Nazis, espías y misiles en el Egipto de Nasser
En los años cincuenta, con el país enfrascado en una intensa rivalidad con Israel, el líder egipcio contrató a varios exnazis para reforzar su industria armamentística
La Vanguardia, , 17-08-2026Las relaciones entre el mundo árabe y la Alemania nazi no fueron muy estrechas, pero sí bastante fructíferas. Les unían afinidades ideológicas e intereses geopolíticos comunes. En primer lugar, la oposición al imperialismo británico, francés y soviético. En segundo, el odio hacia los judíos, particularmente en Oriente Medio, generado por el auge del movimiento sionista.
La conexión más evidente fue con el líder palestino Amin Al – Husseini, gran muftí de Jerusalén. Hitler se reunió con él en 1941. A pesar de no llegar a ningún compromiso concreto, Al – Husseini salió del encuentro convencido del apoyo que recibiría el nacionalismo árabe por parte del Tercer Reich en caso de que ganara la guerra.
En consecuencia, el dirigente musulmán se implicó activamente en la difusión de propaganda nazi en el mundo árabe, así como en el reclutamiento de voluntarios musulmanes para luchar en unidades de las SS.
Al finalizar la guerra, Al – Husseini huyó a Egipto para evitar ser juzgado como colaborador nazi. Bajo la protección del rey Faruq, el líder palestino continuó con su activismo en contra de la creación del Estado de Israel, impulsando el fortalecimiento del nacionalismo árabe bajo una orientación islamista.
Al – Husseini participó en la guerra árabe – israelí de 1948 liderando una fuerza paramilitar de voluntarios, el ejército de la Guerra Santa, que hoy llamaríamos yihadista. Fue en esa época cuando conoció a un joven oficial egipcio que le impresionó vivamente: Gamal Abdel Nasser.
La derrota de las fuerzas árabes en la guerra contra Israel fue vivida como una humillación en Egipto, debilitando al corrupto régimen del rey Faruq y allanando el camino para su derrocamiento. Este se produjo en 1952, como consecuencia de un golpe de Estado liderado por un grupo de oficiales del ejército.
Tras un período de luchas internas, emergió la figura del carismático coronel Nasser, que en 1954 asumió la presidencia del país, estableciendo un régimen unipartidista, fuertemente nacionalista y de orientación socialista.
Nasser puso en marcha una serie de reformas, entre ellas la modernización del ejército y de los servicios de propaganda e inteligencia. Su objetivo era convertirse en la gran potencia militar de la zona para lograr competir con Israel. Decidido a mantener una posición de neutralidad en la Guerra Fría, el presidente recurrió a los servicios de antiguos nazis, ofreciéndoles refugio y trabajo.
Gracias a las conexiones que había mantenido Al – Husseini con el Tercer Reich, Nasser contactó con oficiales alemanes, entre ellos muchos exnazis, que se encontraban fugados o tenían dificultades para trabajar en su país.
El primero de ellos fue el general Artur Schmitt, quien había estado preso en Gran Bretaña hasta 1948. Gracias a su experiencia combatiendo en el desierto bajo el mando del Afrika Korps de Erwin Rommel, Schmitt fue llamado por el gobierno egipcio en calidad de asesor militar.
El general estuvo en El Cairo en 1949 inspeccionando las fuerzas armadas egipcias y del resto de los países que formaban la Liga Árabe (organización creada en 1945 para unir fuerzas contra el colonialismo y el sionismo). Estuvo instruyendo a los oficiales en tácticas de guerra mecanizada y aérea, con el fin de que no se repitiera el desastre de 1948.
A pesar de no fructificar la relación por desavenencias con la cúpula del ejército egipcio, Nasser y el resto de los oficiales más jóvenes vieron con buenos ojos las aportaciones del veterano de la Wehrmacht y retomaron los contactos con militares alemanes tras el cambio de régimen.
