Ceuta y Melilla: rémoras coloniales de la historia española
Deia, , 21-08-2026Para abordar lo que viene ocurriendo en Ceuta resulta indispensable utilizar los nombres y adjetivos del problema correspondiente: rémoras coloniales de la historia española. Porque eso son Ceuta y Melilla. Dos peces pegados al tiburón de Europa desde hace quinientos años y que no hay forma de soltar. Dos anacronismos vivos. Dos museos del imperio con fibra óptica y supermercados. Empezaron en 1415 y 1497 con conquista, imperio y bandera. Portugal tomó Ceuta. Castilla tomó Melilla. Era la época de las bulas papales, de “repartirse el mundo”. Y aquí seguimos en 2026. La Unión Europea con frontera en África. El último caso. El único. Una anomalía geopolítica que llamamos “ciudad autónoma” para no decir “colonia”. Para no decir “ocupación”. Para no decir “lo que fuimos y seguimos siendo”. No hay otro precedente en el planeta. No hay otra potencia que tenga un trozo del continente vecino metido como un cazo dentro de su territorio. Estados Unidos no tiene un trozo de Canadá. Francia no tiene un trozo de Brasil. China no tiene un trozo de Rusia. Solo nosotros. Solo Europa. Solo la vieja potencia que no sabe soltar.
Imaginémonos la escena al revés. Imaginémonos a Marruecos con Ceuta en Cádiz. Con aduanas marroquíes, con dirhams, con policía marroquí patrullando La Caleta y diciendo “esto es territorio histórico marroquí desde el siglo XII”. ¿Cuánto duraría? ¿Veinticuatro horas? Habría ejército, habría sanciones, habría portadas de “invasión inaceptable”. Pero como lo hacemos nosotros se llama “cohesión territorial” y “hecho diferencial”. Esa es la primera gran mentira. El colonialismo no se acabó. Se hizo administrativo. Se puso corbata, sacó un DNI, montó un parlamento autonómico y ahora vota presupuestos en Bruselas. Es el mismo perro con distinto collar.
Y esa presencia tiene consecuencias. La primera es moral. ¿Con qué cara damos lecciones de descolonización y de derecho internacional mientras mantenemos dos ciudades europeas en África? ¿Con qué autoridad hablamos de integridad territorial en Ucrania mientras nos aferramos a dos ciudades en otro continente? Es obsceno. Es ir a una manifestación contra el hambre con un chuletón en la mano. Es predicar agua y beber vino del Duero. El mundo lo ve. Los que nadan lo ven. Los que mueren en la valla lo ven. Y no hace falta explicarles nada. Ellos ya saben que las reglas no son para todos. Que hay humanos de primera y humanos de segunda. Que hay fronteras con wifi y fronteras con concertina.
Para entenderlo académicamente lo dijo clarísimo Achille Mbembe con su concepto de necropolítica: “La necropolítica es el poder de decidir quién puede vivir y quién debe morir. La frontera es el lugar donde ese poder se ejerce con más crudeza”. Pues eso es la valla de Ceuta. Seis metros de altura. Triple alambrada. Sensores. Drones. Necropolítica pura. Es decidir que una vida vale menos porque nació catorce kilómetros más al sur. Es gestionar la muerte como política migratoria. Es que Europa delegue en Marruecos y en el mar quién sobrevive y quién no. Mbembe nos lo explicó hace veinte años y aquí seguimos aplicándolo a diario. Con fondos europeos. Con aplausos. Con “hemos evitado una avalancha”.
La segunda consecuencia es la fantasía. La fantasía que tienen algunos en Madrid, en Bruselas y hasta en la propia Ceuta: convertir las ciudades en una colonia pacífica y tranquila a orillas de las puertas de Occidente. Esa es la frase exacta que se repite en informes, en think tanks, en reuniones. Colonia. Aunque les duela. Quieren un escaparate. Un duty free gigante con vistas al Estrecho. Quieren puerto, turismo, cruceros, terrazas llenas, seguridad y orden. Quieren Europa de postal. Higiénica. Sin ruido. Sin pobres. Sin pateras. Sin problemas. ¿Y quién sobra en esa foto? Los africanos. Sobran si vienen. Sobran si nadan. Sobran si saltan. Porque rompen la estética. Porque manchan la postal. Porque recuerdan que al otro lado no hay un parque temático, hay pobreza estructural, hay mafias, hay guerras, hay desesperación. Por eso la valla. Por eso las concertinas que cortan la carne humana. Por eso las devoluciones en caliente, que son ilegales. Por eso el “efecto llamada” cada vez que alguien consigue cruzar. No es que vengan demasiados. Es que molesta que vengan. Molesta que la realidad irrumpa en el decorado. Molesta que el decorado sangre.
Y para que el decorado no se caiga necesitamos un encargado. Un portero. Un subcontratista. Un gendarme. Y ahí es donde hay que condenar al régimen de Marruecos, sin paños calientes. Sin diplomacia. Sin “socio estratégico”. Porque lo que hace Marruecos no es política migratoria. Es chantaje. Puro y duro. Geopolítica de bazar. De zoco. Un martes abren la verja. Dejan pasar. Ocho mil personas terminan en el agua. Niños, mujeres, hombres. Imágenes en todas las televisiones. “Crisis”. “Caos”. “Asalto masivo”. Pánico. Y cuarenta y ocho horas después suena el teléfono. Bruselas llama. Madrid llama. Y llega el cheque. Llegan los quinientos millones. Llegan los acuerdos de pesca. Llegan los contratos de armamento. Llega el silencio cómplice sobre la ocupación del Sáhara Occidental.
