Marruecos frena con cargas y gases lacrimógenos la llegada a Ceuta de varias oleadas de subsaharianos

El imponente operativo de Rabat se salda por el momento con 296 detenciones y neutraliza la amenaza de otro salto masivo con deportaciones a las puertas del Sáhara

Diario Vasco, Melchor Sáiz-Pardo, 15-08-2026

Cargas de antidisturbios, gases lacrimógenos, helicópteros, drones, detenciones y deportaciones hasta las puertas del Sáhara. Tras quince días de pulso diplomático con España, Marruecos demostró este sábado bien a las claras que, cuando quiere, puede controlar la frontera terrestre y marítima con su país vecino, hasta el punto de ser capaz de impedir que un solo inmigrante se acerque al perímetro de Ceuta.

La ciudad autónoma respiró aliviada este sábado mientras Rabat ahogaba lejos de la frontera la amenaza de una nueva avalancha humana. Los temidos llamamientos en redes sociales para repetir este 15 de agosto el asalto masivo a la frontera del pasado 30 de julio fueron neutralizados con contundencia por las fuerzas militares, policiales y regulares del reino de Mohamed VI, que se emplearon a fondo desde el amanecer hasta bien entrada la tarde para dispersar o detener a «centenares» de subsaharianos. Al cierre de esta crónica, el balance al otro lado de la frontera era de al menos 248 migrantes subsaharianos detenidos y otros 46 ciudadanos marroquíes arrestados, entre ellos menores y presuntos organizadores de redes de inmigración clandestina.

En la parte española, y a la vista de la tensión al otro lado de la valla, el Ejército tomó la decisión de desplegar una docena de blindados BMR en la playa de El Tarajal, el punto por el que quince días antes habían entrado en territorio ceutí decenas de miles de personas. Al fondo, en el otro extremo del espigón, decenas de antidisturbios marroquíes repartidos en varios anillos de seguridad, vehículos y barreras cerraron el paso a una zona a la que, en cualquier caso, no accedió ni un solo migrante.

Y es que la partida no se jugó este sábado en la valla española ni en la orilla ceutí. Se resolvió muchos kilómetros antes, en las estaciones, carreteras, montes, playas y caminos secundarios de Marruecos. Rabat impidió que sus nacionales llegaran siquiera a concentrarse en Castillejos y neutralizó, en lo que a sus ciudadanos se refiere, el llamamiento difundido en las redes para asaltar El Tarajal por mar y tierra. Un llamamiento que, en cualquier caso, no tuvo mucho eco entre los marroquíes.

Pero las fuerzas del país vecino, pertenecientes a seis cuerpos diferentes, tuvieron que emplearse a fondo con los subsaharianos y los menores marroquíes que no hicieron caso a las ordenes de sus autoridades y que se concentraron en las zonas montañosas cercanas a Fnideq, la antigua Castillejos, al suroeste del enclave español. Allí, «centenares» de subsaharianos divididos en varios grupos intentaron desde las seis de la mañana acercarse al perímetro, bien con la intención de forzar un salto en el vallado, bien de forzar de nuevo la entrada por El Tarajal. Pero ninguna de estas embestidas tuvo la menor opción ante la contundencia – esta vez sí – de los cerca de 3.000 agentes desplegados por Marruecos.

El contraste con el 30 – J resultó inevitable. Entonces, decenas de miles de personas —más de 80.000, según las últimas estimaciones, y en su mayoría marroquíes— alcanzaron el espigón sin que los controles del reino alauí hiciera lo más mínimo por contener el alud. Esta vez, esas muchedumbres fueron interceptadas antes de subir a un tren, montar en un autobús o adentrarse en los senderos que conducen hacia Ceuta. Marruecos demostró de nuevo hasta qué punto está en su mano cerrar el camino hacia la frontera.

Tras días de cal, Rabat decidió este sábado dar la de arena. El régimen de Mohamed VI levantó el pie del acelerador después de dos semanas de presión a cuenta de la mayor avalancha humana afrontada por la ciudad y tras alimentar la crisis bilateral con una guerra diplomática de ‘baja intensidad’ y características híbridas, con nuevas reclamaciones de soberanía sobre Ceuta y Melilla, amenazas de suspender el convenio de extradición o acusaciones de malos tratos a los inmigrantes asaltantes por parte de las fuerzas de seguridad españolas.

La respuesta de Madrid fue el apaciguamiento por boca de varios ministros y excepción hecha de la titular de Defensa, Margarita Robles. Marlaska, en los más álgido de la crisis, llegó a felicitarse esta misma semana de la «colaboración extraordinaria, excepcional» con las autoridades de Rabat y de unas relaciones «basadas en la lealtad».

Y esos elogios —censurados por desmedidos no solo por la oposición, sino también por socios a la izquierda de Sánchez— tuvieron su respuesta este sábado. Y no solo con la contundencia exhibida con los subsaharianos. El cerrojo marroquí para con sus compatriotas comenzó a operar lejos de Castillejos, la ciudad fronteriza con Ceuta, según señalaron a este periódico diversos responsables de la seguridad del Estado. La vigilancia, de acuerdo a estas fuentes, fue «extrema» en las estaciones de autobuses de la capital marroquí, en Rabat – Agdal y Fez, y los controles se extendieron desde el jueves por la tarde en Kenitra, Uezán, Chauen, Larache y Alcazarquivir. No hubo prohibición de viajar a Tánger, principal trayecto interno para alcanzar la frontera, pero el Gobierno aluí intensificó al máximo los filtros de pasajeros.

