El Gobierno se ocupará del campamento de Sidi Embarek, el cobijo de 300 mujeres y niños que levantó la solidaridad de Ceuta

Han comenzado ya las obras para acondicionar nuevas instalaciones después del ultimátum vecinal por falta de comida y recursos

El País, Bárbara Ayuso, 14-09-2026

Todos los días son idénticos en Sidi Embarek, también esos en los que todo está a punto de cambiar. En la carpa de trescientos metros cuadrados que cobija ya a 300 mujeres y niños junto a la explanada de la mezquita, la rutina discurría plomiza este domingo: voluntarios de Luna Blanca repartiendo comida caliente, niños correteando entre las alfombras, madres embarazadas tratando de asearse sin agua corriente… Todo, sostenido por la solidaridad de los vecinos, que llevan haciéndose cargo de ellas desde principios de agosto. Un traqueteo se cuela por la lona de plástico que las resguarda del calor: el ruido de las máquinas de obra que a pocos metros están nivelando el suelo y allanando el camino para ellas.

Tras semanas de negociación, han comenzado las obras que ampliarán este precario campamento por una instalación con acondicionamientos básicos. Hartos de reclamar tanto a la Delegación del Gobierno como al presidente de la Ciudad Autónoma, Juan Jesús Vivas, los vecinos lanzaron un ultimátum la pasada semana, asfixiados por la escasez de comida y medios para atender a estas migrantes. “Al final, ha tenido que ser el mando único el que tome cartas en el asunto; ha sido la única manera de encontrar una solución”, explica Abdellah Mustafa, presidente de la asociación de vecinos de Sidi Embarek. Utiliza las palabras con precaución, porque aún recelan. La solución no se la han “dado”, han sido ellos quienes han diseñado, calculado y presentado ante el Gobierno central un plan de viabilidad para mantener el campamento en pie. Y la autoridad comandada por Ángel Víctor Torres la ha aceptado.

En esencia, consiste en transferir a la organización Luna Blanca —propietaria de la explanada— la gestión del asentamiento, del mismo modo que ocurre con el resto de centros de acogida construidos por el Ejecutivo, que también coordinan organizaciones como Ceuta Acoge. “Al final, hemos tenido que ser nosotros los que nos hagamos cargo del problema, los que lo gestionemos y los que le demos la solución al problema que no han gestionado”, refunfuña Uzman Bersabé, del Movimiento Social y Vecinal de Ceuta. El recelo es tan profundo que el alivio ni amenaza con asomar, ni siquiera cuando aparece por la carretera principal otra máquina para cimentar el terreno anexo. “Cuando esto esté montado, me lo creeré”, dice Mustafa Abdelkader, presidente de Luna Blanca. “Hemos tenido un mes a trescientas mujeres metidas en trescientos metros cuadrados, sin camas, con nuestros recursos. Cuando tiren esta carpa y haya baños y duchas, me lo creeré”, insiste.

El acuerdo incluye, además de la demolición de la carpa actual, la construcción de otra instalación con literas, duchas y aseos en el terreno vecino. Hasta ahora, el gobierno autónomo y el central solo han contribuido con la instalación de tres baños portátiles para tres centenares de personas, llevando el significado de insuficiente a un nuevo nivel. En Sidi Embarek ninguno sabe cuánto se demorarán las obras, no tienen más que sus propios cálculos y a la fuerza han de bastar: un mes, para los más optimistas.

Una niña juega con un patinete en el interior del campamento de mujeres de Sidi Embarek.
Macarena Pérez

De un campo de fútbol a la extenuación
Ajenas a todo eso, las mujeres del interior de la carpa se afanan en lo inmediato. Algunas revisan los papeles del asilo que ya han solicitado, otras se organizan para ir al centro de menores de Piniers, donde muy contados días les permiten usar las duchas. Fatima Zohra Elmorabit, de 38 años, peina a sus dos hijas por turnos, Afnan, de 6 años, y Naima, de 10. Rumia los rumores de que las van a trasladar, pero teme que sea el paso previo a la expulsión a Marruecos. Cruzó con las niñas cuando escuchó la marabunta en dirección a la frontera desde su casa en Castillejos. Su marido está en Bélgica y ella ansía construir su vida en España, donde lleva viniendo desde pequeña. Primero acompañaba a su madre, que cruzaba a Ceuta para trabajar; después empezó a hacerlo ella también gracias al régimen especial fronterizo que dejó de aplicarse con el cierre de la frontera en 2020.

Tras más de un mes de convivencia, la mayor parte de las mujeres conocen la historia de las demás. Duermen apiñadas, reina una atmósfera de matriarcado sólido aunque extenuado. El espacio es escaso, las esperanzas también.

En los ojos y en las lumbares de Karima Mustafá se acumulan las incontables jornadas bajo esta carpa en permanente oficiosidad. Además de la madre de Abdellah y de la coordinadora del campamento, Karima ostenta otro título que desdeña cuando lo escucha: “Es el hada madrina de Sidi Embarek”, le repite Uzman Bersabé. Tras una cortina entra y sale de su “despacho” personal, una pequeña estancia rodeada de palés y botellas de agua donde mangonea el trasiego. El pan, la visita de los médicos, las mujeres que necesitan atención urgente. De tanto en tanto, asoma la cabeza al campamento y brama instrucciones a cualquiera y a todas: “Encárgate de tu hijo, que está corriendo cerca de la carretera. Tú, devuelve ese pantalón que no es tuyo”, vocifera. El resto de sus hijas también están volcadas desde hace un mes con la coordinación del campamento y, si protestan, pierden tiempo.

Abdellah echa los ojos al cielo cuando se le recuerda que todo esto empezó por él, no queda claro si en señal de disculpa o de arrepentimiento. Cuatro días después del cruce masivo de migrantes, él intervino cuando unos hombres trataron de agredir a una menor migrante, y la acogió. Al día siguiente, decenas de mujeres y niños deambulaban por el Príncipe y planteó usar el pequeño campo de fútbol que servía de cine de verano como refugio provisional para ellas. Ni imaginaba cuánto podía expandirse esa palabra, ni que se pareciera tanto a indefinidamente. Las hileras de mujeres recorriendo Ceuta de camino al campo lo desbordaron en pocos días, hasta que Luna Blanca ofreció este terreno. Y, desde entonces, colecciona promesas de ayuda que nunca llegan. Por eso, cuando todo está a punto de cambiar, se lo toma igual. “¿Te crees que dentro de poco no tendrás que venir aquí a encargarte de nada, que otros se encargarán de ellas?“, se le pregunta. Se le escapa una elocuente carcajada por respuesta.

A pocos metros del campamento, junto a la mezquita de Sidi Embarek, hay 88 muertos sin nombre, solo un número. Murieron en el cruce de la frontera, y este barrio se ocupó de ellos. También de las vivas, que tienen nombre y rostro; y dentro de poco, otro se ocupará de ellas. Quizás entonces los días empiecen a diferenciarse unos de otros.

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