El «cordón sanitario» contra la ultraderecha se resquebraja en Europa
Ha servido para impedir que la extrema derecha llegue al poder, pero no ha frenado su crecimiento elección tras elección
La Razón, , 09-09-2026La victoria de
Alternativa para Alemania (AfD)
en
Sajonia – Anhalt
ha colocado al «cordón sanitario» alemán ante su prueba más difícil. La ultraderecha ha obtenido alrededor del
44% de los votos
, un resultado histórico que la deja a las puertas de formar por primera vez un Gobierno regional en Alemania desde la caída del nazismo. No tiene, por sí sola, mayoría absoluta, pero el problema para los partidos tradicionales es evidente: para impedir que gobierne tendrán que volver a construir una mayoría que puede reunir a fuerzas ideológicamente enfrentadas.
El dilema alemán resume una dificultad que se extiende por buena parte de Europa. Durante décadas, el «cordón sanitario» fue la respuesta de los partidos tradicionales al crecimiento de la derecha radical: aislarla, evitar acuerdos y asumir el coste de dejar fuera del poder a formaciones que conseguían cada vez más votos. Pero aquella estrategia resulta más complicada cuando esos partidos dejan de ser fuerzas marginales y se convierten en primeras o segundas fuerzas electorales.
El problema es que el «cordón sanitario» no ha impedido el crecimiento de AfD. La formación, creada en 2013, es hoy el partido más votado de Alemania, según los sondeos federales, y ha dejado de ser exclusivamente un fenómeno del este: en las elecciones regionales celebradas este año en Baden – Württemberg y Renania – Palatinado rondó también el 20%. La pregunta ya no es únicamente cómo impedir que llegue al poder, sino cuánto tiempo puede mantenerse fuera de él cuando una parte tan importante del electorado la respalda.
Alemania no es una excepción. Europa lleva tres décadas experimentando distintas respuestas ante el avance de la derecha populista radical. Una ha sido apropiarse de algunas de sus propuestas, especialmente en inmigración y seguridad, para intentar recuperar a sus votantes. Otra, integrarla en las instituciones y permitirle entrar en gobiernos o convertirse en socio parlamentario. La tercera ha sido mantenerla aislada mediante el «cordón sanitario».
Los países nórdicos ofrecen ejemplos de las tres fórmulas. En
Noruega
, el
Partido del Progreso
terminó entrando en el Gobierno conservador de Erna Solberg en 2013 y permaneció en él hasta 2020. En
Finlandia
, el Partido de los Finlandeses participó en una coalición gubernamental desde 2015 y volvió al poder en 2023.
Suecia
representa quizás el caso más interesante de ruptura reciente. Durante décadas, los Demócratas Suecos fueron considerados un partido del que ningún partido tradicional debía depender. Pero las elecciones de 2022 cambiaron las reglas del juego. El Acuerdo de Tidö convirtió a DS en socio parlamentario indispensable del Gobierno de
Ulf Kristersson
y les otorgó una influencia decisiva sobre áreas como inmigración, delincuencia, energía y crecimiento, aunque quedaron fuera del Consejo de Ministros.
Dinamarca había encontrado antes una fórmula diferente: el
Partido Popular Danés
prefirió durante años apoyar desde el Parlamento a gobiernos liberales y conservadores a cambio de influir decisivamente en la política migratoria, evitando así el desgaste de entrar directamente en el Ejecutivo. Era una forma de romper parcialmente el aislamiento sin asumir toda la responsabilidad gubernamental.
Italia representa el extremo contrario.
Giorgia Meloni
no necesitó que la derecha tradicional levantara un «cordón sanitario»: llegó directamente al Gobierno en 2022 al frente de Hermanos de Italia y encabeza desde entonces una coalición con otras fuerzas de derechas. Su Ejecutivo acaba de convertirse en el más longevo de la Italia de posguerra. La experiencia italiana demuestra que la entrada de la derecha radical en el poder tampoco implica
necesariamente inestabilidad: Meloni ha mantenido una notable disciplina fiscal y ha reducido significativamente la inmigración irregular, aunque los críticos cuestionan la falta de reformas estructurales y el escaso crecimiento.
Países Bajos
ofrecen otra lección.
Geert Wilders
y su Partido por la Libertad entraron en el Gobierno en 2024, pero la experiencia duró menos de un año: Wilders retiró a sus ministros en junio de 2025 después de que sus socios no aceptaran sus propuestas migratorias, provocando la caída del Ejecutivo. La cooperación con la extrema derecha puede, por tanto, normalizarla, pero también trasladar al Gobierno las mismas tensiones que antes permanecían fuera de él.
Europa se encuentra así ante un dilema sin respuesta sencilla. Aislar a la ultraderecha puede preservar determinadas líneas democráticas, pero también puede alimentar el argumento de que las élites ignoran a millones de votantes. Integrarla permite comprobarla en la gestión y asumir responsabilidades, pero al mismo tiempo puede normalizar posiciones que durante décadas estuvieron fuera del consenso democrático.
En Sajonia – Anhalt, esa discusión deja de ser teórica. AfD ha ganado con una distancia extraordinaria y reclama gobernar. Los demás partidos todavía pueden levantar el muro. Pero cada vez resulta más difícil construir un «cordón sanitario» cuando para mantenerlo en pie hace falta unir a quienes, en casi todo lo demás, están en las antípodas.
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