Vox, una ultraderecha rara en Europa
La persistencia del bipartidismo entre las generaciones que vivieron la Transición evita que el partido de Abascal crezca como AfD o RN
El País, , 11-09-2026Vox es una anomalía entre las ultraderechas europeas. Alternativa para Alemania (AfD) aparece ya disparada en los sondeos para el Bundestag alemán, tras imponerse en Sajonia-Anhalt, mientras que Reagrupamiento Nacional podría llegar al Elíseo francés el año que viene. En nuestro país, en cambio, el partido de Santiago Abascal no llega al 20% de voto en las encuestas para unas generales. Quizás la diferencia más importante con nuestros vecinos sea la fuerza del bipartidismo. No es simplemente un sistema de alternancia en el poder: es la máxima expresión de la sociología, la política y la idiosincrasia de España.
A saber, la generación que se socializó durante la Transición fue la del baby boom, y no casualmente, supone el principal caladero de voto del Partido Popular y del PSOE. Es decir, son quienes crecieron bajo la idea de que la democracia era el mejor sistema de gobierno: legítimo por sus bondades —igualdad, libertad—, pero también porque les ofreció resultados económicos y un horizonte de prosperidad. Dado que los boomers son hoy un colectivo con gran peso en el voto, ello hace que el margen para el crecimiento de Vox sea todavía relativamente bajo, fruto de los valores de preservación que estos sostienen sobre el sistema político. Aun así, el síntoma de que el bienestar ya se está agrietando generacionalmente en nuestro tablero político fue el 15-M —que dio pie a nuevas formaciones—, mientras que la ultraderecha repunta ahora con fuerza entre la gente joven.
Así pues, el principal motivo por el que la ultraderecha en España es más débil que la europea quizás sea un desfase temporal y demográfico. De un lado, nuestra democracia es más joven: la Constitución española es de 1978, tres décadas posterior a la alemana y a la francesa de 1946. Es decir, nuestros vecinos han podido frustrar antes sus expectativas proyectadas sobre el paradigma de progreso, o alejarse de su contrato social fundacional. A ello se le suma la brecha de memoria: el franquismo no queda tan lejos como la Segunda Guerra Mundial. Aun así, difícilmente un voto identitario pasaría del 10% —como ha ocurrido en Sajonia-Anhalt con AfD, que supera el 40%, y como podría obtener Marine Le Pen en segunda vuelta— si no fuera por la vertiente material. No hace falta que la región en cuestión sea pobre, sino percibir que el “bienestar” puede ser efímero. Los sistemas tienden a colapsar cuando no dan seguridad a quienes deberían sentirse dentro: una parte de la clase trabajadora lo ha empezado a experimentar.
Precisamente, en Europa occidental ya se hacen notar las costuras del Estado del bienestar: eso permite a la ultraderecha romper su techo de crecimiento entre otras capas de voto. El continente atraviesa una crisis silenciosa, donde hay países que saben que algo no funciona como debiera y han empezado a aplicar ajustes. El año pasado, el exprimer ministro François Bayrou planteó los problemas de la deuda gala, que hoy arrastra Emmanuel Macron. En Alemania, el canciller Friedrich Merz anunció que el Estado del bienestar alemán, como se conocía, ya no podía financiarse con lo que producía su economía. En cambio, para los boomers españoles, el bipartidismo todavía sale a ganar: primero les aseguró un techo y, ahora, sus pensiones, mientras ellos se encargan de dar cobijo a sus hijos, quienes sí acusan el malestar optando por nuevas formaciones.
El caso es que la inmigración en este debate no es baladí, sino una de las principales recetas que Europa ha encontrado para paliar muchos de sus retos del futuro. En una Europa aquejada por el envejecimiento y la pérdida de competitividad frente al auge de otras potencias —como denunció el informe Draghi en 2024—, parte de la protesta que las ultraderechas están sabiendo capitalizar tal vez nazca de una sutil intuición: que los problemas de fondo tampoco se solucionan del todo, sino que algunos simplemente se parchean mediante el factor migratorio —natalidad, sectores sin ocupación o un sistema que necesita cada vez más efectivos porque ya no cumple las mismas premisas que lo edificaron—. La diferencia es que, en España, el rasgo cultural no parece aún tan significativo de forma transversal como para hacer del migrante tal chivo expiatorio. Si en Cataluña tiene mayor peso la inmigración del norte de África, por ejemplo, en Madrid la cultura latinoamericana es más parecida. Por eso, es probable que el mapa catalán llegue antes a parecerse al europeo. Aliança Catalana crece por el potente cóctel entre pérdida de la idea de una nación homogénea y la degradación económica entre sus clases medias.
En definitiva, Vox tiene hoy una menor capacidad de implantación porque nuestro bipartidismo todavía logra bunkerizarse frente a los factores que lo espolearían. Ahora bien, esa excepcionalidad de nuestra ultraderecha no equivale a inmunidad: el sistema podría implosionar si deja de ofrecer estabilidad a cada vez más capas sociales. Incluso a Vox le están saliendo competidores: su sustitución por nuevos partidos —aún más transversales o mayoritarios— podría ser también cuestión de tiempo, si hasta ellos mismos frustran a su electorado en las causas que motivan el auge reaccionario.
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