Kurt Wallander, el detective que envejecía con cada crimen

El escritor Henning Mankell introdujo su existencia a través de «Asesinos sin rostro» y Kenneth Branagh le dio cuerpo en una serie

La Razón, Ángeles López, 25-08-2026

Hay detectives que, cuando terminan el trabajo, tiran la placa junto al gabán, pero

Kurt Wallander

no sabe. Los asesinatos se acomodan con él en torno a la mesa, se recuestan a su lado cuando intenta dormir e incluso desafinan los pocos momentos en los que busca refugio en un aria de Verdi. Si Marlowe desayunaba whisky,

Carvalho

guisaba para disolver en un sofrito el desencanto y Parker hablaba con las ánimas…. Wallander soporta un enemigo más cotidiano, que no es otro que la certeza de que el mundo está cada vez peor y él no puede hacer mucho más de lo que hace.

Cuando Henning Mankell lo presentó en «Asesinos sin rostro» (1991)

, no solo levantó de la nada a un detective distinto, sino que rompió el molde del que beberían casi todos los investigadores de la novela negra nórdica.

Inspector de policía en Ystad, una pequeña ciudad del sur de Suecia,

no posee la brillantez deductiva de Holmes ni el cinismo elegante de

Sam Spade.

Su talento se sustenta en observar, perseverar y negarse a abandonar un caso cuando todos los demás empiezan a tirar la toalla.

Investiga de forma lenta

, como quien desmonta la maquinaria de un reloj, persuadido de que la verdad se esconderse en el detalle más nimio. Su viejo mentor, Rydberg, le enseñó precisamente eso: antes de sacar conclusiones, aprende a mirar.

En el aspecto físico dista de parecerse a Rambo, y si tenemos en cuenta que la saga comienza cuando ronda la cuarentena, ya nos hacemos una idea del

cansancio

que emana por haber visto con esos ojos que se comerían la tierra demasiada maldad.

Es fortachón con tendencia a la lorza

, viste sin mucho esmero y su peine, y sus cuchillas de afeitar, le abandonaron por incompatibilidad de caracteres. A medida que la serie avanza, él engorda, le diagnostican diabetes y anota que la memoria le empieza a abandonar. Pero el autor no reinicia entre un libro y otro pues su héroe cambia, cumple años, y paga el alto precio de cada caso. Al final de la saga,

el puñetero alzhéimer

le convierte en el último enemigo de un hombre que solo vivía para no olvidar nada. Su vida privada es un campo de minas. Divorciado de Mona, mantiene una relación compleja con su hija Linda y remolca una incomprensión permanente con su padre, un pintor empeñado en reproducir el mismo paisaje sin solución de continuidad.

La ópera como refugio

Vive solo –siempre viven solos–, conduce un anciano Volvo que pide la extremaunción y regresa a un apartamento donde el silencio ocupa más espacio que los muebles.

La culpa le acompaña a cada paso que da

porque sacrificó su familia en la pira de una profesión que nunca termina de perdonarle.. Pero no sabe hacer otra cosa.

La gastronomía tampoco es su fuerte.

Como de pena y las albóndigas son su único plato de confianza –cosa que jamás recomendaría una abuela, a menos que las hayas hecho tú – .Bebe más de lo que piensa, fuma más que respira y descuida su corpachón hasta que la diabetes le obliga a modificar algunos hábitos.

Siempre está cansado,

anda contadísimo de pasta

y parece dar un paso más de lo que su anatomía le permite. Solo una pasión es capaz de apartarlo durante poco tiempo de tanta oscuridad: la ópera.

Puccini, Verdi o Mozart le ofrecen el refugio que no encuentra en ningún otro sitio. Resulta difícil imaginar a un policía tan agotado emocionándose con un arpegio, pero esa es su seña de identidad. Bajo el inspector taciturno late un hombre sensible, incapaz de acostumbrarse al sufrimiento ajeno.

«Nunca resolvió los crímenes desde la superioridad, sino desde su decadencia. Y comprendió el misterio»

Porque Wallander nunca investiga solo un asesinato. Cada crimen le sirve al autor para mostrar

la cara menos amable de una Suecia

–¡oh paraíso!– que deja de ser el referente escandinavo.

Racismo, inmigración, corrupción, trata, extremismos o violencia juvenil atraviesan las novelas

hasta convertirlas en una radiografía del deterioro del llamado Estado del bienestar. Si cada novela empieza con un cadáver, acaba revelando una sociedad llena de fisuras. La serie, integrada por títulos como «Asesinos sin rostro», «Los perros de Riga», «La leona blanca», «La falsa pista», «La quinta mujer»,

«Cortafuegos» o «El hombre inquieto»

, conviene leerla en orden porque evolucionan las investigaciones y el protagonista.

Frente al detective consensuado al que nos tienen acostumbrados, este vuelve a empezar desde cero, y

acumula cicatrices de todos los colores.

Cada caso le roba un poco de energía, de optimismo…, y de memoria. Quizá por eso es

uno de los detectives más humanos de la literatura.

Porque nunca resolvió los crímenes desde la superioridad, sino desde su decadencia, y comprendió antes que nadie que el auténtico misterio no pasa por descubrir quién es el asesino, sino por qué una sociedad empieza a perder su alma.

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