De paria a llave del poder: el largo viaje de la extrema derecha sueca hacia el centro del sistema político

El líder del partido, Jimmie Åkesson aspira a completar la normalización de los Demócratas Suecos con ministros en el futuro Ejecutivo

La Razón, Pedro G. Poyatos, 13-09-2026

Durante décadas, los

Demócratas Suecos (SD)

fueron el partido que nadie quería cerca. Nacido en 1988 en un entorno marcado por

el extremismo nacionalista y con elementos neonazis

entre sus primeros dirigentes, SD pasó buena parte de su historia parlamentaria aislado por el resto de las fuerzas políticas. Hoy, sin embargo, su líder,

Jimmie Åkesson,

no solo es uno de los políticos más influyentes de Suecia: aspira a que su partido entre formalmente en el Gobierno y, llegado el caso, a convertirse en primer ministro. El recorrido entre ambos extremos explica buena parte de la transformación de la política sueca.

«El sistema de partidos sueco ha cambiado, por supuesto, con la aparición de los Demócratas Suecos», explica a LA RAZÓN

Anders Sannerstedt

, profesor titular del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Lund y experto en esta formación populista. Pero el cambio, sostiene, no se limita a las urnas. También ha transformado los límites de lo que puede discutirse públicamente.

«Hace 15 años era imposible hablar públicamente de cualquier problema relacionado con la inmigración», señala.

Cuando Åkesson asumió el liderazgo de SD en 2005, inició una

estrategia de depuración de los elementos más abiertamente racistas y neonazis del partido

y trató de convertirlo en una formación nacionalista moderna. El resultado fue un crecimiento electoral sostenido.

SD entró por primera vez en el “Riksdag” en 2010 con el 5,7% de los votos y 20 escaños

y no ha dejado de aumentar su representación desde entonces.

En 2022 alcanzó el 20,5% y 73 escaños

, convirtiéndose por primera vez en la segunda fuerza parlamentaria, por delante de los conservadores del Partido Moderado del primer ministro,

Ulf Kristersson.

Evolución de los resultados de SD en Suecia

A. Cruz

La Razón

Pero el crecimiento electoral no bastaba. Durante años, los demás partidos habían intentado contenerlo mediante el aislamiento. El fracaso de esa estrategia terminó siendo evidente:

cuanto más crecía SD, más difícil resultaba formar mayorías estables sin sus votos.

Sannerstedt sitúa el final de aquella etapa aproximadamente entre 2016 y 2017. Hasta entonces, recuerda, los demás partidos mantenían un veto prácticamente absoluto: SD era considerado un partido paria y nadie debía colaborar con él «ni siquiera hablar con ellos». Aquello, afirma, «ha cambiado profundamente».

El punto de inflexión llegó después de las elecciones de 2018. La líder de los Demócratas Cristianos,

Ebba Busch

, fue una de las primeras dirigentes de un partido de la derecha tradicional en abrir públicamente la puerta al diálogo. El almuerzo que compartió con Åkesson en julio de 2019 simbolizó el comienzo del fin del cordón sanitario. Meses después, Kristersson hizo lo propio al invitar al líder de SD a tomar un café en el Parlamento.

Lo que entonces parecía impensable acabó convertido en estrategia electoral. La derecha sueca había llegado a una conclusión pragmática:

sin los Demócratas Suecos, resultaba cada vez más difícil desalojar a los socialdemócratas del poder.

Al mismo tiempo, la inmigración, la integración y la delincuencia habían dejado de ser cuestiones periféricas para convertirse en preocupaciones centrales de la sociedad sueca. Los propios moderados habían endurecido progresivamente sus posiciones migratorias, reduciendo la distancia ideológica con SD.

Para Sannerstedt, el proceso no puede entenderse únicamente como una transformación provocada por Åkesson. El éxito electoral de SD en 2014, cuando el partido se convirtió en una fuerza mucho más relevante,

«envió ondas de choque» al resto del sistema.

Los cristianodemócratas y, posteriormente, los conservadores comenzaron a modificar sus posiciones sobre inmigración y refugiados.

Crisis de refugiados de 2015

La enorme llegada de refugiados desencadenó una crisis política que aceleró todavía más el cambio. En noviembre de aquel año, los socialdemócratas optaron también por una política de refugiados mucho más restrictiva. El giro resultó decisivo:

la inmigración

dejó de ser una frontera ideológica que separaba claramente a SD del resto de los partidos y

pasó a formar parte del debate central de prácticamente todo el espectro político.

«Los socialdemócratas y los Demócratas Suecos compiten por los votos de la clase trabajadora», explica Sannerstedt. Por eso, añade, los socialdemócratas saben que regresar a una política migratoria generosa podría tener un coste electoral inmediato.

La consecuencia es una de las paradojas más importantes de la transformación sueca: SD ha cambiado la política del país incluso cuando otras formaciones han asumido posiciones que anteriormente identificaban casi exclusivamente al partido de Åkesson.

En 2022 llegó la recompensa. Moderados, cristianodemócratas y liberales formaron Gobierno bajo el liderazgo de Kristersson y firmaron con SD el denominado

Acuerdo de Tidö

, un programa de gobierno que convirtió al partido de Åkesson en socio imprescindible de la nueva mayoría. SD no entró en el Ejecutivo, pero obtuvo algo que durante décadas parecía imposible:

capacidad directa para influir en las políticas públicas.

Para

Mikael Sundström

, profesor de Políticas en la Universidad de Lund, SD «ha desmantelado por completo la política de bloques tradicional». «Los moderados, los democristianos y los liberales (y el Partido de Centro) preferirían trabajar sin ellos, pero es totalmente insostenible dado el tamaño de este partido», explica a este diario por correo electrónico.

