Ceuta, geografía de la conveniencia

Una tragedia y un pulso geopolítico pueden ocurrir en el mismo sitio y al mismo tiempo. En Ceuta se cruzan la desesperación de miles de personas y el cálculo frío de quienes las utilizan. Lo que sigue transcurre en esa frontera difusa.

Gara, Ibai Azparren, 04-09-2026

Nunca tanta gente se echó a la calle por un lugar que le importa tan poco. Ceuta fue este miércoles cuando menos una excusa y desde luego no una causa. De esa impostura conviene que parta cualquier análisis, porque envenena todo lo que viene después. La ultraderecha sigue instalada en el marco mental de 2017, esa pulsión reaccionaria que lo mismo se enciende con el independentismo que con la inmigración, y que solo necesita una chispa, como ya ocurrió en Torre Pacheco.

Con todo, que hayan sido posturas ultras las que fijen el marco del debate dice mucho sobre quién marca hoy la agenda y desde qué barros o lodazales digitales, aunque responde también a una tibieza por ahora inexplicable con el régimen de Rabat y a un inmovilismo que no se sostiene.

Lo que ocurre en Ceuta es, antes que nada, una tragedia humanitaria. Han muerto 141 personas y a ninguna institución española o europea parece importarle. En el enclave hay ataques contra quienes intentan dar de comer a los miles de migrantes que siguen allí desamparados, mientras Madrid y Bruselas se saltan a la torera la ley de menores y la de asilo. Los derechos humanos no son selectivos, pensar en los migrantes en clave utilitaria es de un clasismo atroz y obviar todo ello es alimentar el discurso de una extrema derecha hiperventilada, en Ceuta y en Madrid, en Iruñea y en Washington.

Ahora bien, una crisis humanitaria y un problema geopolítico no viven en habitaciones separadas. Que Marruecos participara en este movimiento masivo de personas, la mayoría desesperadas, parece evidente. Sea por acción o por omisión. Hasta dónde llega la cadena de responsabilidades es, con informe o no, una tarea ardua, porque así opera precisamente lo que ciertos analistas denominan un «ataque híbrido», convirtiendo en casi imposible probar quién fue el autor intelectual.

Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que el mismo día en que Mohamed VI celebraba la modernidad de su país en el Día del Trono, miles de personas huían de él mostrando su desesperación. Para el monarca pudo ser un agravio, o quizá una forma de mandar un mensaje que se le fue de las manos. Y nada impide pensar que hubo más actores arrimando el hombro. Nada de esto está probado, y en periodismo eso obliga a la cautela, pero renunciar a señalar lo verosímil por esperar lo irrefutable es abdicar del oficio cuando entra la geopolítica a la ecuación.

Porque Marruecos ya respondió así en 2021, cuando el Estado español admitió el traslado del máximo representante del Frente Polisario a un hospital de La Rioja por el covid. Aquel episodio, y el posterior espionaje con Pegasus, fueron el aviso de una relación bilateral que nunca se ha destensado del todo.

Lo que se ha producido esta vez ha sido una concatenación de varios desprecios para Rabat en una sola semana. La recepción de Armengol a niños saharauis, donde reivindicó la responsabilidad histórica del Estado español. La visita de Sánchez a Argelia. La ley que otorga la nacionalidad a los saharauis –que el PSOE trató de rebajar–. Marruecos pudo leer todo eso como una afrenta, y pudo responder desde Ceuta. Sea como fuere, que la estrategia de apaciguamiento impulsada por Zapatero y Moratinos en 2022, con el consiguiente abandono del Shara, ha fracasado es sencillamente un hecho.

Cuatro años después de aquellas maniobras, ya nada es igual. Las reglas internacionales, con todos sus defectos pero entonces al menos fingidas, han saltado por los aires con la llegada de Trump a la Casa Blanca. Este miércoles Reuters afirmaba que el republicano prepara cantidades ingentes de dinero destadas a partidos ultras en Europa, en un curso político que se augura turbulento en el Viejo Continente, de Sajonia a París pasando por Madrid.

La relación entre Rabat y Washington se ha reforzado notablemente, tras los acuerdos de Abraham impulsados por el propio Trump en la última semana de su primer mandato. Aquellos pactos normalizaron las relaciones diplomáticas, comerciales, estratégicas y de inteligencia entre Marruecos e Israel.

El último eslabón es la hoja de ruta militar que ambos países firmaron en abril, con acceso a nuevas tecnologías de la OTAN. Un acercamiento de fondo que contrasta con el enfriamiento entre Washington y Madrid. Y a todo ello se suma el deseo por controlar del Estrecho, más vital para EEUU ahora que ha perdido de un plumazo Ormuz y Bab el Mande.

Tampoco ese apetito es nuevo, ni le han faltado a Marruecos cómplices dentro del Estado. Un telegrama desclasificado de la Embajada estadounidense en Madrid recoge que, en un encuentro en 1979, el rey Juan Carlos I comentó al senador Ed Muskie, enviado especial de Jimmy Carter, que Melilla podía cederse a Marruecos en un plazo relativamente corto, y que para Ceuta la salida sería un estatuto internacional al estilo de Tánger.

Llegados a este punto, el informe. Por esta latitudes se arrastran demasiados antecedentes de maniobras soterradas y de acciones de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad con fines políticos. Con esa mochila, cuesta no mirar con recelo lo que ahora nos cuentan sobre Sánchez. O quizá se dudaría igual sin ella.

La cuestión es que el asunto es cada vez más grave. En todos los estamentos del Estado parece haber alguien con la cara de Sánchez en una diana. Tanto la ineficacia de su Ejecutivo en este asunto como la supuesta injerencia para derribarlo son igual de serias, y reconocer una no obliga a callar la otra. Interior está descontrolado y la judicatura, también. Uno debe responder ante el Gobierno y la otra ante el control democrático, y ambos atraviesan su propia crisis.

Es cuando menos peligroso que los objetivos de estas hordas ultras que salen a la calle y esas cloacas encubiertas coincidan con los de los actores extranjeros más poderosos y con los de una parte nada menor de los poderes económicos. Y es tan legítimo señalarlo como advertir que no dar salida a esta crisis, humanitaria, geopolítica y casi visceral, no hará sino agravarla.

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