De dormir en un banco a primer sex-symbol del cine, el ascenso de Rodolfo Valentino

Desaparecido con tan solo 31 años, Valentino consiguió convertirse en una leyenda del celuloide, encarnando con inigualable convicción el mito del seductor en películas de corte exótico de Hollywood

La Vanguardia, Enric Ros, 23-08-2026

Tal día como hoy, hace justamente cien años, dejaba de forma prematura este mundo el actor que originó el culto al estrellato de ribetes necrófilos en la cultura popular; el antecedente de James Dean como “bello cadáver” oficial del cinematógrafo. Las crónicas de la época hablaron de histeria colectiva provocada por riadas de personas –unas 100.000– saturando las calles de Nueva York para dar el último adiós a los restos, que finalmente reposarían en un cementerio de Los Ángeles. Durante muchos años lo visitó una misteriosa admiradora escondida tras un velo, conocida como “la dama de negro”.

Como bien explica la profesora, escritora y crítica de cine Lucía Tello, “Rodolfo Valentino llegó a un Hollywood en el que prácticamente todo estaba por hacer, y en poco tiempo logró convertirse en el primer sex – symbol del cine”. Su magnetismo erótico quedó perfectamente ejemplificado en el sensual tango que bailó en el filme de Rex Ingram Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1921), en un momento en el que varios rumores (al parecer, falsos) afirmaban que el papa Pío X había condenado este baile por pecaminoso. Según Tello, “Valentino representó una idea de exotismo y sensualidad para unos Estados Unidos proclives a la fascinación por Europa, Sudamérica y, en general, todo lo relacionado con lo latino, que el norteamericano medio relacionaba con costumbres menos encorsetadas y mayor libertad sexual”.

Nacido el 6 de mayo de 1895, en Castellaneta, en la región de Apulia, Valentino era hijo de un militar y veterinario italiano y una mujer francesa de clase media. Fue un mal estudiante, obligado por sus padres a inscribirse en una escuela de Agricultura en Génova. Decidido a zafarse de un futuro trazado que se antojaba poco estimulante, a los dieciocho años se trasladó a París, seducido por los ambientes bohemios de la capital francesa.

Su siguiente destino fue Nueva York. “Sin hablar una palabra de inglés, termina desempeñando oficios de supervivencia (jardinero, lavaplatos, camarero…) e incluso llega a dormir en un banco de un parque. Todo cambia cuando ejerce de taxi – dancer”, explica Tello. El origen de su leyenda de seductor infatigable empieza en cierto modo aquí, cuando las damas burguesas, prendadas de su belleza, le untan con generosas propinas. Las primeras apariciones en prensa estarán unidas a hechos escandalosos que aumentarán su fama de gigoló: su amante, la aristócrata chilena Blanca Errázuriz, mata a su exmarido de un disparo y Valentino decide poner tierra de por medio.

El actor Norman Kerry es su primer valedor en Hollywood. Valentino se inicia en la gran pantalla como extra e, inevitablemente, los prejuicios racistas de la época lo encasillan como villano intrigante y más bien lascivo de origen latino. En un intento de aspirar a mejores papeles, americaniza su nombre de pila, pasando de Rodolfo a Rudolph. En 1919 se casa con la actriz Jean Acker sin saber que es lesbiana. En la noche de bodas, la examante de la estrella Alla Nazimova no deja entrar al flamante marido en la habitación; un duro golpe para el donjuán en construcción.

Otra mujer acude al rescate del ego herido. La guionista June Mathis vislumbra en él ese “algo” imprescindible para alcanzar el estrellato y aboga por darle el papel protagonista de su nueva película, la mencionada Los cuatro jinetes del Apocalipsis, basada en una novela del escritor español más internacional del momento, Vicente Blasco Ibáñez.

Aunque el físico apolíneo del actor ha hecho que su talento sea con frecuencia infravalorado, su labor, en la piel del argentino Julio Desnoyes, está dotada de una sorprendente modernidad. Tal como explicó el desaparecido Terenci Moix, “Valentino resulta un intérprete muy competente en determinados papeles. Incluso en sus famosas escenas de seducción demuestra un sentido del timing que otros actores más reputados nunca llegaron a poseer. Por tópico que fuese su papel, Valentino lo revestía con una dignidad y una elegancia que se traducían en el perfecto dominio de su cuerpo y de cada uno de sus gestos”. Su muerte antes de la llegada del cine sonoro dejará una duda en el aire: ¿cómo se habría adaptado a las películas habladas? El control corporal al que aludía Moix permite intuir que quizá hubiera evolucionado hacia un estilo más contenido, con mayor facilitad que otros divos interpretativos de gestualidad más grandilocuente.

El éxito arrollador de Los cuatro jinetes…, que supera al mismísimo Chaplin de El chico, forjará la alianza artística con Mathis. Pese a todo, los responsables de Metro – Goldwyn – Mayer no parecen tan convencidos del talento del joven actor. La guionista y productora se encarga de disipar las dudas haciéndole compartir cartel con la antigua amante de Acker, Alla Nazimova, en el filme de Ray C. Smallwood Camille (1921), que adapta una obra de Alexandre Dumas. Allí el nuevo astro del celuloide conoce a la directora de arte y vestuario Natacha Rambova, que se convertirá en su segunda esposa y se encargará de dirigir su carrera.

