Inmigrantes jóvenes que buscan la vía para quedarse: "Mi tía me ha dicho que es mejor decir que soy menor"

Reconocen que esta estrategia, que se extiende entre los que rozan los 20 años, "es la vía rápida" para poder llegar a la Península

El Mundo, Silvia Lorenzo, 07-09-2026

Uno de los momentos en los que más miedo ha pasado en este mes en Ceuta, cuenta Ayoub (18 años), ha sido junto a la frontera. No porque corriera peligro, sino porque pensaba que si se acercaba demasiado lo iban a deportar. Se aproximó porque no podía fallar a la cita: había quedado cerca de El Tarajal con un familiar para que le entregara un teléfono móvil. “Fui a El Príncipe unos días antes y unos chicos me hicieron estos cortes”, asegura en francés mientras se remanga para enseñar las muñecas y los antebrazos.

Había visitado el barrio ceutí de El Príncipe tras caer la luz, y tiró de una sudadera tendida para apropiársela porque pasa frío por las noches, explica. Los vecinos lo asaltaron por robar. Además de las heridas, le hurtaron el móvil. Desde el teléfono de un amigo llamó a su casa, en Casablanca, relata Ayoub, para dar el parte. A los tres días su familia le hizo llegar a España uno nuevo.

Vive en el polígono industrial de El Tarajal con seis colegas que ha hecho en la calle. Se conocieron los primeros días en el supermercado y ahora se juntan para dormir. Comparten un colchón que encontraron junto a un edificio en el barrio donde lo atracaron y un sofá que “pica mucho” al que le han arrancado a trozos el forro.

Dicen que llevan “unos días” esperando el resultado de la filiación. Casi todos, sin serlo, han dicho que son menores de edad. La estrategia se extiende, sobre todo, entre los que no llegan a la veintena. Saben que es la vía más rápida para llegar hasta la península.

Así es como funciona el boca oreja. Lo ratifica Fatija, de 19 años, desde el campamento de niñas ya desmontado en El Príncipe. “He hablado con mi tía, que está en Madrid, y me ha dicho que es mejor decir que soy menor”. Lo respalda otra amiga suya, que prefiere no facilitarnos su nombre: “Conozco a un chico en Valencia que lo hizo así cuando vino”. Ellas piensan replicar la estrategia.

Es complejo, por no decir imposible, realizar una estimación del número de jóvenes que dicen ser menores sin serlo. Entre los que dominan el español, el francés o el inglés es habitual verles hacer una llamativa pausa antes de decir su edad. Por lo general, una vez se adentran en la conversación, se les escapa la verdad. No sería descabellado, pues, apuntar a que hay al menos cientos de ellos que han saltado el espigón de El Tarajal con esta intención, aunque las pruebas de determinación de edad podrían castrar sus aspiraciones.

Los exámenes de filiación no establecen la edad concreta. Fuentes médicas apuntan que los triajes permiten saber si la persona ha llegado o no a la pubertad y cuánto le queda por crecer en base a diferentes parámetros. Sólo se puede estipular la franja de edad en la que podría encontrarse el sujeto.

Según explicó la semana pasada la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, aún quedan unos 1.200 menores por filiar. Los que ya están dentro del sistema de protección de menores que es competente en esta materia ascienden a 1.478, a falta de que el Mando Único que preside el ministro Ángel Víctor Torres actualice el dato mañana.

Mientras tanto, las calles del polígono continúan colmadas de jóvenes con más años que dientes completos que están decididos a cruzar el Estrecho. De clase obrera, sin escolarizar y buscando dejar atrás los empleos precarios que tenían en Marruecos. “Yo trabajaba en la obra, en almacenes, donde pudiera para ayudar a mi familia”, recuerda Ayoub, que señala, como todos, que viene aquí en busca de un trabajo mejor.

Es el lugar de la ciudad donde, dentro de lo que cabe, se sienten más seguros. También hay niños y adultos de todas las edades; es todo un asentamiento en el que las familias se asocian y comparten chamizos o muebles ajados. Su cuadrilla se reparte con un varón que ocupa una tienda de campaña gris los metros cuadrados contiguos a la nave donde está instalado el refugio para menores de la Fundación Samu.

Aunque éste sólo da cobijo a jóvenes varones, su amigo Ahmed, de su misma edad, protesta por no poder dormir en un sitio más resguardado como sí hacen las niñas y las chicas jóvenes. Por lo general, las ONG y las asociaciones de vecinos las acogen debido a la inseguridad que se ha adueñado de las barriadas más humildes de Ceuta. “Dice que no es justo que nosotros tengamos que buscarnos la vida y ellas no. ¿Por qué ellas tienen que estar mejor que nosotros?”, traduce el francohablante tras atender lo que su amigo le espeta en árabe sin levantarse del sofá.

Los chavales inmigrantes se apostan a orillas de los negocios del polígono. Aunque el calor empieza a apretar antes del mediodía, no se destapan. Hay quien duerme en coches con alguna luna reventada y tapada con plástico reciclado, así no entra el frío. Abdellah, que trabaja en un almacén de víveres y productos comestibles, lamenta que ya no vienen clientes. “Los chavales no me roban, pero a veces piden comida”, confiesa. Al otro lado de la calzada, Ahmed comenta alicaído que está liquidando toda su mercancía. Vende mantas y colchas, pero a Marruecos. “Ahora nadie compra porque no hay nadie al otro lado de la frontera”, masculla. Cerrará en breve su negocio, Rauda Hogar, porque “ya no interesa”.

El segundo, que dice sentir lástima por ellos, chasca la lengua y expresa en un gesto mohíno: “Esto ya no es para los negocios, se ha convertido en un lugar para los inmigrantes. Nosotros pagamos con esfuerzo nuestros derechos y ellos aquí tirados sin hacer nada. Pero la culpa es de este Gobierno, que no quiere a gente que aporte; quiere a gente que saque [provecho] de él”.

Por primera vez en un mes pasa por allí un camión de basura. Una excavadora levanta en el aire los palés y las sábanas que conforman las chabolas. Los chicos recogen las bolsas de plástico con sus pertenencias, dispuestos a marcharse del lugar. Ayoub le solicita a Ahmed un último favor: cargar el móvil. “Siempre me piden lo mismo. Tengo siete enchufes y todos con sus teléfonos”, protesta el dueño del almacén, que desoye la petición porque no tiene hueco.

Ayoub nos sonríe algo apenado antes de despedirse: “A ver si lo consigo en otra, antes de volver cuando las máquinas se han marchado”. ¿Piensan volver? “Pues claro, estaremos así hasta que lleguemos a España”.

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