Un verano lejos del desierto

La búsqueda de nuevas oportunidades lleva a 101 menores saharauis a pasar los meses del calor en Navarra, dentro del programa ‘Vacaciones en paz’ que lleva en marcha desde 1997

Diario de Noticias, Izaro Díaz, Sofía Baztán Bolívar, 24-08-2026

Tafreg Zina tiene casi 13 años, una media melena que ya se peina sola y una frase que le sirve para explicar su vida entera: “Ahora tengo dos familias”. La primera está en El Aaiún, una de las cinco wilayas de los campamentos de refugiados saharauis, en plena hamada argelina. La segunda es la que vive en Navarra y que le acoge cada verano, que con este ya van cinco. “Cuando llegué tenía un poco de miedo, pero como mi familia me ha cuidado muy bien, ahora ya tengo dos familias”, resume con inocencia.

Este verano, 101 niños y niñas saharauis han cruzado el Mediterráneo para pasar los meses de julio y agosto lejos del calor y la escasez de recursos en los campamentos gracias al programa Vacaciones en Paz, un proyecto que lleva en marcha desde 1997 en todo el Estado y que en la Comunidad Foral se materializa a través de la Asociación Navarra de Amigos del Sahara (ANAS). Detrás de esa cifra hay familias que llevan años repitiendo el mismo gesto y que, más que algo solidario, lo reconocen como familiar. Porque hay un amor infinito dentro de estos vínculos.

Aitziber Monreal y Jon Berrio acogen a Tafreg Zina desde que la niña tenía ocho años, junto a sus propios hijos, Amaiur y Oskiritz, de 10 y 6. Aitziber se animó a participar cuando leyó en el periódico que buscaban familias, sin imaginar en qué se convertiría aquello. “El primer año fue entre gracioso, raro y confuso, pero aprendió muy rápido el idioma. Desde el principio ha sido muy lanzada, soltando todo lo que le salía en español y en euskera, que también entiende. Es un lujo poder aprender dos idiomas”, cuenta. Para Amaiur y Oskiritz, Tafreg es una hermana más. Para la abuela de la familia, es su tercera nieta: “Ahora siempre dice que tiene tres nietos”, cuenta Aitziber, quien ya ha entendido que la familia no es una cosa de lazos de sangre sino de costumbre y amor. Pero el vínculo no ha sido automático, ni gratuito: “Partimos de bases y culturas muy diferentes, por lo que hay un aprendizaje por ambos lados para entendernos mutuamente”, reconoce Monreal. Cinco veranos después, ese aprendizaje mutuo ha dado paso a algo más permanente. Este año toca despedida a medias: el programa solo acoge hasta los 12 años, así que ha sido su último año con su familia de acogida. Pero Aitziber ya está tramitando el papeleo para que Tafreg pueda quedarse a vivir y a estudiar en Navarra el año que viene. Ella quiere ser médica.

A pocos kilómetros, Nerea Sáez Baztán lleva el mismo tiempo acogiendo a Leftan Endai, de 13 años, que viene de Dajla, la wilaya más alejada de todas, la que está más adentro en la hamada. Nerea es madre soltera y de pequeña creció con dos hermanas de acogida bosnias. Ese recuerdo fue el que la empujó, ya de adulta, a apuntarse. “Aprendió súper rápido el idioma para poder expresarse, todo fue muy fácil con ella. Lo que más me costó fue explicarle normas que aquí damos por hechas y allí no existen, como los semáforos o las escaleras, que podían ser un peligro si no estabas siempre pendiente”, recuerda. Con los años la relación mutó de acogida a otra cosa más parecida a la crianza: “Conviviendo con ella desde pequeña, he pasado de las rabietas a los 8 años a la adolescencia con 13”, dice, y se ríe al contarlo.

El primer verano de Leftan en Navarra le cambió también el cuerpo. Su madre le había mandado una carta a Nerea pidiéndole que la llevara al médico porque sospechaba que tenía parásitos en la tripa. La analítica reveló que era celíaca; le detectaron alergias y le pusieron las vacunas que le faltaban. “Tras su vuelta el primer año regresó con un kilo más, dos centímetros más de altura y tres tallas más de pie”, recuerda Nerea. Desde entonces, además de acogerla cada verano, manda medicamentos a la familia de Leftan siempre que puede, y la considera ya como propia: “Yo no tengo hijos y ella me ha enseñado lo que es ser madre”, dice. “Ya hemos empezado con el papeleo para traerla a estudiar, y probablemente pueda venir permanentemente dentro de dos años”. Asimismo, Nerea viaja desde 2024 a los campamentos para ver con sus propios ojos la otra vida de Leftan. “El primer viaje fue un shock. Tuve que ir a casa de Carol, la coordinadora de ANAS, y estuvimos horas hablando porque no entendía qué me pasaba. Me costó mucho volver a hacer vida aquí”, relata. Allí vio, videollamada tras videollamada durante meses, los agujeros en el techo de la casa de Leftan, así que en su siguiente viaje cargó con herramientas para arreglarlos ella misma junto a quien lo necesitara. “A día de hoy, todavía no se han abierto”.

