«Seguiré en la calle mientras me aguanten las fuerzas»
El esfuerzo de guerra y unas pensiones que no cubren ni el alquiler de una habitación condenan a muchas abuelas ucranianas a una economía de subsistencia. Son la punta de un iceberg que esconde una realidad aún más compleja.
Gara, , 11-09-2026A Marina no le gustan especialmente sus flores, pero, «por alguna razón», la gente se las compra. En el centro de Uzhgorod —en el extremo oeste del país— y sobre la acera de la céntrica calle Voloshyna, esta ucraniana de 75 años ofrece crisantemos, dalias o gladiolos que planta ella misma en el pequeño jardín de su casa.
«Se las llevan para cumpleaños, bodas, para el cementerio… Puedo sacar hasta diez euros en un buen día de trabajo», explica en una mañana en la que el mercurio roza los 40 grados en el oeste ucraniano. Nunca pensó que tendría que aguantarlos a la intemperie para sobrevivir, y menos aún a su edad.
Marina es una entre centenares de miles de ancianas por todo el país obligadas a pasar sus días en la calle para sobrevivir. Datos de ACNUR y el Fondo de Pensiones de Ucrania apuntan a que la mayoría de pensionistas cobran entre 3000-5000 grivnas al mes (entre 58 y 97 euros). Las cuentas no salen en un país donde el sueldo de un profesor de Primaria no llega a los 200 euros y un kilo de arroz, un litro de leche o de gasolina se paga en torno a un euro y medio.
Por supuesto, el conflicto en Ucrania solo ha empeorado las cosas. Son ya demasiados días en la calle desde que, el 24 de febrero de 2022, Rusia lanzara una invasión a gran escala sobre el país. Ha sido una guerra de desgaste y trincheras en el este y sur, con Rusia ocupando el 20% del territorio y Ucrania resistiendo con apoyo occidental. Moscú exige territorios y Kiev la retirada total. El conflicto está congelado sin una negociación de paz activa en 2026, pero los bombardeos son constantes. La catástrofe humanitaria se cuenta en decenas de miles de muertos y más de seis millones de refugiados. Los ataques sobre infraestructuras civiles clave son constantes; la crisis económica, inabordable. Por si fuera poco, el aluvión de desplazados internos —3,7 millones según ACNUR— ha disparado el precio de la vivienda en el oeste del país. Alquilar una habitación en Uzhgorod son entre 200 y 350 euros de media.
Marina dice que su hija le ayuda en lo que puede, «sobre todo en invierno cuando hay que calentar la casa y no tengo flores que vender». ¿Hay esperanza de que acabe la guerra y mejore la situación para todos? La ucraniana lo tiene claro: «Todo irá a peor».
Según un informe interno de la Comisión Europea, Ucrania tendrá este año gastos superiores a los 134.000 millones de euros en materia militar, lo que supone más del doble de lo previsto en los presupuestos del Estado. Es el 60% de los gastos del Gobierno.
Si bien las pensiones en Ucrania no estaban a la altura del coste de la vida ya antes de la guerra, el impacto del conflicto sobre la economía doméstica ha puesto sobre las cuerdas a los más mayores. Son muchos los que sobreviven únicamente gracias al apoyo de los familiares o al de organizaciones de beneficencia.
Como ciudad fronteriza, Uzhgorod es, desde 2022 una de las «ciudades puente» humanitarias de Ucrania: hasta aquí llegan cientos de miles de desplazados internos y por aquí pasa la ayuda que entra por frontera, por lo que la presencia de oenegés es significativa.
Desde la sede de Cáritas en Uzhgorod aseguran que ayudan a los mayores con paquetes de comida, pañales y medicinas «siempre que hay dinero», pero que los medios de los que disponen son cada vez más reducidos. Responsables de la Cruz Roja de la ciudad dicen que trabajan en la misma línea, además de ofrecer talleres, excursiones y programas de entretenimiento.
Escondidos
Basta acercarse al Mercado Central de Uzhgorod para comprobar que el ocio no es algo al alcance de todos. A primera vista, nada lo distingue de cualquier otro en una capital europea: los puestos rebosan frutas, verduras y otros básicos como los huevos y la carne, y no parece que falten los clientes. Son los detalles más sutiles los que marcan la diferencia.
