El germen del odio

"Alguien, desde un balcón, había disparado balas de fogueo contra un hombre de origen migrante que se encontraba sentado en la calle, aquí, en Donostia"

Diario de noticias de Gipuzkoa, Marta Pérez Arellano, 16-09-2026

Cuando vi las imágenes, no podía creérmelo. Al parecer, el cerebro humano reinterpreta las señales que recibe del modo más favorable para dotarlas de sentido, un sentido que se aleje del horror. Por eso, supongo, mi cabeza pensó que se trataba de un trozo de metal incrustado en una pared. Pero no, no se trataba de una pared, ni de un agujero en el suelo.

La fotografía mostraba un disparo, un impacto de un balín en la cabeza de una persona. Alguien, desde un balcón, había disparado balas de fogueo contra un hombre de origen migrante que se encontraba sentado en la calle, aquí, en Donostia, en un barrio cercano a mi casa. Por si fuera poco, según denuncia Harrera Sarea, es la segunda vez que esto sucede en nuestra ciudad en pocos meses.

Con dificultad, proceso que en Donostia, como en Ceuta y en otros lugares, la violencia racista campa hoy a sus anchas lo suficiente como para que alguien dispare a una persona que descansa tranquilamente en una acera.

Una auténtica “caza”, en palabras el periodista e investigador Youssef M. Ouled.

Hago un barrido rápido por los titulares de las noticias que recogen el ataque. Los medios, amigos de lo que llaman “economía del lenguaje”, hablan en su mayoría de “migrante herido”. Me pregunto si usar el término “migrante”, en lugar de persona, no estará sirviendo para difuminar la humanidad de la víctima. Porque, más allá de su origen, no deberíamos olvidar que el herido es, ante todo, una persona. Una persona que, en estos momentos, vive entre nosotros y nosotras.

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Ante estos terribles hechos sirvan estas líneas para expresarle a la víctima todo el apoyo y deseos de pronta recuperación. Asimismo, es fundamental exigir a las autoridades que investiguen los hechos y se diriman responsabilidades. Y, menos urgente pero quizá más importante, toca trabajar para prevenir que esta escalada de violencia continúe.

Porque la experiencia nos dice que la violencia racista no se frena con palabras vacuas, sino trabajando para desactivar la históricamente forjada maquinaria de odio hacia los cuerpos racializados. Se frena con la implicación de toda la comunidad, revisando de forma autocrítica nuestros propios racismos y dejando de comprar parte del discurso de odio racista y xenófobo de la derecha más rancia. Se frena con vecinos y vecinas dispuestas a abordar su propia islamofobia y morofobia; y con movimientos que luchan contra la expansión de la indiferencia y el racismo hacia las personas vulnerables.

El racismo, principalmente, se frena con unas instituciones públicas que no persigan la solidaridad, sino que implementen los medios necesarios para que en una ciudad como la nuestra no haya personas que se vean obligadas a vagar por las calles sin casa y sin comida.

Unas instituciones y una sociedad que no distingan entre “personas” y “migrantes”, porque en esa misma distinción radica el germen del odio.

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