La crisis migratoria de Ceuta: cuando el verdadero efecto llamada es la escasez de mano de obra en Europa

La situación de la ciudad autónoma muestra las carencias de 35 años de legislación basada solo en reforzar restricciones y barreras. Se atacan los síntomas, pero no las causas, y se olvida que el mayor efecto llamada es la escasez de mano de obra. En lugar de facilitar canales legales de migración, los gobiernos prefieren tolerar la contratación de trabajadores sin papeles, en un modelo que provoca emergencias cíclicas

El País, Hein de Haas, 14-09-2026

Quizá sea sencillo explicar una crisis migratoria. Es mucho más difícil explicar por qué siguen produciéndose crisis así. Desde una perspectiva a largo plazo, la crisis migratoria de Ceuta no es más que el último episodio —aunque muy dramático— de una serie de crisis fronterizas recurrentes que hemos visto en el Mediterráneo y Canarias desde principios de los años noventa.

La llegada repentina de más de 70.000 migrantes, de los cuales permanecen en Ceuta entre 5.000 y 10.000, ha provocado, como es lógico, un gran trastorno en una ciudad fronteriza relativamente pequeña, de solo 83.000 habitantes.

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Sin embargo, para entender por qué siguen ocurriendo estas crisis, es crucial mirar más allá del ciclo informativo y de toda la tensión política en torno a la última crisis y comprender por qué 35 años de restricciones a la inmigración y controles fronterizos no han logrado frenar sustancialmente la inmigración ilegal.

El principal motivo es que estas políticas no han abordado la causa fundamental del fenómeno: el desfase estructural entre la escasez de mano de obra y la tolerancia generalizada hacia los trabajadores sin papeles que hacen todo tipo de trabajos esenciales en España, por un lado, y, por otro, la falta de oportunidades para inmigrar legalmente.

Este desfase ha empujado a muchos migrantes hacia la ilegalidad, ya sea quedándose más tiempo del permitido, como ocurre especialmente entre los latinoamericanos, o cruzando las fronteras de forma ilegal, como es más común entre marroquíes y otros migrantes africanos.

La cruda realidad es que las políticas fronterizas que solo abordan los síntomas nunca podrán ofrecer soluciones duraderas y no harán más que seguir canalizando la migración hacia rutas ilegales, con el consiguiente sufrimiento humano a nuestras puertas y la presión constante sobre las comunidades fronterizas.

En ese sentido, esta es una crisis autoinfligida: lo irónico es que su origen está precisamente en las mismas políticas que pretenden resolver el problema. Por eso es muy poco probable que unas políticas que consisten en “más de lo mismo” esta vez den resultado, por mucho que los políticos intenten hacernos creer lo contrario.

La historia de la emigración marroquí a España es un ejemplo especialmente útil. Viajé por primera vez a Marruecos en 1987, he estudiado su sociedad y su emigración desde 1993. Viví varios años en el país, aprendí el idioma y lo considero mi segundo hogar. En todos estos años, he sido testigo de la transformación de la sociedad marroquí: el nivel de vida se ha duplicado, la pobreza ha disminuido, la tasa de alfabetización se ha disparado, las tasas de natalidad se han hundido y las infraestructuras han mejorado de forma increíble.

Pero hay una cosa que llama la atención porque se ha mantenido constante: la emigración desde Marruecos a España y a otros países europeos no solo ha continuado, sino que ha aumentado, a pesar de que topa con unas restricciones cada vez mayores (véase el gráfico, elaborado con datos disponibles de inmigración de Francia, Bélgica, Países Bajos, Italia, España, Alemania, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Austria y Suiza).

Nivel de ingresos y emigración desde Marruecos entre 1974-2024

Salidas anuales a EuropaPIB per cápita (en dírhams, ajustado a la inflación)
1974
1984
1994
2004
2014
2024
0
0
70.000
70.000
140.000
140.000
210.000
210.000
COVID-19
Exigencia de visados a marroquíes
Crisis económica
1974
1984
1994
2004
2014
2024
0
0
12.000
12.000
24.000
24.000
36.000
36.000
Crisis económica
Exigencia de visados a marroquíes
COVID-19
Emigración recopilada por el autor a partir de datos de entrada procedentes de los países de destino. Fuentes: Eurostat y fuentes estadísticas nacionales. Indicadores del Desarrollo Mundial del Banco Mundial, NY.GDP.PCAP.KN
Paradójicamente, el desarrollo ha aumentado el potencial emigratorio de Marruecos, al proporcionar a más personas los medios necesarios para emigrar y además incrementar sus deseos de hacerlo. La expansión de la educación, la revolución de internet y un contacto cada vez mayor con la riqueza y el estilo de vida de los turistas europeos y los millones de marroquíes que viven en el extranjero han ampliado con gran rapidez los horizontes de la población y han transformado las ideas sobre lo que es “una vida mejor”.

