Ser buena gente
La opción de silenciar de X permite seguir adelante como si su crueldad no fuese real
El País, , 08-09-2026Quien ha experimentado la bondad de los demás no la olvida con facilidad. Como cuando un peatón ofrece un clínex para secar el llanto que se desborda en medio de la calle: “¿Estás bien?”. Practicarla también aporta un chute de felicidad y bienestar. Como cuando se hace compañía a un desconocido que ha sufrido un accidente hasta que llega la ambulancia. La escritora Alicia Giménez Bartlett lo describió en una entrevista en este diario con Luz Sánchez-Mellado: “Ese operario que te sonríe. Esa persona que te trata con delicadeza, sea y seas quien seas”.
Ya no digamos cómo sería que se admirase al bueno como se admira al rico. O al guapo o guapa. “La bondad es tan valiosa como la inteligencia”, afirmó Giménez Bartlett de manera rompedora en los tiempos que corren. “Es que es muy bueno”, debería suspirar cualquier adolescente, sobre la persona que le gusta. Cursos de bonhomía por doquier. Bros e influencers de la bondad, con millones de likes y visualizaciones. Que nada resultase más sexy y atractivo que la benevolencia y la generosidad.
Que ser buena gente moviese a todos los que caminan por el mundo real. Y también por el virtual. Que la excepción en X fuese el troll que corre a insultar a otra persona. Que Elon Musk tuviese como objetivo primordial en su red social aumentar la fraternidad y el cuidado entre las personas. Pero no solo “de los míos”, también de “los otros”. Visto desde ese mundo imaginario, lo que se vive estos días parecería una distopía. Una película de ciencia ficción o, directamente, de terror.
Un ejemplo claro es la reacción en X al homicidio de Carles Vilajosana, un hombre de 45 años de Manresa (Barcelona), cuando volvía a casa después de la fiesta mayor de la ciudad. Los dos acusados de matarle en una pelea son dos menores de edad, de 15 y 16 años. Aliança Catalana y Vox, pero también otros partidos situados supuestamente menos a la derecha, como Junts, corrieron al caladero del miedo a la inmigración que ya se adivina muy rentable en las elecciones venideras. Los dos primeros atribuyeron falsamente el crimen a menores migrantes; Junts jugó a pedir la expulsión de los autores si eran inmigrantes (no lo eran).
Cualquier información que contradijese el relato previamente construido sobre quiénes habían matado a Vilajosana se convertía en la bestia negra a abatir. Por suerte, X permite silenciar los tuits y actuar como si no pasase nada. Como si no se hubiesen recibido más de 200 insultos y comentarios deshumanizadores por decir que el detenido acusado de acuchillar a Vilajosana había nacido en Cataluña. Por no mencionar los más de 700 comentarios, muchos dirigidos directamente contra la consejera de Interior, Núria Parlon, por negar en un vídeo en TV3 (con más de medio millón de reproducciones) que los detenidos fuesen menores migrantes y criticar a la extrema derecha. Da igual que añadiese que les debe caer “todo el peso de la ley”.
Nos hemos acostumbrado a silenciar las redes y seguir adelante, como si no pasase nada. Normalizar el insulto, el desprecio y el racismo más descarado como parte del paisaje. Asumir que te señalen por no destacar el origen de un delincuente, como si ahí estuviese la clave de un crimen. Irse a dormir como si la avalancha virtual racista que se ha vivido en X (una más) no fuese también real.
Por poco que se pare una a pensar, es imposible no concluir que ser buena gente está absolutamente pasado de moda. Que toda esta retahíla de pretensiones resulta naïf, impropia de una persona adulta que ya sabe de qué va la vida. Que leer una columna en defensa de la bondad provoca entre pena y risa. Que la bonhomía es pura ingenuidad, que la única mirada sofisticada posible es la de la crueldad.
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