Mal de altura

Diario Vasco, Alberto Moyano, 30-08-2026

Por situarnos: Donostia acababa de superar un pasado de violencia tremebunda que la convirtió en paradigma de «sociedad enferma» – y cuál no lo es – , cuando desembarcó en las playas de la segunda década de este siglo, en busca de un futuro mejor. Sólo este viaje debería despertar la empatía con la población inmigrante que a día de hoy vive entre nosotros y, a todas luces, va a seguir haciéndolo.

Produce estupor que la misma Plaza de la Constitución que fue escenario ficticio pero plausible de ‘Ehun metro’ – años 70 – y enclave de venta de droga – años 80 y 90 – se considere ahora más insegura que nunca a causa del reparto de cenas.

Hemos pasado de servir cócteles molotov y botes de humo a raciones de tarta de queso y las diez mejores tortillas del Cantábrico, y lo hemos hecho tan rápido que ahora padecemos mal de altura, con su consiguiente comportamiento errático por falta de oxígeno. Que a nadie le quepa duda: quien vaya a dar por buena la ultraderechista vinculación entre inmigración y delincuencia, deberá asumir que ningún reparto de comida puede rivalizar como polo de atracción con el wifi de la Tabakalera.

San Sebastián deja atrás las listas de mejores playas urbanas y destinos gastronómicos y pasa a la pantalla de la Policía Municipal persiguiendo a las señoras con carritos de la compra que reparten bocadillos. La falacia de «bienvenidos siempre que vengan a sumar» queda desnuda en el hecho de que «sumar» igual también es ofrecer una cena solidaria.

Y por concluir: Aquí hay gente que duerme en la calle y coches que lo hacen en garajes de 28.000 euros. En medio de este contraste, disfrutamos de una más que aceptable convivencia ciudadana.

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