Anatomía de la Playa del Trampolín: la ciudad ambulante de Ceuta ya tiene su zoco, en el que los inmigrantes comercian hasta con droga

LA RAZÓN se adentra en 'las calles' del principal asentamiento ilegal de inmigrantes, en el que continúan instalados miles de magrebíes que cruzaron la frontera en el asalto masivo de julio

La Razón, Pepe Luis Vázquez, 13-09-2026

Un joven de unos veinte años se lleva una mano al paquete. De la entrepierna. Pasa la tarde sentado en una silla blanca de plástico. Viste un bañador en el que introduce –a la altura de la zona pélvica– una papelina blanca. Es la droga.

Con la otra mano sujeta un fajo de billetes que introduce en el bolsillo de la sudadera oscura

, con la que se cubre el cuerpo desde la cintura hasta la frente. Supervisa, junto con otros jóvenes, un puestecito hecho de cañas de bambú y tablones de madera. Ofrecen todo tipo de artículos:

alimentos, bebidas, cargadores, tabaco, discos antiguos, peines y hasta colonias.

También, marihuana. Aunque no la exhiben.

«Aquí venden de todo»

, nos cuenta

Samir

, un rifeño de treinta y un años que habla perfecto español. De niño, pasó casi una década en un centro de menores en Ceuta, donde regresó nadando a fines de julio, cuando la invasión en la frontera. Recuerda cómo llegó a la orilla del Tarajal braceando entre los cadáveres de sus compatriotas. En una bolsita de plástico resguardó su teléfono móvil y unos ahorros. Lo primero que hizo nada más pisar suelo español fue comprarse una jaima que le acompaña desde entonces y que tiene instalada en la Playa del Trampolín,

la ciudad ambulante en la que duermen miles de inmigrantes. Casi todos magrebíes.

Desde la Desalinizadora de la ciudad hasta el descampado que hay justo debajo del Cuartel General de la Comandancia hay un kilómetro de distancia. Un espacio tomado por los inmigrantes en el que cada día, a eso de las cinco de la tarde, se repite la misma escena. En una punta, en unos furgones de la Cruz Roja se hace entrega de bolsas de alimentos. La Policía Nacional intenta ordenar el reparto. En la otra punta, tres ambulancias de la misma entidad hacen las veces de hospital improvisado. En dos banquetas de madera la

hermana Vicenta

, una monja de las Hijas de la Caridad, la médico

Karima

, el jefe de Medicina Preventiva del hospital,

Julián Domínguez

, y otros tantos voluntarios, asisten a los inmigrantes que se encuentran enfermos o heridos.

La misión: llevar el control epidemiológico de una población cada vez más vulnerable por las condiciones de hacinamiento en lass que se encuentra. Y también, descongestionar los centros sanitarios de Ceuta, que se encuentran sobresaturados.

A diario, atienden a unas doscientas personas.

Enfermos de sarna, micosis o catarros comunes. Heridos con contusiones, brechas. Algunos, con síntomas que presentan gravedad y que son trasladados a urgencias.

Desde una punta hasta la otra, la ciudad ambulante de la Playa del Trampolín tiene duchas y baños portátiles, decenas de peluquerías al raso, una mezquita flanqueada por botellas de agua llenas de arena y… un zoco, en el que los inmigrantes comercian con productos que compran en el Mercadona y luego revenden, ropa de segunda mano, muebles deteriorados que encuentran en los vertederos, cargadores, menaje de cocina y, también, alcohol y drogas.

«La marihuana van a comprarla al barrio del Príncipe o a Hadu y luego la traen aquí»

, nos desvela uno de los clientes que camina por el zoco.

En un puesto de palets junto a la carretera, dos jóvenes exponen su mercancía:

galletas rellenas de chocolate de la marca Hacendado, zumos de melón y sandía sin azúcares añadidos

, leche entera, barras de pan. En un cubo de plástico lleno de agua, flotan las latas de Zero, una bebida energética. Uno de los vendedores sujeta una botella de plástico de agua en la que ahora hay whisky. Bromea con su colega. Por su aspecto, podría ser menor de edad. Se tambalea. Está borracho como una cuba. «Amigo, ¡un euro, un euro!», exclama en castellano con acento dariya.

A las ocho de la tarde, cuando se esconde la luz por el lateral de la playa y, a lo lejos, desaparece la silueta del Peñón de Gibraltar, dos musulmanes comienzan sobre una alfombra con la ablución. Cumplen con la tradición religiosa islámica del «salat», que se reza cinco veces al día. Ahora toca el «magrib» y, al caer la noche, el «isha». No se les puede interrumpir.

«Están concentrados».

Por los alrededores merodean sin control todo tipo de inmigrantes. Adultos la mayoría. También hay menores. Muchos, a la espera de hacerse con una plaza en un albergue. Sorprende la homogeneidad de sus testimonios. Con la ayuda de ChatGPT, desvelan historias muy similares. Y un anhelo compartido.

«Vengo de la ciudad de Kelaa des Sraghna. No tengo padre, ni madre, ni hermanos.

Soy huérfano y estoy solo en el mundo. Lo estoy pasando un poco mal. No estudio, me echaron de la escuela. No tenía dinero para comprar libros ni para comprar las cosas que necesitaba para estudiar», sostiene uno.

Walid dice ser un adolescente de 17 oriundo de Kenitra. «Si Dios quiere voy a continuar con mis estudios en Europa. Quiero cumplir con mis sueños y vivir una vida feliz». La valla, el primer mundo. «Yo quería entrar como fuera. El año pasado lo intenté desde la zona de Belyounech, por la parte de los turistas.

Nos echaron y nos llevaron de vuelta a Marruecos hasta Kasba Tadla, muy lejos de nuestra casa.

Estuvimos dos días pasando hambre y durmiendo en la calle. Después volvimos con nuestros padres». Y en julio, llegó la vencida.

Ahora, la suerte de Walid, de Samir y de los miles que siguen en Ceuta pende de unas filiaciones que van al ralentí. El Gobierno, inicialmente, prometió el retorno de «todos» los que habían entrado de forma ilegal. Conforme pasa el tiempo, cambia el discurso. Aunque, por lo pronto, la solución que ofrece a una cifra indeterminada de personas es el hacinamiento. El siguiente paso, los albergues temporales. A los que unos quieren ir y otros se niegan.

Las redes sociales fueron el germen de la invasión y a través de las redes sociales reciben instrucciones.

«Me han dicho que no vaya a ningún campamento ni tampoco a filiarme, porque me pueden detener

y mandar de vuelta a Marruecos», sostiene un magrebí que enmudece cuando se le pregunta quién le aconseja en tal dirección.

Mayor resistencia muestran casi todos a la hora de explicar detalladamente cómo se enteraron, al unísono, de que iba a haber un cruce masivo en la frontera.

«No lo sé, hermano, yo solo vi que había mucha gente corriendo hacia la frontera

y quería entrar en España, así que lo dejé todo y me vine aquí», es la respuesta más repetida. Apenas algunos admiten llamamientos a través de Instagram, TikTok o WhatsApp.

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