Abdellah, Halima y María: los rostros de una Ceuta que sostiene a miles de migrantes
Abdellah cuenta a 'Público' cómo los vecinos de su barrio se han volcado con quienes han llegado a la ciudad autónoma, ofreciendo agua, comida, duchas o un espacio donde puedan dormir mujeres y niñas. Halima forma parte de una ONG que reparte 2.700 comidas calientes al día en Ceuta. María acompaña a las personas migrantes y supervisa posibles vulneraciones de sus derechos.
Público, , 15-08-2026A las tres de la madrugada, Abdellah Mustafa salió de casa para llevarle un medicamento a un joven sudanés al que le dolía una muela. Unas horas antes le había pedido ayuda y al recordar que todavía no se lo había llevado, volvió a levantarse y bajó a la calle. En una Ceuta desbordada por la llegada de miles de personas, para él y para muchos de sus vecinos ayudar se había convertido en una respuesta casi natural ante todo lo que estaban viendo a su alrededor.
Esa misma madrugada, de camino de regreso a casa, se encontró con dos niñas de 14 y 15 años rodeadas por varios hombres adultos que, según su relato, intentaban convencerlas para que se fueran a dormir con ellos. Él se acercó, discutió con los hombres y llegó a enfrentarse con uno de ellos, pero logró llevar a las dos menores a casa de una vecina, donde pudieron pasar la noche a salvo. “Al haber visto eso, decidí que debería insistir en la protección que necesitaban las niñas, porque pensé que podía ser algo muy importante que está ocurriendo en Ceuta y que nadie se estaba dando cuenta”, explica.
Mustafa es el presidente de la asociación de vecinos de Sidi Embarek, uno de los barrios de la periferia de Ceuta donde se concentran muchas de las personas que han llegado a la ciudad. No son una ONG, solo vecinos que empezaron ayudando con lo que tenían y que, poco a poco, fueron organizándose entre ellos.
Con su ayuda, decidió habilitar el polideportivo del barrio para que mujeres y menores pudieran dormir allí. “Hay muchísimas niñas, muy pequeñas, que han llegado sin sus padres. He hablado con menores que han sufrido abusos o los han visto y temen ser las siguientes, y hemos sido las asociaciones de vecinos las que hemos tenido que intentar dar una respuesta rápida a esta situación”, apunta.
Mustafa asegura que nunca ha sentido miedo por la llegada de migrantes, sólo “incertidumbre” al no saber qué pasará con su ciudad. “Pasan los días y la situación no mejora, es imposible dormir por el ruido y los migrantes están viviendo en malas condiciones. Todos los vecinos ayudamos dándoles agua, comida, una ducha, un enchufe para cargar el teléfono o un lugar donde dormir. Pero ya nos estamos quedando sin recursos, llegamos hasta donde podemos”, explica.
Ahora quienes ayudan también empiezan a estar agotados. “Hacemos lo que podemos, pero ya hemos llegado a un tope psicológico, a un agotamiento físico y psicológico que ya es imposible”, dice Mustafa. Él y sus vecinos, explica, querían dar una respuesta “a pie de calle” mientras llegaba la respuesta gubernamental. “Entendíamos al principio que estaba colapsado todo, pero 15 días después los gobiernos siguen sin reaccionar”, denuncia.
Cocinar 2.700 platos al día
Ese mismo cansancio se escucha en la voz de Halima Ahmed, educadora social de Luna Blanca desde hace más de 20 años. La cocina de la organización prepara una media de 2.700 comidas calientes al día que después se distribuyen por distintos asentamientos y barriadas. “Estamos trabajando sobre nuestro límite, nunca habíamos vivido algo así”, asegura.
La labor de la ONG está centrada en atender a personas en situación de exclusión social, pero se ha convertido durante estas semanas en una respuesta de emergencia para la situación migratoria. “Nos hemos tenido que adaptar y ya no solo hacemos comida, también repartimos ropa, kits de higiene, curamos heridos. Hasta hacemos traductores, mediadores y acomapañamos a quien lo necesite”, explica.
Ahmed llegó a la organización como voluntaria y aquella experiencia terminó cambiando también su camino profesional. Fue precisamente a través del voluntariado como decidió estudiar Educación Social, una formación que después le permitió incorporarse a la propia ONG como educadora social. “Me uní a Luna Blanca porque mi marido es uno de los fundadores y tras ser voluntaria decidí formarme para tener más herramientas para ayudar a las personas que lo necesitan”, explica.
Ella conoce de cerca la realidad de la migración en Ceuta, pero reconoce que nunca había visto una situación como esta. “Estamos acostumbrados a ver que entren cuatro, cinco o diez personas en un día, pero no miles como esta vez”. Por ello, reclama que las instituciones den una respuesta ágil y “un trato digno” para todas las personas recién llegadas.
Acompañar y vigilar posibles vulneraciones
La red de ayuda no solo se centra en los recursos materiales, en una emergencia así es indispensable que haya quienes vigilen y documenten lo que ocurre en el terreno. María Jiménez es voluntaria y presidenta de la asociación Elín, que se dedica al “monitoreo y la supervisión de vulneraciones de derechos humanos”.
María se unió al voluntariado con 22 años, buscaba acercarse a una realidad que, como ceutí, había tenido delante durante años, pero que conocía solo desde lejos. “Mi sensación era que convivíamos con personas migrantes en la ciudad, pero más allá de ver en las noticias cuántas personas entran o cuántas fallecen, no tenemos acceso a una verdadera información que nos plantee un cuestionamiento real de por qué vienen estas personas, quiénes son, cuál ha sido su trayecto migratorio, cuál es su país de origen y por qué han decidido salir”, explica.
Ahora, con 28 años, sigue siendo voluntaria como presidenta de la organización, y están documentando día a día lo que ocurre en Ceuta en plena crisis humanitaria. “Las condiciones en las que sobreviven los migrantes son cada vez peores, no hay respuesta institucional para abordar todas las necesidades que hay y que van en aumento. Ante la falta de acción de la ciudad, estamos teniendo que responder las entidades en terreno y las vecinas”, denuncia.
Abdellah, Halima y María son solo tres de los rostros de una red mucho más amplia de voluntarios que han puesto su tiempo, comida, refugio o compañía a servicio de quienes llegaron a Ceuta escapando de la pobreza o de guerras. Una red que se ha construido sobre la marcha y que durante días ha intentado sostener una emergencia que desbordaba a todos. Ahora, quienes están detrás piden una “respuesta urgente” por parte de las instituciones para solventar esta crisis que la ayuda social no puede sostener sola.
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