El 43,8% y la factura del centro: las claves para entender la victoria de AfD

Sajonia-Anhalt no es la prueba de una ola imparable, sino la factura de treinta años de incompetencia del centro político europeo

La Razón, Gustavo de Arístegui, 13-09-2026

El pasado 6 de septiembre, en Sajonia – Anhalt, Alternativa para Alemania

obtuvo el 43,8 % de los votos. La cifra es descomunal, pero no es la más inquietante del escrutinio. La más inquietante es otra: la participación alcanzó el 77,8 %, récord absoluto del Land desde la reunificación. No hubo victoria por abandono ni desmovilización del adversario;

hubo movilización masiva a favor.

La Unión Demócrata Cristiana del canciller Friedrich Merz se desplomó hasta el 17,2 %, menos de la mitad, y perdió veinticinco escaños de los cuarenta que tenía. La AfD se quedó a tres diputados de la mayoría absoluta. Conviene añadir un dato que en España apenas se ha mencionado: la federación de la AfD que acaba de arrasar está clasificada desde 2023 por la Verfassungsschutz (Oficina de Protección de la Constitución, el servicio de seguridad interior y contraespionaje) de ese mismo Land como “extremista de derecha confirmada”.

La tentación inmediata es leer el resultado como la enésima confirmación de una ola continental que barrería Europa de Lisboa a Helsinki. Esa lectura es cómoda,

es la dominante y es falsa.

Lo que hay sobre la mesa no es una ola, sino tres dinámicas simultáneas y divergentes que conviene separar con precisión, porque confundirlas conduce a errores de pronóstico graves.

Tres dinámicas simultáneas

La primera es de ascenso vertical:

Alemania, Austria y Francia

forman el eje duro del fenómeno, con el Partido de la Libertad austriaco (FPÖ) en el 34 % y la Agrupación Nacional convertida en favorita para el Elíseo. La segunda es de meseta o corrección: los Países Bajos castigaron a Geert Wilders en octubre de 2025 con la pérdida de once escaños; Reform UK, que llegó a rozar el 30 %, ha caído por detrás del laborismo de Andy Burnham; los Verdaderos Finlandeses han bajado del 20,1 % de 2023 al entorno del 15 %; los Demócratas de Suecia llegan, según los sondeos, a las elecciones de este domingo por debajo de su registro de 2022. La tercera dinámica es de derrota lisa y llana, y es la que nadie cita.

El 12 de abril de 2026,

Viktor Orban perdió el poder después de dieciséis años. El Tisza de Péter Magyar obtuvo 141 de los 199 escaños de la Asamblea Nacional con el 53,18 % del voto de lista, frente al 38,61 % de un Fidesz que se hundió de 135 a 52 diputados. La participación subió más de nueve puntos, hasta el 78,99 %. Es el acontecimiento político europeo más importante del último lustro y el peor comprendido: demuestra que una democracia iliberal consolidada, con el aparato mediático y la cartografía electoral en la mano, puede ser desalojada en las urnas.

Las elecciones húngaras ponían muchos instrumentos al servicio de Orban, especialmente los medios de titularidad pública, pero

seguían siendo elecciones libres. Ese, y no otro, es el umbral que hay que vigilar. Hablar de “la extrema derecha europea” en singular es, además, un error de categoría. Bajo esa etiqueta conviven al menos cuatro intensidades distintas. Está la derecha nacional, conservadora plenamente integrada, que acepta el marco constitucional, la Alianza Atlántica y la reversibilidad del poder: Hermanos de Italia, cuya política exterior atlantista y proucraniana es hoy

más firme que la de varios gobiernos

socialdemócratas, Vox de España o los Demócratas de Suecia.

Está

el nacional – populismo antisistema

, que ataca a las élites pero acepta las reglas electorales: Agrupación Nacional, Chega, el Partido por la Libertad neerlandés. Está la democracia iliberal en ejercicio, definida por unos hechos y no por una doctrina: el Fidesz húngaro, Ley y Justicia en Polonia. Está, por último, el extremismo certificado no por un comentarista, sino por un acto administrativo del propio Estado: las federaciones orientales de la AfD, el Movimiento Nuestra Patria húngaro, la Confederación de la Corona Polaca de Grzegorz Braun. Meter a todos en el mismo saco imposibilita cualquier estrategia de respuesta.

El fenómeno de fondo

Dicho esto, hay un fenómeno de fondo, común y estructural, que explica el conjunto mejor que ningún otro:

el desplazamiento del voto obrero.

En las legislativas francesas de 2024, la Agrupación Nacional y sus aliados obtuvieron el 57 % del voto de los obreros, doce puntos más que en 2022, el 44 % del de los empleados y el 49 % del de quienes no tienen el bachillerato.

Ninguna formación había logrado semejante penetración en el mundo obrero francés desde los mejores años del Partido Comunista, que en 1978 obtenía el 20,6 % de los votos legislativos y en las europeas de 2024 se quedó en el 2,36 %: el 88 % de su fuerza electoral perdida en cuarenta y seis años. Ese electorado no se ha ido mayoritariamente a La France Insoumise, cuya base es urbana, universitaria y joven: el Nuevo Frente Popular obtuvo el 34 % entre los cuadros y solo el 21 % entre los obreros. Se ha ido a la derecha radical. En Austria y en Alemania la fotografía es la misma:

el Partido de la Libertad y la AfD son ya los primeros partidos

entre los trabajadores manuales de sus respectivos países.

