¿Crece más la ultraderecha en el mundo rural?
El nacional populismo explota los temores del campo, aunque podría cosechar más votos en el catalán que en el español
La Vanguardia, , 16-08-2026¿Es el conflicto entre el campo y la ciudad un vivero de votos para la extrema derecha? Algunos datos avalarían el desasosiego rural: un mundo envejecido y masculinizado, con un gran vacío demográfico en el que uno de cada cinco menores de 13 años es de origen extranjero.
Sin embargo, el diagnóstico no es concluyente. Y, además, evidencia un cierto divorcio entre Catalunya y el resto de España en lo relativo al crecimiento potencial del sufragio ultra. Por ejemplo, en el 2023 el voto en las poblaciones españolas de menos de 10.000 habitantes primó al PP o al PSOE, mientras que situaba a Vox por debajo o en su media estatal. En cambio, en Catalunya, Aliança Catalana logró en el 2024 su mejor resultado (igual que su principal nutriente, Junts) en las localidades con menos de 2.000 habitantes. Y aunque ese apoyo menguó a medida que aumentaba el tamaño del hábitat, se vio compensado por el auge del voto ultraespañolista, pero también antiinmigración, de Vox.
Aun así, las posiciones ante la inmigración no revelan excesivos contrastes entre los mundos rural y urbano: el apoyo a una limitación de la entrada de extranjeros en España (en torno al 38%) es similar en todas las poblaciones con menos de un millón de habitantes, y solo cae (hasta el 28%) en dos grandes capitales como Madrid o Barcelona. Es más, en el caso catalán la percepción de un exceso de extranjeros no alcanza al 50% entre quienes viven en localidades por debajo de los 2.000 habitantes, aunque roza el 73% en las poblaciones con hasta 10.000 vecinos y se dispara al 80% en el tramo entre 150.000 y menos de un millón.
El impacto en el mundo rural de las nuevas realidades demográficas se aprecia más claramente en el tipo de sociedad elegida: solo el 56% de los que viven en poblaciones de menos de 2.000 habitantes prefiere una sociedad “con ciudadanos de diferente origen, cultura y religión” (10 puntos menos que entre los vecinos de núcleos con más de 10.000 almas). Ahora bien, las líneas de ruptura aparecen aún más nítidamente cuando se abordan temas que afectan al interés directo de quienes viven en hábitats de distinto tamaño. Por ejemplo, casi el 60% de aquellos que residen en núcleos de menos de 10.000 habitantes cree que “España debería limitar la importación de productos extranjeros para proteger la economía nacional” (los gravosos aranceles que exhibe la extrema derecha). Por contra, ese porcentaje cae por debajo del 44% entre los ciudadanos de las grandes capitales. Y en el caso catalán, esa identidad con la producción local se vislumbra en el apoyo a la secesión (del 64% en núcleos de hasta 2.000 vecinos y de menos del 40% en los de más de 50.000).
El otro gran nutriente del descontento rural afecta a los servicios públicos, especialmente el transporte, aunque también la sanidad y la educación. En Madrid o Barcelona, hasta un 54% se muestra muy o bastante satisfecho con el funcionamiento de los servicios públicos. En cambio, esa tasa cae por debajo del 43% entre quienes viven en núcleos de menos de 2.000 habitantes (aunque el porcentaje de satisfacción apenas supera el 45% entre quienes residen en localidades de hasta un millón de habitantes). Es decir, si el malestar rural nace de la escasez o de la dificultad de acceder a los servicios públicos, el urbano sería atribuible a la masificación.
Quizás eso explique que la ultraderecha aún no esté sobrerrepresentada electoralmente en el mundo rural. Claro que si se estudia una experiencia más reciente (las regionales de Aragón y el caso de Teruel) los datos sí reflejan un voto a Vox superior a la media en alrededor de un tercio de los muchos pequeños núcleos rurales de esa España vaciada . Pero eso también ocurre en las localidades con más de 10.000 habitantes (como Teruel capital, donde los ultras fueron segunda fuerza ) o Alcañiz.
La excepción catalana –con dos ultraderechas de signo identitario opuesto– reside en el potencial de crecimiento que apuntan los resultados del 2024. Y esa expectativa sintoniza con lo que ocurre en otros territorios europeos, como la Francia profunda del lepenismo o la Inglaterra rural del Brexit.
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