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“No entiendo que se pueda tener a la gente en esas condiciones de vida. Creo que es tan sencillo como dejarles volver a su casa y que sean saharauis. Es una barbaridad, muy poca gente sabe que están en guerra y muere gente a diario. Si con el tema de Palestina, que salen diariamente miles de muertos en la televisión, nadie hace nada, con el Sahara, que ni siquiera sale, las papeletas son malas. Por eso es muy importante seguir ayudando mientras se pueda”, reclama. “Desde mi perspectiva, animo a gente que tiene más tiempo libre en verano y que no tiene pareja o hijos a que se anime. A mí me entró la duda por no ser el perfil de familia ideal, pero me aceptaron con los brazos abiertos”.

Solidaridad navarra

Detrás de Tafreg y de Leftan, y de los otros 99 niños que han llegado este verano, está Vacaciones en Paz, un programa que gestiona ANAS desde 1997 y que cada verano trae a Navarra a menores saharauis de entre 8 y 12 años, acogidos por familias voluntarias. Vienen de los campamentos de refugiados situados en el suroeste de Argelia, en los alrededores de la ciudad de Tinduf, en plena hamada argelina, una de las zonas más áridas y duras de todo el desierto. Llegaron huyendo hace más de 50 años, tras la Marcha Verde de 1975 y la ocupación ilegal por parte de Marruecos de su territorio. Y ahí siguen, repartidos en cinco wilayas –El Aaiún, Auserd, Smara, Dajla y Bojador– que nacieron como refugios provisionales para, en algún momento, poder regresar a sus hogares.

La calidad de vida en los campamentos empeora cada año. Los veranos allí rozan los 60 grados, y los recursos médicos y alimenticios son escasos: ni las ayudas del Estado español ni el trabajo de asociaciones como ANAS terminan de cubrir las necesidades de la población. Aun así, el programa ha logrado reducir la mortalidad infantil de la zona en torno a un 80% desde que está en marcha, además de dar acceso a revisiones médicas y dentales, a alimentos frescos y a algo tan simple —y tan poco garantizado allí— como cinco comidas al día.

Carolina García Pellejeros coordina ANAS desde 1999, y desde 2009 es la persona que viaja cada año al Sáhara Occidental para recoger a los niños y niñas y traerlos a Navarra. Valora que, a lo largo de los años, la asociación ha conseguido mantener el número de menores que participan en el programa, “y ese es nuestro objetivo principal”. Pero avisa de que, aunque han cumplido su objetivo de estrechar los lazos entre el pueblo saharaui y el español y de mantener viva la lengua española en los campamentos, cada vez hay menos recursos y peores condiciones médicas. Lo que más está pesando sobre la organización, dice, es la falta de familias dispuestas a acoger. “Nos está costando mucho conseguir familias cada año. Antes había una unión de causa política, pero ahora las generaciones cada vez lo desconocen más, porque es algo que no se enseña en los institutos. Pensaba que tras la pandemia habíamos aprendido lo efímeras que son nuestras vidas. Creía que nos volveríamos más generosos y habría más familias involucradas, pero fue una desilusión descubrir que ha habido un retroceso. Creo que desde entonces vivimos en una sociedad más individual”, dice.

Hay una geografía que no sale en los mapas: la que dibujan cada verano estos niños al cruzar el mar, la que dibujan las familias que les abren la puerta, la que dibuja Nerea cada vez que vuelve a los campamentos con las manos llenas de herramientas para un techo que sigue sin cerrarse. Es un mapa hecho de gestos pequeños y tercos, de idiomas que se mezclan en la boca de una niña de ocho años, de nietas que llegan sin avisar y se quedan para siempre en la memoria de una abuela. Mientras el desierto siga siendo una espera y no una casa, ese mapa seguirá dibujándose cada julio, familia a familia, verano a verano, como quien insiste en sembrar algo en la arena.

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