No solo Vichy: la complicidad de Francia con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial

Una parte heterogénea de la sociedad francesa colaboró con la Alemania nazi y fue cómplice de sus crímenes

La Vanguardia, Carlos Joric, 24-08-2026

El 10 de mayo de 1940, cuando las tropas alemanas lanzaron su ofensiva contra Francia, ni el más pesimista de los franceses esperaba lo que iba a ocurrir solo unas semanas después: su poderoso ejército sucumbió ante la Wehrmacht en poco más de un mes.

¿Cómo reaccionó el pueblo francés, que se sentía relativamente seguro tras sus fuerzas armadas, la supuestamente inexpugnable fortificación de la línea Maginot y su alianza con los británicos, ante esta rápida, completa y traumática derrota?

Unos pocos escucharon la llamada desde Londres del general Charles de Gaulle y se unieron a la Resistencia. Otros, también pocos, decidieron colaborar activamente con el enemigo. La gran mayoría se resignó e intentó adaptarse a la nueva situación. Al principio, con miedo. Y luego, con alivio, cuando el venerado mariscal Philippe Pétain, que había asumido la jefatura del gobierno, firmó un armisticio con los alemanes el 22 de junio. Para gran parte de los franceses, “el vencedor de Verdún” los había salvado de los horrores de una nueva guerra.

Tras el acuerdo de cese de hostilidades, Francia terminó dividida en dos zonas. La mitad norte y toda la franja atlántica quedó en poder de los nazis. El resto, incluidas las colonias, permaneció bajo control francés. El 10 de julio se formó el nuevo gobierno, con sede en la ciudad balneario de Vichy. El lema republicano “Libertad, igualdad, fraternidad” se sustituyó por el de “Trabajo, familia, patria”.

El régimen de Vichy fue abiertamente colaboracionista desde el principio. Su política se selló con un apretón de manos entre Hitler y Pétain el 24 de octubre de 1940 en la localidad de Montoire, en la zona ocupada, un día después de la entrevista en Hendaya entre Franco y el caudillo alemán. El discurso posterior del líder francés no dejaba lugar a dudas: “Con honor y para mantener la unidad francesa, una unidad de diez siglos en el marco de una actividad constructiva del nuevo orden europeo, tomo el camino de la colaboración”.

En un primer momento, existió un tipo de cooperación digamos “forzosa”, relacionada con las condiciones del armisticio. Francia estaba obligada a apoyar el esfuerzo bélico germano sufragando los gastos de la ocupación, proporcionando mano de obra y colaborando en la administración de la zona ocupada. Además, en encuentros posteriores, el gobierno francés se comprometió a ofrecer apoyo logístico al ejército alemán en sus colonias.

Pero también existió un tipo de colaboración mucho menos forzosa, que surgió casi de forma natural por la vinculación ideológica existente entre los dos regímenes. Tras su llegada al poder, Pétain y Pierre Laval, jefe del gobierno y declarado germanófilo, iniciaron lo que llamaron una “revolución nacional”. Esto es, la reinstauración de los valores tradicionales de Francia, de inspiración nacionalista, católica y tradicionalista.

Para llevar a cabo esa “revolución”, el gobierno de Vichy puso en marcha una serie de medidas represivas: prohibición de la francmasonería, purgas en la administración, preparación de leyes antisemitas y persecución de comunistas y opositores (entre ellos, los republicanos españoles exiliados, que fueron entregados a los nazis).

La colaboración entre la policía y la administración de ambas zonas fue fundamental, sobre todo a partir del ataque de Alemania a la Unión Soviética en junio de 1941 y la consecuente intensificación de la oposición comunista en toda Francia (oposición que, paradójicamente, había “colaborado” hasta ese momento con los alemanes para protegerse de la persecución de Vichy).

Ante la política de represalias impuesta por las autoridades alemanas, que elegían al azar rehenes para fusilarlos (con el consiguiente aumento de la hostilidad de la población hacia ellos y, por tanto, hacia la política colaboracionista de Vichy), el gobierno francés se apresuró a encabezar la lucha contra la Resistencia.

Vichy hizo todo lo posible para que los alemanes dejaran de matar rehenes de forma indiscriminada y eligieran asesinar a franceses comunistas. Una víctima de esta política fue Guy Môquet, un joven comunista entregado por el gobierno de Vichy para ser fusilado como represalia por la muerte de un oficial nazi, que se convirtió en un símbolo de la Resistencia cuando su carta de despedida fue leída en la radio desde Londres.

En una fecha tan temprana como el 3 de octubre de 1940, tres meses después de la rendición, el régimen de Vichy redactó por iniciativa propia (aunque mirando de reojo a las autoridades alemanas) un estatuto para los judíos a semejanza de las leyes de Núremberg promulgadas por los nazis en 1935.

Según este Statut des Juifs, los ciudadanos de origen judío de la zona libre y las colonias fueron expulsados de la vida pública francesa. Se les excluyó de las funciones administrativas, militares y culturales, y se les prohibió ejercer profesiones como la enseñanza, la medicina o la abogacía.

El incremento de la persecución antisemita llegó a su punto álgido tras el encuentro en mayo de 1942 entre René Bousquet, secretario general de la policía de Vichy, y Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich. Con la Solución Final ya en marcha, el objetivo de esa reunión era conseguir que la administración y la policía francesa colaboraran activamente en la deportación de los judíos de Francia.