«Los de casa siguen viniendo a saludar, pero compran mucho menos porque no se lo pueden permitir. Sin embargo, los desplazados de Kiev u otros grandes centros urbanos prefieren el supermercado, aunque nuestros productos sean mucho más naturales y económicos», lamenta Oksana.
No le queda otra que seguir en su puesto a sus 76 años, y no es únicamente una pensión que no llega a 100 euros la que la retiene. Tres de sus hijos permanecen escondidos en su pueblo para evitar la movilización forzosa. Ayudan como pueden en la huerta, pero son demasiados en casa.
Según el Ministerio de Defensa, alrededor de dos millones de ucranianos viven ocultándose de los reclutadores militares. Muchos permanecen durante meses sin salir de sus casas o aldeas por miedo a acabar en el frente de guerra, a menudo sin instrucción militar previa.
Oksana explota: «¿No se supone que la Policía y el Ejército están para protegernos? ¿Por qué quieren llevarse a mis hijos a un matadero cuando ni siquiera saben cómo empuñar un arma?».
Justo al lado, Anya, de 67 años, dice que ha tenido más suerte: tres de sus cuatro hijos están fuera del país y otro está con ella, exento del servicio militar. Solo falta media hora para que el mercado cierre sus puertas a las 4 y aún le quedan un queso, dos pollos y una docena de huevos por vender. El total sumará unos 12 euros; no es mucho, pero equivale a una quinta parte de su pensión mensual. Es todo lo que le ha quedado tras más de 30 años de trabajo como cartera.
Elizabeth no está sujeta a ningún horario porque vende en la calle «desde mucho antes de que empezara la guerra». A sus 74 años, dice que lleva mejor la lluvia que el calor extremo de este verano. Viene todos los días desde Velyki Lazi, un pueblo a 15 kilómetros al sureste de Uzhgorod. Su marido le ayuda a cargar las bolsas de manzanas, pepinillos y huevos en el autobús y luego se apaña ella a pie desde la estación. 30 años de contable de una empresa durante la Unión Soviética y otros tantos trabajando en el campo le han dejado una pensión de unos 90 euros al cambio. Hoy no llega a ver ni el final de la guerra, ni tampoco el momento en el que podrá dejar su plaza en la calle. Prefiere no pensar demasiado en ello. «Seguiré en la calle mientras me aguanten las fuerzas».
Las cifras de la economía ucraniana
Tras cuatro años y medio de guerra, la economía ucraniana funciona como una estructura híbrida, militarizada y dependiente de ayuda externa para no colapsar. Casi el 60 por ciento del gasto va a defensa: sueldos de soldados, armas, drones, combustible, fortificaciones…
El Ministerio de Defensa calcula que se necesitan 120.000 millones de dólares este año para sostener el frente y la mitad debe venir de aliados. Para tapar el hueco, la Unión Europea aprobó un préstamo de 90.000 millones de euros para 2026 y 2027, con 31.800 millones directos a defensa.
También aportan el FMI, el Banco Mundial, Japón y Canadá con créditos ligados a reformas. Pesan la destrucción de fábricas, puertos y centrales, la falta de mano de obra por movilización y por seis millones de refugiados fuera.
Asimismo, la incertidumbre frena la inversión. Sin embargo, hay sectores que aguantan: la agricultura exporta trigo, maíz y girasol pese al bloqueo del Mar Negro, el sector tecnológico mantiene unos 200.000 programadores que facturan unos 7.000 millones de dólares al año y la industria de defensa pasó de casi cero a producir la mitad de lo que usa el ejército, sobre todo drones y munición. En cambio, metalurgia, energía y vivienda en el este y sur están muy dañadas.
Mientras tanto, Rusia sigue bombardeando la infraestructura energética sin descanso, por lo que Ucrania ha de importar electricidad de la UE, algo que encarece fábricas, calefacción y alimentos. La energía cara, la logística con riesgo y el combustible son los principales responsables de que los precios se parezcan a los de la Unión Europea. La reconstrucción se estima en 500.000 millones de dólares, pero ahora solo hay proyectos puntuales de la UE y USAID. El Banco Mundial y el FMI estiman que no se volverá a niveles de 2021 antes de 2030.
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