La playa que nunca pisarías

Veintiún marroquíes expulsados tras apedrear a militares que acudían por una pelea, otra más, en el Trampolín de Ceuta

La Vanguardia, Joaquín LunaJoaquín Luna/Ceuta., 07-09-2026

La playa del Trampolín de Ceuta encoge el alma. Conmueve y asusta. Allí se hacinan desde hace 37 días centenares de varones en chamizos. Un spot de mal gusto para la imagen de Marruecos rodado en Ceuta. Las peleas son frecuentes. La del sábado por la noche terminó peor que la que presenciamos ayer domingo.

Según informaron fuentes policiales a Efe, vehículos militares y agentes de la Guardia Civil fueron recibidos a pedradas cuando se acercaron a la playa del Trampolín, alertados por la magnitud de una reyerta. Veintiún inmigrantes identificados que acto seguido regresaron “voluntariamente” al Reino de Marruecos por la frontera de El Tarajal, añade la noticia. No hubo heridos. La Asociación de Tropa y Marinería Española (ATME) asegura que los desafíos se repiten “porque no están investidos de la autoridad suficiente para poder ejercer su trabajo de una manera eficaz y contundente”.

Ceuta es un todo contra todos planetario. Quien creó la bomba sabía lo que hacía. Y en la playa del Trampolín están los peones de brega, semana tras semana, hacinados en chamizos de caña y alguna tienda de camping de baratillo mientras, a cinco minutos en coche, los técnicos de la Agencia Española de Cooperación trabajan en el muelle de Poniente contra reloj y contra la voluntad de Ceuta –expresada por el consejo de administración de la infraestructura y por Vivas– para acondicionar 50 tiendas con capacidad de alojar a 14 personas.

Y entre tanto todo es degradación en la playa del Trampolín aunque los centenares de inmigrantes que quedan resisten, esperan y confían en su sueño peninsular. Entre la arena y la carretera, un mercadillo en el que los más emprendedores revenden yogures, refrescos, ropa, zapatos, tabaco y un espacio acotado con piedras y la flecha que indica La Meca.

- Soy peluquero y mi amigo Taha es mecánico, pastelero y ha trabajado en logística.

Abdul muestra una pulcra caja con tijeras, peines y brochas de afeitar con la que se gana ahora un dinero en la playa del Trapolín, como si el periodista tuviese la gracia divina de conseguirles documentos y un contrato, confiado en su modos educados y el entusiasmo laboral por dejar atrás sueldos ínfimos en Castillejos. “Marruecos mejora, cierto, pero los salarios no”, escriben con ayuda del traductor de Google.

De repente, a metros de la silla donde Abdul sienta a los clientes del campamento, cinco o seis personas inician una pelea, tan desagradables como todas. Una estampa goyesca,

Abdul y Taha, 22 y 21 años, comprenden rápido que aquel espectáculo les perjudica. “¡No somos así! ¡Van bebidos! ¡Son unos pocos!”. Pero qué pocos…

El líder del cotarro esgrime una barra cilíndrica con la que atiza y uno de los suyos, detrás, arroja con furia un pedrusco no a modo de puente de plata sino para lastimar a los que huyen. Combaten entre los chamizos, que se desploman, entre gritos mientras todo el mundo se aparta y observa como el que ve llover porque el día es largo, las semanas tediosas y el calor húmedo paraliza.

Los derrotados desaparecen y el bando triunfador destruye con ganas los restos de los chamizos, cuatro cañas y unas mantas, de sus enemigos.

Por la carretera, a pie de playa, los vehículos de las fuerzas de seguridad aminoran la velocidad, observan y se alejan. Una intervención podría confirmar aquello de que es peor el remedio que la enfermedad o repetir lo del sábado por la noche. Desaparecen. Y los inmigrantes que se quedan hablando con el periodista admiten que peleas como esta ya forman parte de su día a día. Quizás por cosas así, 700 emigrantes han regresado por su propia voluntad a Marruecos en la semana que ayer concluyo, según Efe.

Tampoco fue agradable ver el desalojo ordenado, a eso de las diez y media, de los polígonos del Tarajal a fin de habilitar las naves para tareas de registro y filiación. Todo son prisas ahora y la policía condujo sin incidentes la tarea. Algunas madres con dos o tres hijos llanteando, portando bultos, maletas, lo puesto. “Duele porque los que tenemos hijos pensamos en ellos pero cuando mi familia me habla de algunos barrios en Tarragona…”, comenta un agente que estuvo destinado en Catalunya. El desalojo tenía todo el sentido del mundo desde el punto de vista sanitario: moscas y hedor, del que impregna las entrañas.

Entre tanto, decenas de ceutíes se manifestaban con sus hijos en el centro de Ceuta para recordar que hoy lunes su primer día de curso no será como el de los ocho millones de españoles. “Sólo pedimos vivir como vive cualquier español en la península. Nada más”, señala el padre de la familia García García, cinco en total. “Y gracias a los periodistas por estar aquí porque nos da miedo que en cuatro días Ceuta desaparezca de la actualidad”.

Ceuta, tan cerca de Marruecos y tan lejos de Madrid.

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