiza Kaleko Afari Solidarioak ante la creciente exclusión social. En vano: la revuelta de los carritos de la compra habla sola y lo acoge todo. Vivo en una ciudad Barcelona donde desde 2005 dormir en la calle está sancionado con hasta 500 euros. Habría que felicitar al legislador por la heroica gesta de multar así a la extrema pobreza. Al final va a ser verdad revelada lo que aún dicen las paredes: que la única minoría realmente peligrosa son los megaricos, que habrá que cerrar el móvil para volver a la calle que nunca se ha movido de sitio y siempre estará ahí, disponible y que la protesta cierra la plaza para abrir el camino.

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