¿Oligarquía o democracia? Los 'pozos' a los que se dirigen las sociedades capitalistas en el siglo XXI
Nuevas realidades globales marcarán la trayectoria de la economía política mundial en el próximo medio siglo
La Vanguardia, , 20-08-2026EE.UU. tendrá dificultades para adaptarse a la pérdida de su posición hegemónica; la única duda es si lo hará con dignidad o se resistirá violentamente. Tanto en Europa Occidental como en EE.UU., esos tres cambios intensificarán las fisuras creadas por el neoliberalismo y desestabilizarán aún más las instituciones democráticas. La república oligárquica liberal, la forma original del capitalismo revivida por el neoliberalismo, no podrá hacer frente a las crisis y las incertidumbres por dichos cambios. Se convertirá en una oligarquía autoritaria competitiva a menos que las sociedades de mercado democráticas desarrollen una nueva forma de socialdemocracia dinámica y sostenible.
El cambio climático volverá inhabitable la vida en amplias zonas del planeta, trastornando la existencia de cientos de millones de personas y provocando oleadas migratorias. La adaptación climática, la mitigación y la búsqueda de un crecimiento con emisiones neutras serán motores fundamentales de la próxima ola tecnoinstitucional. La visión estratégica a largo plazo de China y su inversión sostenida ya le han asegurado el dominio en la generación de energías renovables, el almacenamiento mediante baterías y los vehículos eléctricos. Los recientes giros de la política estadounidense respecto al apoyo a la industria verde hacen improbable que EE.UU. pueda aspirar a algo más que una posición subordinada en este sector estratégico. Mientras tanto, el continuo ascenso de la manufactura china en la cadena de valor –hacia bienes de consumo de gama más alta y, de forma aún más crítica, bienes de capital– ejerce una presión sostenida sobre las industrias que los principales centros manufactureros europeos han logrado conservar, intensificando la necesidad de que las democracias de Europa occidental encuentren nuevas fuentes de crecimiento.
Esto nos lleva al segundo punto: el desplazamiento del centro mundial de la industria manufacturera. Estamos empezando a leer sobre un “segundo shock chino” en referencia al efecto que tiene la competencia comercial sobre la pérdida de puestos de trabajo, algo que impulsa el respaldo a partidos etnonacionalistas y de orientación autoritaria. Existen razones de peso para dudar de que China se convertirá en la potencia hegemónica mundial. Los ejemplos históricos de éxitos autoritarios orientados al crecimiento (Prusia y la Alemania imperial, el Japón de la época Meiji, la Corea del Sur y el Taiwán de la posguerra) se basaron directamente en una forma de corporativismo autoritario o en un regreso a él; un corporativismo en el que poderosas empresas oligárquicas controlaban la feroz competencia interna para mantener los beneficios altos y una relación estrecha con las formaciones político – militares.
Los actuales esfuerzos de China por controlar estrictamente a los capitalistas, forzándolos a una competencia intensiva, les han impuesto notables ganancias de eficiencia y productividad, inundando así los mercados mundiales. Pero ello reduce los beneficios internos, dejando a las empresas chinas dependientes de las exportaciones como principal vía de absorción de la demanda. No es imposible que este modelo tenga éxito, pero lograrlo supondría la aparición de una nueva forma de capitalismo: ni oligárquico ni socialdemócrata. La pirámide demográfica invertida de China y su rápida robotización, antes incluso de que la mayor parte de su población haya alcanzado niveles salariales y patrimoniales capaces de sostener un régimen macroeconómico de crecimiento impulsado por los salarios internos, plantean además importantes desafíos a la posibilidad de que una pax sinica suceda a la pax americana, del mismo modo que esta sucedió a la pax britannica. Quedar atrapada en una situación de renta media – baja probablemente generará frustración entre las generaciones jóvenes, inestabilidad social y posibles conflictos, ya sean internos o canalizados hacia conflictos exteriores.
Sin embargo, aunque el crecimiento se frene o incluso se estanque debido a la dinámica interna del país, es poco probable que se revierta el desplazamiento general de la red global hacia Asia. Hay demasiadas personas, demasiados centros de investigación y excelencia, demasiado capital acumulado y demasiadas oportunidades rentables de expansión en India y Sudeste Asiático en comparación con las economías más maduras de Europa y América del Norte para impedir ese surgimiento. Sin embargo, eso no significa que ningún país concreto de Asia vaya a erigirse como núcleo hegemónico mundial. Desde la perspectiva de las democráticas sociedades de mercado del Atlántico Norte, eso no supondría un gran consuelo. El problema fundamental de cómo estabilizar y legitimar la democracia cuando disminuyen el crecimiento y la cuota relativa de la producción mundial seguirá desestabilizando esas sociedades democráticas más ricas.