Sí. Hay que decirlo también y hay que gritarlo. El mismo régimen que hace de portero en Ceuta es el que lleva más de medio siglo ocupando el Sáhara Occidental por la fuerza. El que invadió en 1975 con la Marcha Verde. El que mantiene un muro de 2.700 kilómetros minado en el desierto. El más largo del mundo. El que reprime manifestaciones en El Aaiún, el que encarcela a activistas saharauis, el que expolia fosfatos y pesca en aguas que no son suyas, y el que condena a un pueblo entero a vivir en campamentos de refugiados en Tinduf bajo el sol y el olvido. Cincuenta años de ocupación, de silencio europeo. ¿Y a cambio de qué? A cambio de que nos contenga la “crisis migratoria” le vendemos armas, le damos dinero, le firmamos acuerdos y callamos ante el último proceso de descolonización pendiente de la ONU. Doble moral. Triple hipocresía. Usan el Sáhara como moneda, usan Ceuta como chantaje y usan a los saharauis como moneda de cambio. Y nosotros pagamos las dos facturas con nuestra complicidad y con nuestros impuestos. Usan vidas humanas como moneda de cambio. Usan el sufrimiento como herramienta de negociación. Usan el miedo de Europa como cajero automático. Y les funciona. Porque a Europa le sale más barato pagar a Marruecos que preguntarse por qué la gente prefiere morir en el mar. Le sale más barato externalizar la frontera que asumir que la frontera es ilegítima desde el minuto uno. Le sale más barato comprar silencio que hacer justicia.
Y la tercera pieza, la que nadie quiere nombrar en los debates: Ceuta y Melilla son la compensación por Gibraltar. Hay que decirlo. Es el gran secreto a voces de la política exterior española desde 1713. Perdió Gibraltar con el Tratado de Utrecht. Una herida abierta. Trescientos años reclamando. Tres siglos de “Gibraltar español”. ¿Y qué hizo España mientras? Se agarra a Ceuta y Melilla como quien se agarra a un clavo ardiendo. “Si no tenemos el Peñón, al menos tenemos esto”. Se convirtieron en moneda de cambio interna. En el “bueno, ya que no tenemos Gibraltar, que no nos quiten África”. Esa es la trampa psicológica. Llevamos trescientos años justificando una ocupación en África por una ocupación que sufrimos en Europa. Es el colonialismo pagándose a sí mismo. Es decir: “no podemos descolonizar allí porque si no, ¿quién devuelve Gibraltar a España?”. Así que mantenemos dos injusticias para intentar compensar una tercera. Es de locos. Es el síndrome de Estocolmo geopolítico. Es no querer curar la herida porque la herida nos da identidad.
Y mientras, Marruecos reclama las dos. Y con razón histórica. Porque para ellos Ceuta y Melilla son su Gibraltar. Son las últimas rémoras coloniales hispanas de la historia pegadas al mapa. Son la última prueba de que África no se descolonizó del todo. Y tienen razón. España no aceptaría una sola hora de ocupación en Cádiz. ¿Por qué ellos sí?
Así que tenemos el cóctel perfecto y explosivo: rémoras que no soltamos por trauma histórico; una fantasía de colonia limpia que algunos compran y venden; un régimen que chantajea con vidas, que oprime al pueblo saharauis y que ocupa el Sáhara con impunidad; y una Unión Europea que mira para otro lado mientras firma cheques. Y en medio, siempre en medio, la gente. Mojada, cansada, criminalizada. Saharauis en jaimas y en la cárcel. Migrantes en el mar y en las cunetas. A todos los llamamos “problema” cuando España es cómplice. A todos se les llama “efecto llamada” cuando lo que hay es un efecto expulsión.
No, Ceuta no es una crisis migratoria. Ceuta es la prueba forense de que el colonialismo nunca se fue. Solo cambió de uniforme. Ahora con vallas y concertinas que paga Europa, pone España y vigila Marruecos. Y todo para no asumir que España perdió Gibraltar y que no puede seguir aferrándose a África para curar esa herida, mientras callamos ante la opresión del Sáhara.
Catorce kilómetros. Eso es todo. La distancia entre dos siglos. Entre pasaporte y patera. Entre derechos y concertinas. Entre el discurso de derechos humanos y la realidad de las devoluciones. Catorce kilómetros que demuestran que la historia no se cierra. Se repite. Se recicla. Se moderniza con sangre.
Mientras España siga tratando esto como un problema de seguridad y no como un problema político, histórico y colonial, volverá a pasar. Cada verano. Cada vez que a Marruecos le interese presionar. Cada vez que en Europa necesiten un enemigo exterior para unir al personal. Cada vez que necesite desviar la atención. Ceuta no necesita más vallas. Necesita menos hipocresía. Europa no necesita más acuerdos con Marruecos. Necesita más dignidad para con el pueblo saharaui y coherencia. Y España necesita menos Gibraltar en la cabeza y más decencia en las manos. Se necesita arrancar de una vez esas rémoras coloniales de la historia. Pero eso no da votos. Eso no sale en portada. Eso no vende. Así que seguiremos igual. Con parches. Con cheques. Con vallas más altas. Hasta la próxima “crisis”. Hasta el próximo verano. Hasta los próximos catorce kilómetros. Hasta que alguien se atreva a despegarlas. Hasta que alguien se atreva al fin a culminar la descolonización plena de África.
Sociólogo
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