El cambio fue especialmente visible en inmigración, asilo, integración, delincuencia y justicia. Muchas de las cuestiones que habían constituido el territorio político exclusivo de SD pasaron a formar parte del programa de la derecha tradicional. La inmigración dejó de ser solo una cuestión de cuántas personas entran en Suecia para convertirse también en un debate sobre integración, ciudadanía, requisitos para acceder a derechos y permanencia en el país.

La paradoja es que la normalización de SD no ha significado necesariamente que el partido haya abandonado su radicalismo. Más bien ha ocurrido, en buena medida, lo contrario: sus antiguos adversarios han asumido parte de sus planteamientos mientras el propio partido ha ganado capacidad para presionar desde dentro del sistema.

En febrero de 2026 confirmó que está dispuesto a convertirse en primer ministro si las circunstancias parlamentarias lo permiten y reclamó para su partido puestos de máxima responsabilidad si SD vuelve a ser una fuerza decisiva. Entre ellos citó explícitamente

las carteras de Finanzas, Justicia, Exteriores y Defensa.

El cambio resulta todavía más significativo porque durante la legislatura los liberales habían mantenido una de las últimas líneas rojas frente a SD: colaborar parlamentariamente, sí; formar parte del mismo Gobierno, no. Esa barrera también comenzó a desaparecer en 2026, cuando ambos partidos alcanzaron un acuerdo que abrió la puerta a una futura participación de SD en el Ejecutivo.

Así, el proceso que comenzó con el aislamiento del partido parece aproximarse a su última frontera: la aceptación de que los Demócratas Suecos puedan gobernar directamente.

Pero la campaña de 2026 también muestra los límites de esa normalización.

SD sigue siendo el partido que genera mayor rechazo entre una parte considerable del electorado

y, en las últimas semanas, Åkesson ha endurecido nuevamente su discurso sobre inmigración e identidad. Algunos de sus mensajes recientes han provocado críticas incluso entre sus socios de Gobierno.

Al mismo tiempo, el partido ha comenzado a competir abiertamente por el liderazgo de la derecha. Ya no quiere limitarse a ser el socio que permite gobernar a Kristersson. Quiere demostrar que puede ser el principal partido del bloque conservador.

Y aquí aparece otra transformación significativa. Según Sannerstedt, no existe todavía un techo evidente para el apoyo electoral de SD. Su crecimiento se ha ralentizado desde 2015 y el partido se mueve actualmente alrededor del 20%, con altibajos, pero el politólogo de Lund considera que «no hay techo» establecido de antemano para su crecimiento futuro.

Eso no significa que SD controle por sí solo la derecha. Al contrario. La competencia entre Åkesson y Kristersson revela que la nueva derecha sueca es un espacio de poder compartido. «Tanto los Moderados como los Demócratas Suecos —y, en cierta medida, los Demócratas Cristianos— ejercen influencia sobre la agenda de la derecha», explica Sannerstedt. «El poder está compartido».

Es una situación muy distinta de la que existía cuando SD era un partido aislado. Ahora Åkesson necesita a Kristersson para llegar al Gobierno, pero Kristersson necesita también los votos de SD para conservar el poder. La relación es, al mismo tiempo, de alianza y competencia.

Los sondeos de estas elecciones reflejan esa nueva posición. SD se mueve alrededor del 20%, mientras los socialdemócratas continúan claramente por delante como primer partido. El bloque de centroizquierda conserva ventaja sobre la derecha, aunque la distancia se ha reducido en la recta final. El resultado determinará hasta qué punto Åkesson puede transformar su peso electoral en poder institucional.

Si Magdalena Andersson vuelve al Gobierno, la historia de SD no terminará. Al contrario: podría abrirse una nueva etapa en la que el partido pase de ejercer influencia desde dentro del sistema de derechas a reconstruirse como oposición radical y aspirante a gobernar.

Pero incluso un eventual Gobierno socialdemócrata tendría difícil volver al punto de partida en materia migratoria. El desplazamiento del centro político ha sido demasiado profundo. Sannerstedt considera que los socialdemócratas son conscientes de que una vuelta a la política migratoria más generosa de décadas anteriores les podría hacer perder votos entre sectores de la clase trabajadora y beneficiar directamente a SD.

La cuestión es importante porque demuestra que la influencia de SD no depende exclusivamente de ocupar ministerios. Puede existir también en las decisiones que toman sus adversarios para evitar perder terreno frente a él.

Si, por el contrario, Kristersson consigue mantenerse en el poder, la cuestión será mucho más profunda: ¿seguirá siendo suficiente para Åkesson ser la llave del Gobierno o exigirá finalmente entrar en él?

Hace quince años, la pregunta era si los Demócratas Suecos podían formar parte del sistema político sueco. Después fue si podían influir en él. En 2022 demostraron que podían decidir quién gobernaba.

Ahora la pregunta es otra.

Si el partido que durante décadas fue tratado como un paria llega a ocupar ministerios —o incluso reclama el puesto de primer ministro—, la normalización de SD habrá completado prácticamente todo su recorrido: de enemigo del sistema a uno de sus posibles gobernantes.

Y quizá esa sea la verdadera dimensión de su viaje. Los Demócratas Suecos no solo han conseguido entrar en la habitación de la que estuvieron excluidos durante décadas. Han contribuido a cambiar las reglas, el lenguaje y las prioridades de quienes ya estaban dentro.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)