El desafío básico al que se enfrentan las sociedades de mercado democráticas es que la democracia no es un equilibrio estable para el capitalismo, ni mucho menos su requisito previo. El capitalismo es muy anterior a la democracia. La oligarquía, y no la democracia, es el pozo gravitatorio hacia el cual son arrastradas las sociedades capitalistas. Desde Génova y Venecia, pasando por las Provincias Unidas de los Países Bajos, Inglaterra y, más tarde, EE.UU. y los primeros estados absolutistas modernos de Europa y Japón obligados a adoptar el capitalismo para mantenerse a la altura del poder británico en el siglo XIX, los gobiernos que dependen fiscalmente de la venta de deuda en los mercados financieros y de la imposición de impuestos a las transacciones de mercado se vieron impulsados a situar la defensa de la riqueza (la oligarquía) como pilar central de su programa de gobierno. El grado en que ese imperativo ha definido todo el sistema de gobierno, sometiéndolo por completo a la atracción oligárquica, y el grado en que las fuerzas contrarias impulsan la democracia (un gobierno orientado para la mayoría de la población de un país) han sido un terreno de lucha en todas las sociedades capitalistas. Tras la Primera Guerra Mundial logró surgir en algunos países cierta versión de la democracia; luego, solo a través de una lucha continuada y tras la Segunda Guerra Mundial, se generalizó entre muchos estados capitalistas del núcleo global.
Al capital le es indiferente que los beneficios provengan de hacer crecer el conjunto de la economía mediante el aumento de la productividad o de apropiarse de una porción mayor incrementando su poder sobre trabajadores, consumidores, proveedores y competidores. La política democrática obstaculiza esa búsqueda de poder, porque las clases trabajadoras, los pequeños propietarios y las clases administrativas son más numerosas. Solo un aumento continuo de la productividad puede mejorar el nivel de vida de la mayoría, legitimar el proyecto del Estado democrático mediante la mejora de las condiciones de vida de la población y mantener beneficios suficientes para capitalistas y rentistas, evitando así su huida hacia otras jurisdicciones o hacia las finanzas, donde el capital puede crecer mediante la especulación y la redistribución sin producir nada útil.
El frágil equilibrio entre lucro y democracia se mantuvo durante el período de fuerte crecimiento de la productividad conocido como los gloriosos treinta o la edad de oro del capitalismo, pero comenzó a desmoronarse a medida que concluía la recuperación de la posguerra en Europa y Japón, y a la competencia mundial se incorporaban las nuevas economías manufactureras de Asia Oriental. En EE.UU. y Gran Bretaña, el capital se refugió en las finanzas y derrotó a la democracia; volvió a la oligarquía liberal bajo la revolución de Reagan y Thatcher, legitimada por la consolidación del neoliberalismo de Clinton y Blair. En muchos de los países de la Europa continental, eso dio lugar a un recorte del bienestar social y a la creación de una economía dualizada (con un núcleo manufacturero protegido y una periferia de servicios cada vez más precaria); no exactamente un regreso de la oligarquía, sino una coalición de trabajadores cualificados y capitalistas, tanto en el núcleo como en la periferia, que excluía a muchos de los que se encontraban fuera de ese núcleo. En numerosos países, los puestos de trabajo de esa periferia fueron ocupados por inmigrantes semicualificados, lo que alimentó la inevitable reacción a medida que más trabajadores y pequeños agricultores descubrían que se desvanecía el acuerdo democrático de la posguerra. Solo en los países nórdicos el retroceso de las instituciones socialdemócratas más solidarias (que alcanzaron su apogeo en la década de 1970) se combinó con la socialización de la deslocalización y el reciclaje profesional hacia nuevos sectores emergentes (la denominada flexiguridad), un modelo que de momento parece ser la vía más sólida hacia la estabilidad dinámica para las sociedades de mercado democráticas ante la tormenta que se avecina.
El final de la llamada edad de oro coincidió con el paso de lo que la teoría schumpeteriana de la innovación denomina la cuarta onda de Kondrátiev, impulsada por la producción en masa y el automóvil, a la quinta onda de Kondrátiev, sustentada en las tecnologías de la información y la comunicación y en los servicios. Estas ondas, de aproximadamente cincuenta o sesenta años de duración y recurrentes desde el siglo XVIII, están impulsadas por la búsqueda, por parte de emprendedores y del capital financiero, de nuevas tecnologías que permitan a las empresas líderes escapar de la competencia, fijar precios y obtener rentas hasta que otras compañías las alcanzan y el ciclo vuelve a comenzar. Y ya nos corresponde una nueva onda.