Se calcula que durante la década de 1950 pasaron por Egipto unos seis mil expertos llegados del Tercer Reich, entre asesores, instructores, ingenieros y técnicos. Como escribió un periodista, la piscina del Sporting Club del elegante barrio de Heliópolis se llenó de “gigantes rubios bebiendo cerveza y comiendo salchichas”. Uno de esos “gigantes rubios” fue un destacado nazi austríaco que mantuvo una intensa actividad durante la posguerra: el antiguo oficial de las Waffen – SS Otto Skorzeny.
Según consta en un memorándum de la CIA, el 14 de junio de 1953, Nasser se reunió en El Cairo con Skorzeny. Caracortada, como se le conocía por las cicatrices de esgrima que le surcaban el rostro, se había refugiado en España tras la guerra bajo la protección del régimen de Franco. Desde Madrid, tejió una extensa red de contactos que le permitió establecerse como próspero empresario, traficante de armas, espía y asesor de inteligencia militar.
Skorzeny, experto en operaciones especiales, fue contratado por Nasser para entrenar a las fuerzas especiales egipcias en operaciones de infiltración y sabotaje y para colaborar en la reorganización de los servicios secretos. Llegó acompañado de su colaborador más estrecho, el conocido traficante Gerhard Mertins, colega de las Waffen – SS y socio comercial, y de Wilhelm Voss, antiguo miembro de las SS y presidente de la fábrica de armamento checa Skoda. Entre los tres facilitaron el acceso del gobierno egipcio al comercio de armas y ayudaron a reclutar científicos e ingenieros para que trabajaran en el desarrollo de un programa secreto de misiles.
La CIA tiene documentados varios viajes de Skorzeny a Egipto a lo largo de la década de 1950, así como los nombres del personal que reclutó. Entre ellos destacan nazis perseguidos como Joachim Daemling, Bernhard Bender o Alois Moser.
Todos ellos estaban bajo las órdenes de Leopold Gleim, un alto oficial de la Gestapo que había desempeñado un papel clave en la represión política y racial durante la ocupación de Polonia. Bajo el nombre de Ali Al – Nashar, Gleim trabajó como supervisor de la policía secreta. Entre sus responsabilidades había una en la que era un consumado experto: la persecución de los judíos.
Tras la crisis de Suez de 1956, se calcula que alrededor de veinticinco mil judíos con nacionalidad egipcia fueron expulsados del país y sus bienes confiscados. Unos tres mil más fueron encarcelados y torturados (siguiendo tácticas de interrogatorios dirigidas por Gleim), acusados de actividades quintacolumnistas. Tras la guerra de los Seis Días (1967), cuando se reactivó la persecución, la comunidad judía (setenta mil personas en 1948) había desaparecido casi por completo de Egipto.
Los caminos de Nasser y del propagandista de las SS Johann von Leers parecían destinados a cruzarse. Ideológicamente tenían muchos puntos en común: los dos defendían un nacionalismo de corte autoritario con elementos socialistas y compartían, aunque por razones distintas (antisionistas y raciales, respectivamente) el odio a los judíos.
Además, Leers era un admirador de la cultura islámica en oposición a la judaica. Así, reinterpretó en clave antisemita la tradición coránica, enfatizando la supuesta hostilidad de Mahoma hacia los judíos, descontextualizando los pasajes críticos hacia ellos que aparecen en el Corán y elogiando el papel histórico del Islam como parapeto contra la expansión del judaísmo.
No es de extrañar, por tanto, que trabara contacto con el líder palestino Al – Husseini. Leers llegó a El Cairo en 1956 y rápidamente se convirtió al Islam, cambiando su nombre por el de Omar Amin. Trabajó como asesor de propaganda del Ministerio de Información, desde donde promovió la difusión del antisemitismo en el mundo árabe.
A pesar de la pérdida de influencia en el gobierno egipcio de su principal valedor, Al – Husseini (propiciado por el apoyo de este a los tradicionalistas Hermanos Musulmanes, enemigos de Nasser), Leers continuó trabajando en el ministerio hasta su muerte en 1965. La huella de su legado propagandístico en el mundo islámico ha sido duradera.
