Solo Marruecos tiene la llave de la frontera

La Vanguardia, Ramon AymerichRamon Aymerich, 16-08-2026

Quince días después de que 80.000 jóvenes cruzaran a nado la frontera que separa a Marruecos de Ceuta, el origen del incidente sigue envuelto en la niebla que define las relaciones entre España y el vecino africano.

Jean Raspail publicó El desembarco en 1973. En la novela, una flota cargada de cientos de miles de pobres, encalla en las playas francesas. Las élites del continente dudan en cómo responder. El incidente se transforma en una grave crisis institucional y, finalmente, provoca la disolución de la sociedad occidental

En 2011, otro francés, Renaud Camus, retoma la pesadilla demográfica de Raspail y publica La Gran Sustitución. Si el primer libro es una distopía, el segundo es un ensayo político. Su tesis es que la presión migratoria sobre Europa no es producto de las dinámicas demográficas, sino un proyecto impulsado por élites en la sombra.

Raspail era católico tradicionalista, nostálgico del viejo orden. Camus comenzó en la izquierda woke. Les unía solo la preocupación por la inmigración y el rechazo de la sociedad multicultural. Los dos eran escritores de talento, pero su éxito llegó con dos obras que fueron denostadas por la crítica.

Las ideas de Raspail y Camus permanecieron en la marginalidad hasta que la extrema derecha empezó a ganar espacio en el debate europeo. La guerra civil siria fue uno de los detonantes. Entre 2015 y 2016, Alemania acogió a 850.000 refugiados sirios. En ese período, un partido anti – euro en la periferia del sistema político alemán, la AfD, focalizó toda su política en el rechazo a la inmigración. Sus expectativas de voto mejoraron.

Las imágenes del éxodo sirio, de familias enteras errando por los Balcanes en dirección al norte, llenaron los noticiarios europeos durante dos años. Pero no tuvieron el impacto que han provocado los 80.000 jóvenes marroquíes y subsaharianos que entre los días 30 y 31 de julio, cruzaron a nado la frontera marroquí con Ceuta.

Durante 48 horas, un hormiguero de jóvenes exhaustos – 140 perecieron ahogados – recorrieron una ciudad con la población encerrada en sus casas y las persianas de los comercios bajadas. Los vídeos de aquellas horas forman ya parte del imaginario de la ultraderecha europea, el retrato más cercano, por su intensidad y masividad, a la “invasión” a la que se habían referido los dos escritores franceses. Escrito estos días por un analista de su órbita: “Ceuta fue una visión acelerada del futuro de Europa”.

¿Qué llevó a miles de jóvenes a cruzar la frontera? España culpó a las redes sociales y a las mafias del tráfico de migrantes. Marruecos mantuvo silencio durante cuatro días. Pero la inacción de sus autoridades hizo pensar que alguien, en el hermético entramado de intereses en torno al rey Mohamed VI (el llamado Majzen), pudo utilizar los incidentes para sondear la capacidad de reacción española.

Marruecos ha construido estadios, líneas de alta velocidad y un gran puerto industrial frente a Gibraltar. Fabrica coches y aviones y exporta fertilizantes. El país crece a un ritmo del 4,8%, pero su sistema social no funciona, y muchos jóvenes piensan que su futuro está en irse.

Marruecos ha sabido adaptarse al nuevo desorden mundial. La firma de los Acuerdos de Abraham con Israel le ganó un aliado que le suministra programas de espionaje como Pegasus. En las horas posteriores al incidente, el embajador israelí en la ONU, Danny Danon, se preguntó por qué España mantiene dos enclaves coloniales en África (en referencia a Ceuta y Melilla). EE.UU., que apoya a Rabat en su anexión del Sáhara y simpatiza con sus pretensiones sobre las dos ciudades autónomas, aprovechó los hechos para cargar contra la política migratoria del gobierno. Rusia no dijo nada, pero hay analistas que también la mencionan, por su habilidad para estar en todas las salsas que puedan desestabilizar Europa.

En contraste, España defiende el viejo orden. Su economía es diez veces mayor que la de Marruecos. Confía en China para su industria del automóvil, es una potencia turística y practica políticas de regularización de inmigrantes que critican otras capitales europeas, pese a haber hecho lo mismo.

El presidente español, Pedro Sánchez, es el dirigente europeo más destacado en el rechazo a la política de Israel en Gaza. Y también el mayor antagonista de Trump, al que le ha impedido utilizar las bases en suelo español durante la guerra de Irán. Nada de eso entusiasma a sus socios europeos, partidarios de aplacar al americano.

Las relaciones entre España y Marruecos son complejas y poco transparentes. En la ecuación están las relaciones comerciales: España es el primer cliente de los marroquíes. Y también la política migratoria: España, y con ella la Unión Europea, ha delegado en el país africano la contención del flujo migratorio. Pero no hay que olvidar el aspecto político – emocional: el pasado colonial de España en la región.

En 2021, España acogió a un dirigente independentista saharaui gravemente enfermo, algo que indignó a Rabat. En respuesta, treinta días después, 8.000 jóvenes saltaron la valla de Ceuta. Este verano, no está claro cuál puede haber sido el detonante de la crisis, quizás la visita de Sánchez a Argelia, competidor natural de Marruecos en el Magreb.

La crisis del 2021 le costó al gobierno de Sánchez cambiar de política en la región y aceptar la integración del Sáhara en Marruecos. Es legítimo preguntarse cuál será el precio de este último incidente (en Ceuta hay todavía al menos 4.000 jóvenes que llegaron a nado). El silencio avala esta duda. Para perplejidad de los observadores, Sánchez, que ha calificado lo ocurrido de “violación de la integridad territorial de España” no ha convocado al parlamento para explicarse. Y a la vista de la inquietud que ha provocado el llamamiento en las redes sociales a un nuevo asalto a Ceuta (y quizás a Melilla) el 15 de agosto, lo único que parece claro es que solo Marruecos tiene la llave de la frontera.

La crisis ha demostrado lo corrosiva que es la inmigración para la unidad de la UE. Turquía en 2015 con Grecia y Bielorrusia con Polonia en 2021 ya utilizaron la inmigración como forma de guerra híbrida en las fronteras del continente. Pero en lugar de leer en esa clave lo que está pasando en Ceuta, dirigentes como Giorgia Meloni o Mette Frederiksen, han preferido culpar a España y restablecer los controles fronterizos, en el caso de Italia. Su única preocupación han sido los efectos de la crisis en sus expectativas electorales en una Europa en la que la ultraderecha ocupa hoy un espacio cada vez más próximo a su centro de gravedad.

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