Como consecuencia, se ha extendido la ambición de tener un trabajo mejor, mayores ingresos y un estilo de vida moderno. Muchos jóvenes marroquíes ya no se conforman con el tipo de trabajos que sus padres quizá consideraban todavía aceptables. El crecimiento económico ha sido real, pero comparativamente lento, errático y desigual, y sin la rapidez necesaria para dar suficientes oportunidades a los jóvenes marroquíes con aspiraciones.

Por eso, para muchos marroquíes corrientes, la emigración sigue siendo la forma más segura de forjarse una vida mejor y más próspera para ellos y sus familias.

Las remesas que envían los inmigrantes marroquíes a su país de origen (unos 11.000 millones de euros en 2023) son una suma 15 veces superior al importe de la ayuda oficial al desarrollo y les permiten a ellos, sus familias y sus comunidades de procedencia mejorar sustancialmente el nivel de vida y llevar a cabo inversiones en mejores viviendas, sanidad, empresas y la educación de sus hijos.

Ahora bien, las aspiraciones por sí solas no generan migración. La mayoría de los marroquíes y otros trabajadores inmigrantes no asumirían los considerables costes y riesgos sociales y económicos que implica emigrar si no tuvieran la perspectiva real de labrarse un futuro mejor gracias a unos salarios mucho más elevados (a menudo entre cinco y diez veces más) en el extranjero.

En España ha habido un encendido debate sobre si la actual regularización a gran escala y la reciente sentencia del Tribunal Supremo que limita las repatriaciones inmediatas han generado un efecto llamada. Las pruebas que lo indican son débiles e inconcluyentes.

En cambio, algo que se pasa totalmente por alto en medio de la polémica política es el factor que provoca, sin ninguna duda y con diferencia, el mayor efecto llamada: la escasez crónica y persistente de mano de obra. La demanda constante de trabajadores en sectores como la agricultura, la construcción, la limpieza, los cuidados, la hostelería, la industria alimentaria, los servicios de reparto y toda una variedad de servicios informales es el principal motor de la emigración hacia Europa.

También en este aspecto, España es un excelente ejemplo. A medida que la población española envejece, los niveles educativos se han disparado y se incorporan al mercado laboral unas generaciones más reducidas, la escasez de mano de obra para diversos puestos poco cualificados es cada vez más acuciante y los que cubren esas carencias son los inmigrantes.

No es ningún secreto que esos mismos inmigrantes a los que se califica de “indeseados” cubren la escasez de mano de obra en varios sectores económicos esenciales y se encargan de todo tipo de trabajos poco atractivos pero vitales, para los que a los empresarios les cuesta mucho encontrar a trabajadores nativos, sobre todo con los salarios y las condiciones laborales que ofrecen.

La verdad es que, sin la demanda de mano de obra, la emigración a España se interrumpiría casi por completo. No es ninguna coincidencia que los niveles de inmigración tiendan a seguir los ciclos económicos: aumentan cuando la economía va bien y hay una gran escasez de mano de obra y disminuyen cuando la economía entra en recesión.

El papel decisivo de la demanda de mano de obra como motor de la inmigración quedó muy patente durante la crisis del mercado laboral español en 2008-2014: la inmigración procedente de Marruecos se desplomó y solo se recuperó cuando la economía volvió a repuntar (véase el gráfico).

Migrantes a bordo de una lancha neumática en el Mediterráneo, cerca de Malta, este 8 de septiembre.
Stephane Mahe ( REUTERS )
A pesar de la retórica política y las enérgicas declaraciones de que hay que “combatir la inmigración ilegal” o “luchar contra el tráfico de personas”, en la práctica hay una gran tolerancia con el empleo de inmigrantes indocumentados, como lo demuestran los bajos niveles de vigilancia en los lugares de trabajo y la poca disposición, en general, a imponer a los empresarios sanciones que sean verdaderamente disuasorias.