Christophe Guilluy y Jérôme Fourquet llevan una década describiendo el mecanismo y

el establishment europeo lleva una década sin querer escucharlo. Los partidos socialdemócratas abandonaron a su electorado obrero en dos tiempos: primero, con la conversión al libre comercio y a la desregulación financiera de los años noventa; después, con el desplazamiento de su agenda hacia cuestiones postmateriales que estructuran las prioridades del profesorado universitario, no las del operario de una planta de estampación amenazada de cierre. A esa orfandad se ha sumado un perjuicio de clase de proporciones históricas: la transición energética.

La prohibición del motor de combustión en 2035 se presentó como una necesidad moral y se ha ejecutado como

una expropiación de empleo industrial. Volkswagen anunció el pasado 3 de septiembre cincuenta mil supresiones adicionales de puestos de trabajo, hasta rondar las cien mil. Europa era campeona mundial del automóvil y ha entregado a China las llaves de las baterías, los paneles y los motores eléctricos.

Cada empleo suprimido en Wolfsburgo o en Zwickau es

un voto potencial para la AfD.

Sería difícil concebir una política más eficaz para fabricar electores de la derecha radical. Hay un segundo fenómeno, este apenas explorado y aún menos comprendido: el voto de los inmigrantes regularizados y nacionalizados. La intuición extendida –que el nuevo nacional tiende a votar conservador, y a veces incluso a la derecha radical, por hostilidad a la política de puertas abiertas– se verifica de manera especial en los Estados Unidos, donde Donald Trump obtuvo en 2024 el 48 % del voto hispano, el mejor registro republicano desde George W. Bush, con un desplazamiento de veintidós puntos respecto de 2020 según el estudio de votantes verificados del Pew Research Center. Entre los varones hispanos pasó del 32 % de 2016 al 45 % de 2024. En Francia la tendencia es exactamente la contraria: según la encuesta Ifop – Hexagone, el 37 % de los electores con ambos progenitores de origen extraeuropeo declara intención de voto a Jean – Luc Mélenchon, y el 51 % de los electores musulmanes.

Voto de origen

Más revelador todavía: entre los musulmanes de categorías socioprofesionales altas la cifra es del 59 %, prácticamente idéntica a la de las categorías bajas.

No es un voto de clase; es un voto de origen. La variable que explica la divergencia no está en la demanda, sino en la oferta. Allí donde la derecha define la frontera de la nación en términos jurídicos y económicos –el legal frente al ilegal, el contribuyente frente al perceptor–, esa frontera es franqueable mediante la naturalización y el esfuerzo, y el recién llegado de ayer puede reclamar la condición de miembro pleno. Allí donde la frontera se ha construido en términos étnicos o civilizacionales, ningún acto administrativo convierte al hijo de argelinos en francés a los ojos de la doctrina identitaria.

Una gran parte de la derecha radical de Europa occidental se ha cerrado así el acceso a un electorado que

le sería sociológicamente afín en materia de familia,

autoridad y orden público. Es su principal límite estructural de crecimiento, y no lo corregirá, porque corregirlo equivaldría a renunciar a su razón de ser. Añado una hipótesis que no se está midiendo en España: entre nosotros, donde el grueso de la inmigración naturalizada es hispanoamericana y católica, la frontera es jurídica y no civilizacional. Ese electorado, ignorado por la demoscopia, puede ser decisivo en varias

circunscripciones mediterráneas y madrileñas.

Las democracias europeas están enfermas

Queda lo peor, que es lo que nos corresponde. Europa afronta la mayor crisis de seguridad desde 1945 –guerra en Ucrania, guerra en el Golfo, el Brent por encima de los cien dólares, el chantaje sobre Ormuz– sin nadie al timón.

Friedrich Merz

llegó a la Cancillería en mayo de 2025 con un capital de expectativas considerable; muchos teníamos puestas en él esperanzas fundadas. Dieciséis meses después, la Unión ha caído por debajo del 20 % en el conjunto de Alemania por primera vez en cinco años, y su respuesta al desastre de Sajonia – Anhalt ha consistido en anunciar que redoblará las reformas impopulares.

Puede que sea económicamente correcto; acredita que sigue sin comprender que el problema no es el ritmo de las reformas, sino la falta de un relato que explique para qué sirven y quién paga la factura. Tocqueville lo advirtió: el momento más peligroso para un mal gobierno es aquel en que empieza a reformarse. Ni Olaf Scholz ni Merz han querido ser lo que Alemania debía ser, la potencia que asume la pesada carga del liderazgo de Europa.

Emmanuel Macron, en el ocaso de un mandato que termina en mayo de 2027,

no está en condiciones de suplirlo.

Ernst – Wolfgang Böckenförde formuló en 1964 el teorema que mejor describe nuestra situación: el Estado liberal secularizado vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar. Ortega había advertido treinta años antes que el hecho decisivo de la vida pública europea era el advenimiento de las masas al pleno poderío social, sin garantía alguna de dirección.

Las democracias europeas están gravemente enfermas, pero no están muertas. En veinticuatro meses han fallado tres pronósticos que se daban por seguros: Wilders primer ministro, Farage primer ministro, Orbán inamovible. Quien hoy dé por descontada la llegada de la AfD a la Cancillería estará cometiendo el mismo error de determinismo. La derecha radical no ha ganado ningún debate: ha ocupado un vacío. Lo que decide el desenlace no es la fuerza del extremo, sino la competencia del centro.

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