Los rumores misóginos de la época la acusarán de las decisiones erróneas de Valentino. Sea como sea, el actor afianza su leyenda en papeles como el del jeque árabe de El caíd (1921); el joven playboy Charles Grandet en Eugenia Grandet, adaptación libre de Balzac según los criterios hollywoodienses; o el torero devorado por las pasiones –al parecer, su personaje favorito de todos los que interpretó– de Sangre y arena, otra adaptación de Blasco Ibáñez.

En El hijo del caíd (1926), secuela del filme de 1921, se atreve a rodar una escena de violación abiertamente sugerida. Su rostro, devorado por el deseo y el ansia de venganza, mientras avanza decididamente hacia la actriz Vilma Bánky, deja una honda impresión en el espectador sin evitar los aspectos más problemáticos de la masculinidad desaforada.

En palabras de Tello, “Valentino supo gestionar muy bien el deseo de las espectadoras de su tiempo. Consiguió espolear las pasiones de un público aletargado mediante una sensualidad más sutil y sugerente que la de otros astros de la época”. Mientras que la estrella del cine de aventuras Douglas Fairbanks exhibe una virilidad más inofensiva, encarnando al joven musculoso, ágil y atlético, capaz de ejecutar todo tipo de proezas físicas, Valentino fomenta un culto al cuerpo marcadamente erótico, a menudo mostrando el torso desnudo, que provoca reacciones de tipo libidinal.

“En esta época se empieza a hablar de su enemistad con los hombres, que lo consideran una verdadera amenaza”, afirma Tello. “Y también es en este momento cuando surgen con fuerza los rumores sobre su presunta homosexualidad”. Los mentideros de Hollywood insisten en presentarlo como un hombre dominado por su segunda mujer, otra posible lesbiana del llamado “círculo de la costura” de Nazimova.

Aparecen las burlas sobre su aspecto, excesivamente atildado para los cánones de una masculinidad heteropatriarcal muy restringida. Con posterioridad, el biógrafo británico David Bret llegará a afirmar que sus matrimonios fueron arreglados para ocultar su condición homosexual, y contará chismes llamativos imposibles de confirmar o refutar. Como sus supuestos encuentros sexuales con George Raft. O como el regalo que, según Bret, le hizo Valentino a Ramon Novarro, la otra encarnación del latin lover en la época y teórico amante suyo: un dildo de antracita con las medidas reales del pene de Valentino.

En la cinta Monsieur Beaucaire (1924), en la que Rambova gastó una fortuna diseñando el vestuario, Valentino aparecía más ambiguo que nunca, con el rostro profusamente maquillado. Cuando un periodista del Chicago Tribune se burló de su aspecto en la película, que fue un fracaso en taquilla, el astro no dudó en disipar las dudas sobre su masculinidad retándolo a un combate de boxeo. Finalmente, otro reportero acudió a la cita y Valentino lo noqueó en el ring, sin pensárselo dos veces.

El estudio United Artists, deseoso de desembarazarse del influjo de Rambova, ofreció a Valentino un contrato en el que le exigía que su mujer dejara de intervenir en sus películas. Él aceptó, y eso condujo finalmente al divorcio (aunque al parecer Rambova siguió unida “espiritualmente” a él y al parecer, tras la muerte del actor, participó en sesiones espiritistas para contactar con él). Se dijo entonces que Valentino, herido por este nuevo abandono, se refugió en otras mujeres, entre ellas la mismísima Pola Negri.

En la última etapa de su existencia, Valentino cultivó un estilo de vida de estrella excéntrica de Hollywood, en el que cabía el interés por el esoterismo y las ciencias ocultas (algunos incluso difundieron la leyenda urbana de un anillo “maldito” que le habría llevado hasta la muerte).

Lo cierto es que, a su llegada a Manhattan durante una gira de promoción, justo cuando su carrera parecía haberse revitalizado, empezó a sentirse repentinamente mal. Fue ingresado de urgencia en el Hospital Policlínico de Nueva York, donde le descubrieron una úlcera perforada aguda y una infección muy extendida. El 23 de agosto de 1926 falleció de una peritonitis. La causa de su muerte llegaría a ser conocida, en el ámbito médico, como “el síndrome de Valentino”.

Las reacciones desmesuradas por su inesperado fallecimiento llegaron a su máximo apogeo cuando la prensa informó de jóvenes suicidas cuyos cuerpos se hallaron junto a fotografías de la estrella. Como bien apunta Lucía Tello, “los estudios aprovecharon su prematura desaparición para consolidar el mito del seductor latino del celuloide que luego han encarnado otros continuadores” hasta llegar a Antonio Banderas o, en la actualidad, Pedro Pascal.

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