Uzhgorod, un refugio lejos del frente

Situada en el extremo oeste de Ucrania, la capital de la región fronteriza de la Transcarpacia se libra de las bombas, pero no de una pesadilla que dura ya más de cuatro años.

Gara, Karlos Zurutuza , 10-09-2026

Es imposible ignorarlo. Desde altavoces distribuidos por toda la ciudad, una voz grabada avisa de que se guardará un minuto de silencio por los caídos en la guerra. Tras los 60 latidos del segundero, es el turno del himno nacional: «Ucrania aún no ha muerto».

Ocurre todos los días a las 9 de la mañana, en cada ciudad y pueblo ucraniano.

En el extremo oeste del país, a 20 kilómetros de la frontera húngara y a cinco de la eslovaca, Uzhgorod se libra del castigo aéreo que sufren Kiev, Jarkiv u otras localidades del este. Pero el ritual matutino sigue siendo el mismo. Las reacciones de sus 140.000 habitantes van desde el que sale de su vehículo para escuchar el himno con la mano derecha en el corazón hasta el que cruza un paso de peatones en rojo y con prisa, aunque no haya tráfico. Cada uno tiene sus mecanismos para gestionar una guerra que dura ya más de cuatro años.

Dos horas más tarde es la sirena antiaérea la que suena desde esos mismos altavoces. Pilla a casi todos por sorpresa, más que nada porque hace mucho que no cae una bomba en Uzhgorod. Un resorte automático hace sacar el teléfono para buscar respuestas en los canales de Telegram. Ha sido el paso de un MiG-31 ruso el que ha hecho saltar la alarma. No es un problema, no van a malgastar sus misiles aquí. Eso dicen siempre en Uzhgorod. Por si acaso, se mantienen los sacos de arena para proteger las ventanas de edificios clave y las señales de «refugio» por toda la ciudad. Además, no dejan de circular los rumores de que se fabrican drones bajo tierra en un lugar alejado de las bombas como este. La cercanía de unas fronteras por las que acceder a suministros de forma rápida y segura no hace sino alimentar teorías similares.
Por el momento, lo que ocurre en el subsuelo sigue siendo un misterio.

De vuelta en la superficie, es la abrumadora desproporción entre ellos y ellas lo que más llama la atención. ¿Dónde están los hombres? Sabemos que hay muchos en el frente; otros simplemente se recluyen en sus casas o en las aldeas más remotas para evitarlo. La movilización afecta a los ucranianos de entre 18 y 60 años. Se libran los trabajadores en sectores vitales, los que pueden alegar razones médicas o un familiar cercano dependiente, o los padres de familia numerosa. Esos son los «exentos», pero siguen siendo una minoría. Al resto se lo busca en las calles o en controles aleatorios por todo el país. Incluso hay canales de Telegram donde el esfuerzo colectivo alerta de un grupo de «verdes» (así llaman a los militares) en la zona del mercado o el distrito universitario.

Todo aviso es poco. Hay historias de peones de la construcción que duermen en la obra sin salir del recinto vallado para evitar sobresaltos. Por supuesto, también hay redadas en discotecas, restaurantes, gimnasios, centros comerciales… Y controles de carretera aleatorios. Un retén a la entrada de la ciudad da el alto a una marshrutka (taxi-furgoneta colectivo). Un uniformado sube al vehículo en busca de los dos únicos hombres a bordo. Un pasaporte extranjero junto a una acreditación de prensa son salvoconductos inapelables, pero a Dima le han hecho bajar para explicar lo de esa placa de titanio en la cadera. Le bastan cinco minutos porque tiene los papeles y, sobre todo, la cicatriz que lo acredita.

Por supuesto, el dinero también funciona para evitar el desastre; ¿cómo, si no, iban a contar con camareros muchos de los locales del casco histórico de Uzhgorod? «Al dueño de esto le va muy bien y sabe a quién hay que untar». Así lo escuchamos de alguien que, por supuesto, pide no dar ni su nombre ni las coordenadas de su puesto de trabajo por razones obvias. También se puede sobornar a un médico a cambio de un «informe de salud adversa» que obre el milagro, aunque eso no siempre funciona. Hasta 20.000 euros llegaba a cobrar un alto funcionario que usaba sus contactos en entidades médicas y oficinas de reclutamiento de Kiev para crear dichos informes y borrar datos de los registros de reclutas. Hoy se enfrenta a ocho años de prisión.

