Últimas noches en El Trampolín: la playa de la vergüenza y de las preguntas sin respuesta
Los migrantes del asentamiento más numeroso de Ceuta saben que serán trasladados de forma inminente. Crónica de una madrugada de incertidumbre al lado del mar
El País, , 16-09-2026Solo hay una certeza esta noche en la playa del Trampolín: nadie quiere estar aquí y nadie quiere que estén aquí. Todo lo demás en este trozo de costa es una especulación, un bullir de preguntas que opaca el sonido del mar en esta madrugada un mes y medio después. No está claro cuántos son los migrantes que la habitan –las últimas estimaciones lo sitúan en 4.000– ni si esta es la crónica de la última noche que dormirán en la orilla.
Aunque todo en el futuro es un rumor, los migrantes saben ya que van a ser trasladados, como sucedió hace días con los que vivían al raso fuera de Loma Colmenar. Muchos van a diario al centro que se ultima en el Puerto y corren la voz de cómo avanza. El martes faltaba aún una carpa por instalar en el Muelle de Poniente, ya habían llegado las literas, pero no los colchones. Ante la inminencia, cualquier detalle que rompa el discurrir habitual de las largas noches basta como indicio, como pista optimista para adivinar la fecha del fin: “¿Vienes porque nos llevan cuando se haga de día?”, preguntan. Desconfían ante la negativa, así que algunos se retiran sonrientes a empaquetar su cosas por si en unas horas la Policía les despierta y pueden ponerse los primeros en la fila. Quizás no sea mañana, pero saben que no habrá sitio para todos, hay poco más de mil plazas.
Los demás, esperan. Apuran el menú que a diario les reparte Cruz Roja, y hacen trueque de plátanos, bricks de zumo y bocadillos de alto porcentaje de pan. Las bolsas de los alimentos abandonadas en el suelo marcan el inicio de una noche en Trampolín, otra más. Por delante, doce horas de oscuridad hasta que a las 9 de la mañana cuatro mujeres enmascarilladas, del servicio de limpieza de la ciudad, las recojan.
“Yo creo que nos trasladan el sábado, porque se cumplen 50 días desde que entramos”, dice Karim, con una extraña confianza en la redondez de las cosas. Tiene 23 años, es de Meknes, y ya no tiene chabola en Trampolín. Pasa el día y la madrugada por aquí, pero duerme en algún escondrijo entre los montes. “Es imposible dormir, el ruido, las peleas… Aunque trates de aislarte, a veces te caen piedras”, cuenta Hicham, de 19, que se ha mudado a la vecina playa Benítez, donde otro pequeño campamento crece por pestañeos, construido por los más hastiados.
Aunque las primeras horas discurren con calma, pasada la medianoche estalla la primera reyerta en el extremo oeste del campamento, y los migrantes despiertos se desperdigan, despacio, en dirección contraria. “Somos el hazmerreír del mundo, están haciendo que todos parezcamos violentos, es insoportable”, le dice a la punta de sus pies Bilal, todo bochorno. Reposa sobre una silla de plástico sin patas, su trono inestable sobre una pila de basura. “Leo mucho de lo que dicen de nosotros por ahí, y mira, después de tanto tiempo, empiezo a darles la razón. Que nos echen a todos a Marruecos”, proclama. Su hastío contagia al grupo, que se enreda en un debate más exhausto que agrio: “No, escúchame, aquí hay un 30% de gente que no se merece nada, que bebe y se droga y monta esas peleas, pero míranos a la mayoría, no tenemos nada que ver con eso”, se excusa Beladi, que con su más de metro ochenta de estatura ha llegado con cigarrillos y polémica para todos. Se traban en la discusión del porcentaje: para unos los “buenos” son la mayoría, para otros es exactamente al contrario. Recolectan los motivos de las últimas trifulcas, un registro de naderías y odios enquistados: un trozo de tierra, comida, pastillas o procedencias enemistadas. Ya son las dos de la madrugada cuando un equipo de antidisturbios entra en la playa, linternas en mano. Aúlla otra pelea, y los agentes se desvanecen entre el laberinto de chozas en busca del origen. No se les ve salir.
Un hombre duerme en el asentamiento de chabolas de la playa del Trampolín.