Parece igualmente claro que los sectores tractores de la nueva onda tecnoinstitucional serán la transformación energética, la mitigación y adaptación al cambio climático y la IA. Más allá de todas sus características de burbuja especulativa, y sin suscribir ninguno de los gritos utópicos o distópicos de trascendencia o alarma que leemos cada día, resulta imposible observar lo que la programación mediante IA ya ha hecho en el sector del software sin reconocer que, incluso aunque a partir de ahora solo experimente mejoras incrementales, la IA marcará una nueva y diferenciada ola tecnológica.
Resulta crucial, desde una perspectiva que entienda el modo en que esta nueva tecnología interactuará con las presiones sobre la democracia, darse cuenta de que ninguna ola tecnoinstitucional de los últimos trescientos años ha estado exenta de conflictos. Ninguna ola ha sido impulsada por la tecnología en tanto que fuerza autónoma. Todas ellas, por el contrario, han reflejado la interacción entre las nuevas tecnologías y las relaciones institucionales heredadas en las diferentes sociedades, así como la distribución del poder de clase (tanto económico como político) entre capitalistas, rentistas y la clase profesional y directiva, por un lado, y otras clases opuestas (principalmente, pequeños propietarios o una clase trabajadora cualificada y organizada), por otro. En repetidas ocasiones, varias de las tecnologías fundamentales de las principales oleadas (desde la hiladora hidráulica de Arkwright en las décadas de 1770 – 1790, pasando por los bastidores de anillos, la selfactina de Roberts en la década de 1830, la cadena de montaje de Ford en las décadas de 1910 y 1920, hasta los primeros experimentos de automatización de Ford en la década de 1950 y los primeros diseños de máquinas herramienta con control numérico por ordenador en la década de 1960) han sido luchas por el poder en la producción y, en igual medida si no más, por el aumento de la productividad. En todos esos casos, parte de lo que impulsó la rentabilidad de las nuevas tecnologías fue la capacidad de sustituir a los trabajadores que tenían un poder significativo (sobre todo, trabajadores cualificados) por trabajadores no cualificados, más fáciles de reemplazar y sometidos a una competencia más intensa por los puestos de trabajo. Estos últimos eran más vulnerables y estaban más desesperados, por lo que se les podían reducir los salarios (mujeres y niños, inmigrantes y poblaciones nacionales racializadas), y ello permitía a quienes introducían esas tecnologías hacerse con una mayor porción del pastel, al margen de que también mejoraran la productividad.
La tecnología no es, por tanto, una fuerza autónoma, y su impacto sobre las relaciones sociales no es uniforme ni viene determinado por las posibilidades técnicas de la nueva tecnología. La mula de hilar (spinning mule) era una máquina grande y pesada que requería un hilador cualificado en la industria algodonera de Lancashire, líder mundial en su tiempo, mientras que en Glasgow y Lowell (Massachusetts) predominaban filas de máquinas más pequeñas operadas por mujeres jóvenes y adolescentes que cobraban dos tercios o incluso la mitad del salario. Y ello no porque unas fueran más productivas que otras, sino porque los capitalistas de Glasgow y Lowell estaban mejor organizados, mientras que en Lancashire eran los hiladores cualificados quienes tenían una mejor organización y los capitalistas estaban más dispersos.
Esa orientación institucional del despliegue tecnológico puede cambiar drásticamente las implicaciones sociales de una determinada innovación u ola tecnoinstitucional. Lo vemos hoy en día en los resultados, por lo demás difíciles de conciliar, relacionados con la introducción de la robótica en la industria manufacturera. Las investigaciones muestran un desplazamiento de la mano de obra y una disminución de los salarios en EE.UU., pero un aumento de los salarios y un empleo que se mantiene sin cambios o aumenta en Europa. Mientras tanto, varios países (entre ellos, Dinamarca y Suecia) se encuentran muy por delante de EE.UU. en el despliegue de la robótica. Allí donde los trabajadores tienen más poder y se sienten seguros de participar en los beneficios derivados del aumento de la productividad, y donde no solo la formación profesional, sino también el reciclaje profesional a lo largo de la vida están parcialmente socializados, un enfoque más cooperativo ante la intensificación de la robótica puede conducir a una productividad lo bastante incrementada para sostener tanto salarios al alza (o, al menos, estables) como una mayor productividad y una rentabilidad sostenida.