La madrugada del 16 de julio de 1942, miles de policías franceses bajo la dirección de las SS participaron en una gran redada en París. Durante dos días arrestaron a 13.152 judíos. Más de la mitad eran mujeres y niños, ya que muchos hombres, avisados de las intenciones de los nazis, habían huido al sur con la esperanza de que sus familias no fueran detenidas. Una parte de los prisioneros, principalmente hombres solteros, fueron enviados al campo de internamiento de Drancy, a las afueras de París. El resto fue recluido en el recinto deportivo del Velódromo de Invierno.

Allí permanecieron cinco días, sin apenas agua ni alimento, antes de ser trasladados a los campos de exterminio. En los meses siguientes, unos 76.000 judíos fueron deportados de Francia. Nunca antes los nazis habían obtenido una colaboración tan intensa y decidida por parte de las autoridades francesas.

La policía no fue la única fuerza francesa que colaboró con la Alemania nazi. En 1941 se creó la Legión de Voluntarios Franceses (LVF), una milicia que combatió en el frente oriental contra la Unión Soviética apoyando a la Wehrmacht. Estaba compuesta principalmente por soldados veteranos, activistas antibolcheviques, mercenarios y prisioneros de guerra que querían evitar los trabajos forzosos en Alemania.

En 1944, cuando se produjo la liberación de París, la milicia fue disuelta y sus voluntarios trasladados por orden de Himmler a las Waffen – SS, el brazo armado de las SS. Allí formaron la División Carlomagno, una unidad que luchó para defender el Tercer Reich hasta la caída de Berlín, en mayo de 1945. Se calcula que unos diez mil franceses combatieron en unidades auxiliares del ejército alemán.

La LVF no fue fundada por el gobierno de Vichy, que era oficialmente neutral (el ejército regular nunca luchó junto a las tropas alemanas), sino por los principales partidos de extrema derecha de Francia, favorables a una colaboración abierta con Alemania.

El Partido Popular fue uno de ellos. El ultraderechista Joseph Darnand, miembro de la formación, fundó en 1941 el temible Servicio de Orden Legionario (SOL), una organización paramilitar creada a imitación de las SS alemanas, que se encargó de la represión de la Resistencia y la persecución de los judíos.

Aparte de la colaboración gubernamental, la policial y la político – militar, hubo otras formas de cooperación que surgieron desde diferentes ámbitos de la población francesa. Fue el caso de los movimientos separatistas.

Bretones y alsacianos, en especial, aunque también flamencos y corsos, apoyaron con entusiasmo la llegada de los nazis, con la esperanza de que su concepción racial de las nacionalidades contribuyera a hacer efectivas sus reivindicaciones territoriales. Las pretensiones anexionistas de Hitler en el caso de Alsacia y Lorena y la conveniencia de las autoridades alemanas de tener buenas relaciones con Vichy acabaron con las esperanzas de estos grupos separatistas.

La clase empresarial también fue muy proclive a la colaboración; sobre todo al principio, cuando la victoria alemana parecía segura. Se calcula que unas 14.000 empresas aceptaron, cuando no directamente solicitaron, pedidos del ocupante. Tampoco tuvieron problemas en “arianizar” voluntariamente sus empresas si eso les permitía ganarse el favor de los alemanes.

En cuanto a intelectuales y artistas, tampoco salieron muy bien parados, aunque fue solo una minoría la que, por razones ideológicas o simple oportunismo, colaboró activamente con el vencedor –caso de los escritores Abel Bonnard (que fue ministro con Pétain), Paul Morand (embajador de Vichy), Pierre Drieu La Rochelle y Louis – Ferdinand Céline, o de la diseñadora Coco Chanel.

La Iglesia francesa, por su parte, se encontraba en una posición ambivalente. Por un lado, rechazaba el régimen racista y neopagano del ocupante, pero, por otro, se encontraba muy próxima a los valores tradicionalistas que representaba Pétain. Al final, como ocurrió en Italia y Alemania (aunque no en la vecina Bélgica), actuaron con acomodaticia discreción, sobre todo el alto clero.

Una parte de la clase trabajadora también colaboró con el ocupante. Ya fuera por necesidad (el paro escaló tras la ocupación), interés (mejores salarios y condiciones laborales) o simple elección (conveniencia ideológica, voluntad de cambiar de vida), miles de trabajadores franceses se enrolaron por iniciativa propia en instituciones y empresas administradas por los alemanes.

Un número que aumentó considerablemente cuando en 1942 se puso en marcha la Relève, un acuerdo entre el gobierno de Vichy y el alemán para intercambiar prisioneros de guerra (los capturados en la invasión de 1940) por obreros especializados que fueran voluntariamente a trabajar a las fábricas del Reich.

Fue precisamente esta necesidad de mano de obra del ocupante, intensificada tras sus derrotas en el frente ruso y el incremento del envío de soldados, la que contribuyó a la decadencia del régimen de Vichy.

Alemania, tras ocupar todo el país, exigió a Laval más concesiones. El 16 de febrero de 1943 se promulgó la ley del Servicio de Trabajo Obligatorio (STO), según la cual los trabajadores franceses podían ser reclutados forzosamente para ir a trabajar a Alemania.

El STO suscitó un fortísimo rechazo entre la población, provocando que unos doscientos mil réfractaires, como se les bautizó, decidieran pasar a la clandestinidad y una cuarta parte de ellos se uniera a la Resistencia.

Ante el incremento de la hostilidad en el interior y la amenaza exterior por el avance de los aliados y las tropas de la Francia Libre de De Gaulle, sus dirigentes radicalizaron el apoyo al ocupante. Fue una huida hacia delante que terminó con la cúpula de Vichy exiliada en Alemania en agosto de 1944 y detenida en abril de 1945. Tras el fin de la ocupación, había llegado la hora de la depuración.

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