Todo el mundo sabe que es así, pero esta verdad se opaca en el debate actual, porque resulta políticamente incómoda. Y eso es precisamente lo que perpetúa la hipocresía política organizada en torno a este tema

En estas circunstancias, las restricciones migratorias que no abordan las causas fundamentales de la migración suelen tener una serie de consecuencias impensadas que debilitan su eficacia y pueden incluso volverlas contraproducentes, porque llevan la migración a la clandestinidad y obligan a los inmigrantes temporales a establecerse de forma permanente.

Cuando viajé por primera vez a Marruecos, a la tierna edad de 17 años, con un largo trayecto en tren y ferri desde Países Bajos, tenía curiosidad y muchas ganas de descubrir nuevos horizontes.

En esa época, los jóvenes marroquíes también podían, igual que yo, subirse al ferri de Tánger o Ceuta para ir a la España continental, pasar un tiempo explorando, trabajar un rato, divertirse y luego volver a casa. No se necesitaba visado. La migración era, en gran parte, circular. Era relativamente infrecuente que se establecieran en España.

Esta actitud relajada hacia la migración cambió cuando España implantó los visados en 1991, en virtud del Acuerdo de Schengen. La libre circulación se terminó, pero eso no impidió que los marroquíes siguieran cruzando a Europa. El auge de la economía española (y la italiana) proporcionaba numerosos puestos de trabajo e incentivos para venir. De modo que las restricciones de visado llegaron precisamente cuando la demanda de mano de obra en el sur de Europa estaba ampliándose.

Como las causas subyacentes de la migración seguían sin abordarse y los gobiernos toleraban la contratación de inmigrantes sin papeles, las restricciones fronterizas no interrumpieron la inmigración, sino que animaron a los marroquíes a cruzar de forma ilegal, lo que sirvió para ampliar el mercado de los servicios de tráfico de personas y, al mismo tiempo, fomentó el deseo de quedarse ilegalmente después de expirar el visado y establecerse de forma permanente.

Ese hecho pone de relieve el dilema esencial de la elaboración de políticas migratorias: cuanto más dificultan los gobiernos la entrada, más tienden los inmigrantes a quedarse. En vez de impedir que los emigrantes entraran, las restricciones fronterizas impidieron que regresaran.

Si a esto le sumamos que seguía habiendo demanda laboral, es más fácil entender por qué, a pesar de las restricciones fronterizas, la población residente en España nacida en Marruecos ha pasado de unos 107.000 en 1991 a una cifra estimada de 1,2 millones en la actualidad (se ha multiplicado por más de 11).

También se sabe que las restricciones migratorias y los cierres de fronteras tienden a crear una especie de obsesión por “salir”, lo que desencadena avalanchas migratorias del tipo “ahora o nunca” cada vez que surge una oportunidad. Desde que se instauraron los visados, ese sentimiento ha producido oleadas migratorias periódicas en diversos puntos de paso del Mediterráneo y Canarias.

Desde este punto de vista, los acontecimientos recientes en Ceuta son, en efecto, la última manifestación de una larga serie de crisis fronterizas.

El debate sobre las causas inmediatas de la crisis fronteriza de Ceuta desvía la atención de las verdaderas causas fundamentales de la inmigración ilegal, que, desde 1991, ha estado alimentada por el desfase estructural entre las realidades del mercado laboral español (y europeo) y la falta de oportunidades de inmigración legal.

Eso no significa que debamos simplemente “abrir las fronteras”. Es más, tanto “fronteras cerradas” como “fronteras abiertas” son eslóganes simplistas que ocultan la complejidad de elaborar políticas migratorias.

Es evidente que los problemas complejos no tienen soluciones fáciles. Pero cualquier solución debe empezar por acabar con la política de negación y el reconocimiento de la realidad objetiva.

En vez de volver a recurrir a las mismas políticas fallidas del pasado, lo que se necesita es un debate real sobre cómo resolver este desfase, ya sea mediante reformas fundamentales de la economía y el mercado laboral, creando más vías legales de inmigración, o una combinación de ambas cosas.

Para eso hace falta valentía política, pero es la única forma de salir de este punto muerto.

Entre tanto y mientras las políticas sigan abordando los síntomas en vez del desfase, será inevitable que sigan produciéndose este tipo de crisis fronterizas.

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