Un régimen tecnoinstitucional puede imponer dinámicas de vía alta o facilitar dinámicas de vía baja: ganancias amplias impulsadas por la productividad o extracción asimétrica impulsada por el poder. Las empresas capitalistas perseguirán cualquier combinación que maximice los beneficios y que su entorno institucional permita. Las instituciones que hacen poco rentable la búsqueda de poder, al tiempo que mantienen viable la cooperación entre capital y trabajo basada en la productividad, hacen posible una retroalimentación positiva: cambio tecnológico, mejora generalizada del nivel de vida y un crecimiento macroeconómico autosostenido impulsado por los salarios. La vía baja conduce a una mayor desigualdad, a la destrucción del consumo de los hogares como base de un crecimiento socialmente sostenible y a la erosión de la legitimidad democrática a ojos de una mayoría que ve deteriorarse sus perspectivas de vida.
La implicación para la historia y la teoría social del desarrollo tecnoinstitucional es que no existe una única vía inevitable que deba seguir la IA en la próxima ola. En caso de ocurrir, el apocalipsis laboral tendrá lugar en aquellas sociedades en las que el poder oligárquico supera la resistencia institucional diseñada para aprovechar la capacidad productiva en apoyo de un proyecto social más amplio. Para evitar ese destino será necesaria una dirección activa por parte de las sociedades de mercado con el fin de orientar la trayectoria tecnológica hacia aplicaciones y materializaciones de la tecnología que aumenten la mano de obra, en lugar de hacerlo hacia una vía que la sustituya.
Las democracias sociales tienen las mejores posibilidades de adaptarse a esta nueva ola tecnoinstitucional de estabilidad dinámica, gracias a la distribución del poder económico y político que les proporcionan sus instituciones heredadas, los patrones ya establecidos de socialización del riesgo que supone el cambio continuo (y que sitúan a los sindicatos en la mesa de negociación en la mayor parte del espectro de la producción, no solo en los sectores manufactureros centrales) y la socialización de la renovación continua del conocimiento incorporado a través de sistemas de reciclaje profesional a lo largo de toda la vida. Las sociedades de mercado democráticas corporativistas, como la alemana, con un núcleo organizado fuerte y una periferia de servicios amplia pero más débil, cuentan con una base institucional más frágil desde la que dirigir la nueva ola tecnoinstitucional y sus riesgos de desplazamiento masivo.
Las sociedades con mayor riesgo de colapso democrático son las oligarquías liberales, donde el poder del capital es mayor y donde apenas existe socialización del acceso a las necesidades básicas, el conocimiento práctico continuamente renovado o la relación laboral.
Ningún país constituye hoy un ejemplo tan claro de república oligárquica liberal como EE.UU., y en ningún lugar avanzan más deprisa la inversión y el desarrollo de la IA. Lo que impulsa las extravagantes valoraciones de casi cualquier empresa remotamente vinculada a la IA es la imaginación de los capitalistas y de los rentistas que negocian esas acciones: la idea de que la IA permitirá, por fin, deshacerse de la mayor parte del trabajo humano y hacer posible que capitalistas y rentistas se apropien de todos los beneficios de la producción. Diversos comentaristas estadounidenses alertan del riesgo de una pérdida masiva de empleos. Las propuestas de renta básica universal, defendidas tanto por tecnolibertarios como por progresistas, ignoran la economía política y la estructura del poder oligárquico en la sociedad estadounidense.
Cualquier conmoción política capaz de sostener una transición semejante tendría que orientarse hacia una transformación mucho más profunda. Todo programa redistributivo que no restaurase plenamente la participación del trabajo en la renta nacional sufriría inestabilidad macroeconómica tras el inevitable colapso de la demanda doméstica impulsada por los salarios y, además, no resolvería la profunda anomia que, como ha mostrado la literatura sobre la competencia comercial, canaliza la frustración de las clases trabajadoras hacia políticas etnonacionalistas. Evitar esos resultados exige orientar la nueva tecnología hacia aplicaciones que complementen el trabajo humano y aumenten la productividad, en lugar de sustituir la mano de obra para favorecer una lógica extractiva; y hacerlo requeriría aprovechar toda la energía política que pueda generar la crisis inminente para impulsar cambios sociales e institucionales más profundos que una mera redistribución monetaria.
EE.UU. afronta ahora una combinación de shocks –el cambio climático, la manufactura hacia Asia y el éxito de sus propias empresas hacia una senda desestabilizadora– precisamente en el momento en que su capacidad institucional de dirección es más débil. Cuarenta años de victoria de la oligarquía liberal sobre los brotes de socialdemocracia estadounidense han vaciado el Estado desde dentro. La primera elección de Trump fue producto de ese vaciado; su regreso, con su carácter personalista y autoritario, ha acelerado la desarticulación mientras despejaba el camino para que las principales empresas de IA se precipiten hacia un futuro de sustitución masiva del trabajo humano. Un Tribunal Supremo partidista y los ataques sostenidos contra los tribunales inferiores, la función pública, las universidades y los medios críticos –combinados con esfuerzos por restringir la competencia electoral– amenazan con consolidar el camino hacia un autoritarismo oligárquico.