José Colón
Ismail observa todo en la distancia, la discusión ontológica sobre la bondad y la maldad, y también la refriega. Está como a tres metros físicos y a kilómetros mentales, cavilando. Viste una chaqueta de una empresa de limpieza amarillo fluorescente, la ha comprado por dos euros en uno de los puestos que se han armado dentro del campamento. “¿No nos van a dar asilo a ninguno, verdad?”, prorrumpe al fin. Emerge un silencio oscuro, nadie responde. “No tenía que haber cruzado, no lo haría sabiendo que esto iba a pasar. Pero ahora, ¿qué hago? Si vuelvo por la frontera, ¿me van a detener?”, inquiere. En Trampolín un mes y medio después no quedan consejos, así que Ismail enumera opciones. “Dicen que me quede, que espere a que nos trasladen al centro y allí estudien el caso para el asilo. Pero si me lo deniegan, no puedo volver a intentar entrar. Y yo no puedo vivir más en Marruecos, eso no es vida”, explica. Este trozo de tierra alberga más historias que Sherezade, todas particulares, incompletas, todas con un algo inicial en común: el futuro allí no, aquí quizás.
Hicham agita la mano en dirección a algo concreto en mitad del mar, aún está oscuro, pero parece verlo: “Llevo toda la vida soñando poder llegar allí a España, si esta no funciona, lo volveré a intentar. No sé si iré al centro o trataré de meterme en una lancha para llegar”, cuenta. Le precisan que esto ya es España, y corrige: “Sí, pero a la otra, no la España pequeña, la grande”, dice, dibujando la Península con los dedos índices. Algo empieza a moverse bruscamente en una tienda de color azul a poca distancia, y se escuchan gritos y golpes. El cáñamo del techo se desprende, y el grupo se dispersa.
Dos furgoneta de la policía Nacional, frente a los asentamientos de la playa del Trampolín en la madrugada del 14 al 15 de septiembre.
José Colón
Al fondo, lindando con la planta desalinizadora, tiemblan unos diez cuerpos pequeños cubiertos con mantas. Apiñados, buscan calor pegados contra el muro. Son menores, se sobresaltan al notar una presencia: “No son militares”, anuncia al resto el más pequeño, y vuelven a enroscarse. Youness se incorpora y pregunta si hay más abrigos. Tiene 16 años, una camiseta de manga larga que dice en inglés “Nuevos comienzos” y explica que ya hace días que no intentan entrar en los centros de menores de la ciudad porque siempre les dicen que no hay sitio. “Por favor, iros a dormir de una puta vez”, se escucha, a lo lejos, chillar a un policía.
A las seis y media suena la llamada al rezo. El Trampolín tiene una mezquita con el carácter improvisado que la playa ha adoptado como propio, pero algunos prefieren ir a la que está en la acera de enfrente. Mohamed departe a la salida con los demás, que se mofan de su gorra roja. Pone en letras blancas “Maruja” y los que dominan el español le explican el dariya el matiz jocoso. El ríe sin dientes, aclara que el nombre es de una marca de chocolates. “Pero puedes llamarme Mohamed Maruja, no me importa”, concede. Muestra el bolso que lleva cruzándole el pecho, de las Princesas Disney: “Me pongo lo que voy encontrando, no pasa nada. Todo esto pasará”, dice. Y el cuándo se queda flotando en el aire.
Al despuntar el día, Larbi sale para coger cubos de agua marina e intentar asearse. Es de los más veteranos, tiene 56 años y es rifeño. Cruzó con su hijo de 25 años, que aún duerme dentro de una precaria estructura cuadrada. “La he reforzado con más cartones, pero se va a desplomar, porque muchas noches vuelan piedras. Siento una profunda vergüenza de lo que está pasando aquí” explica. Se le entrecortan las palabras de su excelente español. Era taxista.
A las ocho, se incorporan a la rutina los que también ansían el final: Uno de los vecinos de los chalés de la loma sale a contemplar el inmenso campamento. Dos corredores sortean los puestos de venta de comida. El tráfico de la carretera se descongestiona de policías y Larbi ayuda a recoger la basura a las mujeres del servicio de limpieza. Desaparecen las bolsas blancas, todos desean que las últimas de Trampolín.
(Puede haber caducado)