Solidaridad con sentido. Ni barra libre ni muros
Diario Vasco, , 30-08-2026Inmigrantes sí o inmigrantes no. Ya nos están volviendo a llevar a una radicalización sobre un tema muy sensible y de una gran importancia. Otra vez el debate se plantea como un choque entre quienes se autoproclaman solidarios, frente a quienes se presentan como defensores de la patria. Los que dicen abrir los brazos frente a quienes levantan muros. Y, como tantas veces, el ruido político eclipsa la complejidad real de la situación. La inmigración es un fenómeno de enorme sensibilidad social y de gran trascendencia para nuestro futuro, pero se aborda desde algunos partidos, con consignas diseñadas para obtener rédito electoral, y no desde la responsabilidad que exige un desafío de esta magnitud. La solidaridad debería ser un principio esencial en la vida de los seres humanos y en cualquier sociedad cohesionada. Ayudar a quien lo necesita no es una opción moral secundaria, es un pilar de humanidad. Pero la solidaridad, como otras cosas, requiere orden, planificación y recursos. No basta con proclamarla. Hay que organizarla, distinguir situaciones y anticipar respuestas. Porque no es lo mismo atender a personas que ya viven entre nosotros en situación de pobreza, que atender a quienes llegan buscando oportunidades, protección o un futuro que en su país no pueden tener. Son circunstancias distintas y las respuestas también deben serlo.
La inmigración no es un fenómeno homogéneo. La diversidad de circunstancias supone que algunos huyen de sus países porque temen por su vida y piden asilo político. Otros vienen a buscar oportunidades de trabajo para rehacer su vida. Otros porque está aquí su familia y quieren conseguir un reagrupamiento familiar. Y otros acuden atraídos por sistemas de protección social, que a veces, carecen del control adecuado. Y esto hay que entenderlo como lo que realmente es y responder a cada circunstancia como se debe. Conviene recordar que nuestra historia está marcada por la emigración. Miles de personas abandonaron el país durante la guerra civil y la posguerra y pudieron rehacer su vida en otros lugares. Esa memoria debería ayudarnos a comprender mejor a quienes hoy buscan en nuestro país lo que nuestros antepasados tuvieron que buscar fuera.
Además, sabemos que tenemos un problema demográfico muy serio. Sabemos también que hay diferentes puestos de trabajo, en diferentes sectores, algunos de gran importancia social, que no se cubren con la población local. Y sabemos también que dichos puestos de trabajo los deberemos de cubrir con personas inmigrantes. La inmigración, bien gestionada, es parte imprescindible de la solución. Pero para que lo sea, debemos saber qué puestos de trabajo necesitamos cubrir, qué preparación requieren y qué formación podemos y debemos ofrecer a quienes llegan. Da igual si vienen con títulos, experiencia o sin formación previa. Nuestro sistema de formación profesional puede capacitar a colectivos diversos y facilitar su integración laboral y social. La clave es anticipar, planificar y acompañar.
Pero una buena planificación también necesita un buen equilibrio. Los recursos públicos son limitados. Invertimos mucho en políticas sociales, pero para que esa inversión sea suficiente hay que establecer un marco de atención realista y asumible. La solidaridad no puede ser una barra libre, porque es imposible. Y cuando la entrada de personas se produce sin control, sin saber qué necesidades tienen y sin prever cómo atenderlas, se generan tensiones sociales, aumentan las situaciones de pobreza y, en algunos casos, aparece la inseguridad. Tampoco podemos ignorar que algunos países utilizan la migración como herramienta geopolítica. Lo hemos visto en varias ocasiones, y Ceuta es un ejemplo significativo. La instrumentalización de seres humanos con fines políticos exige respuestas firmes y coordinadas.
Aun así, nada de esto debería alejarnos de lo esencial. Atender a quien lo necesita es una obligación humana. La compasión y la esperanza no son conceptos exclusivos de la religión. Son la base de una vida entendida desde el valor de lo humano. Pero vivimos en un tiempo en el que ciertos intereses nos empujan hacia la individualidad, dificultando avanzar hacia el bien colectivo. La solidaridad con la inmigración no puede ser un eslogan ni una bandera que se agite según convenga. Tampoco un campo de batalla donde unos reclaman humanidad y otros orden, como si fueran incompatibles. La fortaleza de una sociedad se mide por su capacidad de acoger sin desbordarse, de proteger sin dividirse, y de planificar sin perder la compasión.
Porque al final todo se reduce a una idea sencilla. La humanidad no es negociable, pero tampoco lo es la responsabilidad. Si renunciamos a la primera, nos deshumanizamos. Si renunciamos a la segunda, nos desbordamos. Y una sociedad que se deshumaniza o se desborda pierde su rumbo. Solidaridad sí. Pero una solidaridad responsable.
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