El resultado es que, justo cuando una nueva y poderosa ola tecnoinstitucional exige un Estado muy funcional y una fuerza laboral sólida para dirigir la dinámica capitalista hacia un régimen de alto crecimiento socialmente estable, EE.UU. carece de ambos elementos, lo que deja al capital al mando. Si en la política estadounidense no se produce una transformación importante en la que los elementos orientados a la clase trabajadora de los partidos demócrata y republicano se inclinen conjuntamente hacia una forma ambiciosa de política socialdemócrata y derroten a las élites oligárquicas de orientación neoliberal que aún dominan en ambos partidos, la facción liberal de la oligarquía liberal estadounidense se verá cada vez más desplazada por un régimen oligárquico autoritario y una política de identidad intensificada basada en el resentimiento.
En ausencia de un único hegemón –si China no logra transitar hacia un modelo de crecimiento interno impulsado por los salarios que resulte necesario para consolidar una pax sinica–, la próxima ola tecnoinstitucional podría dar lugar a un sistema productivo menos estrechamente globalizado, en el que Norteamérica y Europa actúen como contrapesos alternativos frente a Asia. La principal amenaza para esa transición es que EE.UU. trate de utilizar su todavía abrumadora fuerza militar para apropiarse de recursos, imponer condiciones comerciales asimétricas o bloquear a competidores emergentes. La retórica antichina bipartidista, utilizada por ambos partidos para justificar políticas industriales y articular programas de revitalización estadounidense, facilita ese camino. La fuerza militar no mantendrá la hegemonía estadounidense. Pero sí provocará incontables muertes y sufrimiento, además de dificultar la transición hacia un mundo policéntrico. Venezuela y Groenlandia ofrecieron primeros indicios de ello, y el estrecho de Ormuz constituye un primer paso concreto en ese proceso de disrupción global.
Los países europeos, por su parte, y la UE en general, están mejor situados en un mundo policéntrico para orientar el despliegue de la IA y la robótica en una dirección productiva y dinámicamente estable. Hacerlo requiere lo contrario de la envidia hacia EE.UU. que se trasluce en los documentos estratégicos de la UE y en los que se lamenta la ausencia de unicornios europeos.
Por el contrario, es precisamente la intensificación del compromiso con la desmercantilización parcial de las necesidades básicas –característica de las socialdemocracias más avanzadas–, combinada con una orientación activa de la innovación y de la adquisición de conocimiento, así como con una socialización parcial de la inversión en infraestructuras, de las relaciones laborales y de la financiación de inversiones a largo plazo, lo que podría generar la estabilidad dinámica necesaria para preservar la democracia. El camino a seguir pasa por profundizar, y no por revertir, esa desmercantilización parcial de las necesidades básicas propia de las socialdemocracias más avanzadas, además de extender esas instituciones allí donde todavía no son universales. Eso implica socializar la recualificación profesional y la actualización de conocimientos a lo largo de la vida laboral; aplicar estructuras de cogestión y codiseño entre trabajadores y empresas en distintos sectores y tecnologías, y no solo en el núcleo manufacturero; e impulsar la inversión pública en infraestructuras de IA combinada con una financiación paciente y parcialmente socializada de las inversiones a largo plazo, ambas ofrecidas en condiciones que recompensen los diseños tecnológicos que complementen el trabajo humano o que permitan a productores independientes y cooperativas aprovechar las nuevas capacidades tecnológicas para ampliar su capacidad de competir con las empresas más tradicionales. No se trata de gestos nostálgicos hacia el consenso de posguerra. Es, más bien, una propuesta para abandonar la nunca del todo perfecta adhesión de la UE al neoliberalismo y utilizar la economía política institucional heredada por Europa para renovar una democracia dinámicamente estable en la próxima ola tecnoinstitucional y evitar la deriva estadounidense hacia una oligarquía autoritaria.
Yochai Benkler es catedrático de Derecho en la Universidad de Harvard, director del Programa de Derecho y Economía Política y codirector del Centro Berkman Klein para Internet y la Sociedad. Es autor de ‘The global origins of capitalism: Power, productivity, and the evolution of modern market societies’ (Oxford University Press, de próxima publicación en el 2027)
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