En 2023, el presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, ordenó una purga total de las comisiones médico-militares por corrupción. Incluso se propuso cancelar todos los certificados de incapacidad emitidos desde 2022 y hacer pasar a 200.000 hombres por un nuevo examen. Los militares se opusieron por miedo a nuevos escándalos.

Desde luego, esquivar la movilización no es algo que se pueda permitir cualquiera; tampoco atravesar la frontera con una de las redes de contrabandistas. Hay rutas desde aquí, a través de los Cárpatos hasta Eslovaquia o Hungría. Hayan cruzado de forma legal o ilegal, ACNUR estima en 5,9 millones el número de ucranianos fuera del país (datos del pasado mayo) y en 3,7 millones el de los desplazados internos. En Uzhgorod hay tantos que, según la hora del día y el barrio, se escucha más el ruso que el ucraniano. Casi todos llegan del este del país, donde la lengua del agresor es casi hegemónica.

«Nuestro héroe»

Realmente es un misterio cómo sobreviven locales y foráneos en un país con el cortado a un euro y medio, lo mismo que un litro de gasolina o de leche, y donde el salario de un profesor de primaria no llega a los 200 euros. Simultanear tres trabajos es una respuesta recurrente, pero siguen sin salir las cuentas. Se puede achacar a la economía sumergida o a que en Ucrania haya gente con mucho dinero.

Como en el resto del país, en Uzhgorod también comparten vía los Ladas más vetustos junto a los coches de lujo. Ya antes de la invasión rusa de febrero de 2022, el país ocupaba el puesto 132 en una lista de 180 países del Índice de Percepción de la Corrupción que elabora anualmente Transparency International (el primero era Dinamarca). Cuatro años de guerra no habrán ayudado a remontar en ese ranking.

Mientras se levantan barrios de lujo de nombres tan exóticos como Sherwood en una zona boscosa junto a la frontera eslovaca, la guerra baja las persianas del pequeño comercio. En una ciudad antes turística como esta, los negocios de souvenirs, las agencias de viajes o las de alquiler de coches no son ya más que locales tapiados o escaparates del vacío. Solo sus páginas web sin actualizar dan fe de una vida anterior a la guerra.

Cuesta abstraerse de la nueva coyuntura. Basta enfilar por el paseo bajo los tilos de la orilla del río Uzh para darse de bruces con un dron expuesto sobre una mesa. Es el reclamo junto a una urna que recoge donaciones para el esfuerzo de guerra. 200 metros más adelante se levanta el monumento al Holodomor, la hambruna ucraniana provocada por políticas soviéticas de colectivización y requisas forzosas de grano. Millones murieron de hambre entonces. Justo ahí, bajo la imponente escultura negra de bronce de alguien que pide ayuda al cielo, se despide hoy al penúltimo mártir de la ciudad. Volodimir Ivanovich, de 52 años, descansa sobre el pavimento dentro de un féretro cubierto de flores. Mañana mismo se añadirá su retrato junto a los de centenares en el memorial frente a la catedral greco-católica de Uzhgorod.

A la una del mediodía, con el termómetro rozando los 40 grados, ocho sacerdotes enfundados en casullas rojas bordadas en oro ventean incienso mientras recitan letanías en el eslavo antiguo del rito bizantino. La ceremonia solo se interrumpe para dedicar unas palabras en ucraniano a «nuestro héroe Volodimir». Justo en ese momento, dos chavalas pasan justo al lado comiendo un helado; un repartidor de comida rápida las adelanta en su patinete eléctrico; un padre con su hija de la mano se persigna frente al grupo de unos 30 congregados, entre ellos la mujer de Volodimir. O quizá sea la hermana. Llora sin consuelo posible. La madre del difunto solo ha encontrado un pantalón de chándal negro para la ocasión. Aguanta en pie apoyada precariamente en un bastón, contrita pero serena. No es fácil durante un acto íntimo que transcurre a la vista de todos.

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