El desembarco de asesores alemanes en Egipto alertó a los servicios de inteligencia británicos. Les preocupaba particularmente la presencia de Skorzeny y Mertins, a quienes tenían en alta consideración como instructores de tácticas militares de guerrilla, precisamente el tipo de enfrentamiento que querían evitar en caso de conflicto armado.
En 1953, el primer ministro Winston Churchill le planteó el asunto al canciller alemán Konrad Adenauer durante su visita a Londres. Este le respondió que no podía hacer nada, ya que eran contratistas privados que nada tenían que ver con el actual gobierno alemán.
En realidad, Alemania Federal veía con buenos ojos la presencia de compatriotas en El Cairo, ya que podría facilitar el acceso de la industria germana, en plena expansión gracias a las ayudas del Plan Marshall, al mercado de Oriente Medio.
Un buen ejemplo de esta estrategia diplomática fue el caso de Mertins. Además de instructor militar y traficante de armas, el socio de Skorzeny fue asesor comercial en Egipto para el grupo empresarial Quandt, que había estado implicado en la utilización de trabajadores forzados durante el Tercer Reich. Mertins supervisó la venta de vehículos Mercedes – Benz en Oriente Medio, pertenecientes al grupo Quandt, y trabajó, a partir de 1956, para el recién creado servicio de inteligencia de Alemania Federal (BND), bajo las órdenes de Reinhard Gehlen, exgeneral de la Wehrmacht.
La crisis de Suez marcó un punto de inflexión en la política exterior de Nasser. La retirada de la oferta que Estados Unidos y Reino Unido habían hecho al gobierno egipcio para financiar la faraónica obra de la presa de Asuán y el ataque de una coalición anglo – franco – israelí en 1956 como respuesta a la decisión del líder egipcio de nacionalizar el canal de Suez provocaron un acercamiento de Egipto a la Unión Soviética.
Nikita Jrushchov no tardó en apoyar a Nasser en el conflicto del canal (incluso amenazó con usar armas nucleares contra los invasores si no se retiraban) y en ofrecerle la ayuda financiera y tecnológica que le habían negado desde Occidente para construir la ansiada presa. Desde 1956, Nasser optó por fortalecer su alianza con la URSS. El líder egipcio incluso se alineó en cuestiones ideológicas, adoptando un modelo económico de inspiración socialista.
Este acercamiento ocasionó un alejamiento con los asesores alemanes. Por un lado, el gobierno egipcio comenzó a recibir apoyo militar, financiero y tecnológico de los soviéticos, por lo que la ayuda germana comenzó a no ser tan necesaria. Por otro, Moscú, por razones ideológicas y de imagen, presionó a El Cairo para que rompiera sus vínculos con antiguos oficiales nazis. Además, hubo otro factor que ayudó a que esta relación fuera deteriorándose: el programa de misiles.
Nasser había puesto mucho empeño en armar al país con misiles balísticos que le permitieran hacer frente a la potencia militar israelita. Para ello había reclutado a ingenieros aeroespaciales que habían trabajado en el desarrollo de cohetes en el Tercer Reich. Sin embargo, el éxito del programa no fue el esperado.
No obstante, Nasser presentó públicamente sus misiles como medida propagandística y disuasoria. En 1962, con motivo del décimo aniversario de la toma de poder, organizó un desfile militar donde exhibió tres modelos de cohetes de medio y largo alcance.
La reacción de Israel no se hizo esperar. El Mosad puso en marcha una operación encubierta, bautizada como Damocles, para sabotear los avances militares de Egipto. En los siguientes meses, la agencia israelí lanzó una campaña de sabotajes, intimidación y asesinatos selectivos que acabaron con la vida de varios ingenieros alemanes y con la huida de Egipto de muchos otros.
Su ausencia provocó la paralización del programa y su abandono definitivo tras el desastre militar que supuso la derrota en la guerra de los Seis Días (1967). A partir de esa fecha, Egipto optó por comprar misiles a la URSS, los famosos Scud, y priorizó la reconstrucción de su fuerza aérea. Tras la muerte de Nasser en 1970, apenas quedaban alemanes trabajando para el gobierno egipcio.
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