Sí que se impidió a grupos sospechosos embarcar hacia el norte en Casablanca, Fez y Kenitra. Seguridad Nacional, la Gendarmería Real y las Fuerzas Auxiliares extendieron el dispositivo por Tetuán, Rincón, Belyounech, Fahs – Anjra y Fnideq. En los 80 kilómetros entre Tánger y Castillejos se multiplicaron las inspecciones. A solo ocho kilómetros de Ceuta, antidisturbios registraban coches el viernes, según relataban los medios locales.

Hubo igualmente controles en el acceso a Tetuán, cuatro dentro de la ciudad, dos en M’Diq y tres en Fnideq: entrada, salida y dirección a Belyounech. Los cinturones de seguridad fueron sucesivos. En Martil, los interceptados eran conducidos en autobús a dependencias policiales de Tetuán. Solo llegaban a Bab Sebta, la puerta de Ceuta, viajeros con pasaporte, visado Schengen, residencia o billete. Agentes uniformados y de paisano inspeccionaban el transporte público y los coches este mismo sábado, aseguraron fuentes policiales a este periódico. Las batidas en montes, bosques y caminos secundarios que desde el jueves cerraban las rutas para eludir la carretera a la ciudad autónoma también continuaron estas horas en alerta.

En el último anillo participaron las Fuerzas Armadas Reales, la Seguridad Nacional, la Gendarmería, las Fuerzas Auxiliares, las autoridades locales y Protección Civil. El frente marítimo fue sellado con igual intensidad. La playa de Fnideq más próxima a Ceuta quedó parcialmente cerrada y la costa frente a la ciudad española, acordonada. Marruecos reforzó la verja, instaló decenas de metros de malla y clavó pilares de acero entre cinco y diez metros mar adentro para enlazarlos con alambre. Se duplicó el alambre de espino, se instalaron concertinas y las barreras penetraron en el agua. Dos grandes embarcaciones de la Marina Real y patrulleras rápidas cerraron la salida por mar. El Tarajal amaneció con decenas de antidisturbios al otro lado de la frontera, claramente visibles desde territorio español, y sin un solo inmigrante a la vista.

España tampoco dejó el 15 – A al azar y la presencia de su dispositivo en la frontera fue bien visible con las primera luces, particularmente con legionarios y agentes de la Guardia Civil en el espigón. En el conjunto de Ceuta hubo este sábado 880 policías nacionales y 714 guardias civiles – casi 500 agentes más que antes – , con unos 2.000 militares en tareas de apoyo. Esa capacidad rondó así los 3.600 efectivos, aunque no todos estuvieron en la frontera. Interior ordenó además el despliegue de otros 45 agentes de la Unidad de Prevención y Reacción (UPR) y 20 especialistas de Extranjería. Se activaron Unidades de Intervención Policial (UIP), de Información, reservas de la Guardia Civil, ocho buzos del GEAS, drones y un helicóptero. Y en el mar operaron el Duque de Ahumada, las embarcaciones del Servicio Marítimo y los buques de la Armada Rayo, Santa María y Navarra.

Pero nadie, al menos por ahora, tuvo que actuar este 15 de agosto a este lado de la frontera. Nadie osó siquiera a aproximarse a la barrera flotante de 500 metros que, al final del espigón, sobresale entre 30 y 70 centímetros y se sumerge un metro. La barrera colocada por Interior para señalar la frontera y cumplir con la sentencia del Supremo que solo permite las devoluciones ‘en caliente’ si se vulnera un límite físico afrontó horas de intranquilidad pero en calma, envuelta en la bruma y con el sosiego solo interrumpido por los trabajos de mantenimiento de unos operarios.

Que se disipara el riesgo de otra avalancha fue vital para una ciudad que no ha absorbido la anterior. Interior calcula que quedan unas 5.000 personas; el Gobierno de la ciudad eleva la estimación a unas 9.000. Hay 1.898 menores filiados. El CETI atiende a más de 700 residentes y más de un centenar aguarda fuera. En la playa del Trampolín la situación es límite: las 14 o 15 chozas del domingo son ya entre 70 y 80 refugios de cañas, plásticos y cartones, sin higiene adecuada. El hospital ha realizado 1.149 asistencias en las jornadas críticas; ahora registra entre 300 y 400 diarias. Ceuta prepara de manera apresurada un centro de atención y construye 118 nichos, 38 ya terminados, ante la necesidad de enterrar cuerpos no reclamados. En sus aguas se han recuperado 82 cadáveres, aunque diversas fuentes apuntan a que los fallecidos en la avalancha de finales de julio llegaron a 150, contando los muertos al otro lado de la frontera.

Ceuta respiró este sábado, pero el miedo, la angustia y la rabia están lejos todavía de cicatrizar. El aplacamiento de la amenaza de este 15 – A no borra los campamentos, los menores sin solución rápida a su situación de desamparo ni los muertos. Tampoco la sensación de que la seguridad de la ciudad depende de la voluntad de Rabat de abrir o cerrar a su antojo el grifo de las avalanchas humanas contra la ciudad. El contundente despliegue en territorio marroquí confirmó la evidencia: cuando Rabat clausura estaciones, carreteras, senderos y playas, una convocatoria viral puede morir lejos de El Tarajal.

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