El goteo de menores inmigrantes continúa en Melilla pese a la presunta colaboración marroquí

350 niños y adolescentes, algunos llegados tras recorrer solos más de mil kilómetros, llenan un centro con capacidad para solo 80

ABC, Joan Guirado, 14-08-2026

Cuando empieza a clarear, con Melilla todavía medio dormida, en el centro de menores situado junto a la verja que separa la ciudad española de la marroquí Beni Enzar, algunos chicos ya están despiertos. Muchos llegaron a las instalaciones en las últimas horas, por lo que siguen en proceso de adaptación, asumiendo su nueva realidad, casi siempre buscada. Un goteo constante que choca con el discurso oficial de «plena colaboración y cooperación» con Marruecos.

Son niños y adolescentes, entre los 4 y 18 años, que han llegado concretamente desde el inicio de la invasión en Ceuta. Aunque les cuesta hablar, entre otras cosas porque solo dominan el árabe, en conversación con ABC todos transmiten que llevan en la cabeza una idea muy clara: llegar a la península a «estudiar y trabajar, a buscar un futuro mejor».

Mohamed tiene 15 años y viene de Tan-Tan, casi en la frontera con el Sahara. Llegó a Melilla el pasado domingo, diez días después del gran asalto en Ceuta y mientras, según España, Marruecos colabora intensamente para evitar que sus nacionales sigan accediendo a territorio español.

En su caso recorrió el trayecto desde Tan-Tan a Nador, un camino de 1.350 kilómetros, solo, en autocar. Sus padres lo acompañaron hasta la puerta del vehículo antes de verle marcharse, según dice, con rechazo por su decisión. Dice que ha venido para trabajar y estudiar y que en un futuro quiere cruzar a la península. Era la primera vez que intentaba llegar a Melilla, a nado, a través del dique sur.

Tras una tarde de baño en la playa de los Galápagos, en el centro de la ciudad, Mohamed cuenta que tenía respeto por lo que iba a hacer, pero que el trayecto no fue tan complicado como esperaba. Lo dice con la naturalidad con la que un adolescente podría contar cualquier aventura de verano. Pero detrás de sus palabras está un viaje que comenzó muy lejos de aquí y una despedida familiar que terminó a las puertas de un autocar sin la seguridad de que se pudiera producir un futuro reencuentro.

Brahim, de 16 años, procede de Casablanca. Él llegó en tren hasta el norte de Marruecos y, tras un trayecto por carretera hasta la zona, entró a nado por la bocana de Nador, esta semana ya fuertemente protegida por las autoridades españolas y marroquíes ante la amenaza de un nuevo asalto el próximo sábado. En Melilla sigue muy vivo el recuerdo de lo que ocurrió en 2022, con 19 muertos en la verja. Unas flores ya marchitadas, quemadas por el sol, recuerdan lo sucedido.

Durante el viaje de Casablanca a Nador, Mohamed cuenta que conoció a otro chico de su misma edad. Desde entonces apenas se separan. De hecho, poco antes de empezar la entrevista, le abraza por el cuello como quien se aferra a algo que le aporta seguridad y confianza. Juntos hicieron la travesía desde el sur del país hacia el norte y juntos cruzaron por el dique que separa los puertos de Nador y Melilla. Hace tan pocos días que han llegado que, en sus brazos y en sus piernas, siguen teniendo las heridas que les provocó el choque con las piedras. Las muestran casi con orgullo. Sus padres saben que está aquí y aunque como en la gran mayoría de casos, preferirían que siguiera en Casablanca, Brahim tiene otros planes. Quiere estudiar, trabajar y llegar a la península. No tiene familia en España, por lo que una vez sea mayor se tendrá que buscar la vida sin una red que le integre fácilmente.

350

Es el número de menores, según las autoridades melillenses, que se agolpan en un centro de menores con capacidad legal para unos 80

El más pequeño de todos, Youssef, tiene solo 13 años y viajó sin que sus padres lo supieran. Llegó un día antes de hablar con ABC. Su explicación cabe en pocas palabras: ha venido a buscar «un futuro mejor y los papeles». Con dificultad para expresarse, su rostro transmite la misma alegría que temor y esperanza. Tres historias bien distintas, con un punto de origen muy separado entre sí, que terminan en el mismo lugar, el centro de menores de Melilla.

Alejados de la ciudad
A pocos metros del centro de menores se levanta la valla que delimita la frontera con Beni Enzar. Al otro lado está el cementerio musulmán. Allí, cuando alguien intenta entrar en la ciudad y muere en el intento, se concentran familiares y allegados a ambos lados de la verja. Es lo que cuenta Brahim, taxista, con cierto dolor en la voz.

Los chicos conocen ese paisaje. Forma parte de su nueva rutina. Aunque el centro está apartado de la ciudad, a unos treinta minutos andando, eso no impide que los menores salgan prácticamente a diario. Caminan hasta la ciudad y, sobre todo, hasta la playa de los Galápagos. Allí pasan buena parte del día.

En la última semana han entrado a Melilla más del doble de los menores que estaban tutelados hasta ese día

La escena tiene algo extraño. Sobre las rocas se mezclan los menores llegados desde Marruecos con chicos de Melilla, conviviendo en su práctica totalidad con la normalidad que hay en cualquier patio de colegio. Saltan al agua, hablan, se ríen. Por momentos cuesta distinguirlos. Tienen la misma edad, el mismo tono de piel y las mismas ganas de pasar el rato.

Alejadas, aisladas con el móvil, dos monitoras permanecen cerca, aunque los chicos cuentan que apenas les prestan atención. Hace unos días, el pasado domingo, en esa playa, estos menores no acompañados protagonizaron una reyerta con armas blancas entre ellos.

Cuando aparece una cámara, reaparece algo mucho más sencillo: la curiosidad de cualquier adolescente. Los chicos se quedan deslumbrados al ver las fotografías que les toman.

Entonces, uno de ellos saca su iPhone. Quiere las fotos. Pregunta si se las puede enviar por AirDrop. Durante unos minutos, todo parece mucho más sencillo.

Un menor local, que está en la playa con su hermano y su familia, termina acercándose a ellos para compartir los últimos saltos del día con ellos. Habla un árabe perfecto y consigue convencerlos para que hablen con este diario. Él mismo hace de traductor, igual que Brahim a las puertas del centro donde residen.

Agresiones y robos
Durante las distintas conversaciones con los chavales, se repite un mismo argumento: las carencias en su día a día, pese a venir a buscar un futuro mejor. Dicen que no reciben suficiente ropa y que tienen que caminar durante horas con unas zapatillas que dejan los pies al descubierto.

En el centro hay colchones en el suelo. Es consecuencia de la entrada, en una semana, de más niños de los que hasta en ese momento estaban bajo tutela. La instalación tiene capacidad ordinaria para unos 80 menores y allí se concentran más de 300. Desde la ciudad autónoma de Melilla, sin embargo, aseguran que se trata de una situación puntual provocada por esa llegada masiva de los últimos días.

Los menores denuncian falta de recursos básicos como zapatos, robos y agresiones por parte de jóvenes de más edad

Pero hay otra preocupación que se repite entre los chicos y que es más difícil de solucionar: el miedo a otros jóvenes. Según relatan, algunos menores sufren robos y agresiones por parte de otros inmigrantes que permanecen en Melilla, muchos de ellos también muy jóvenes, alojados en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, situado a unos diez minutos andando.

Son chavales que, como ellos, llegaron de manera irregular y que en algún momento pasaron también por el centro de menores. Ahora algunos se convierten en una amenaza para quienes acaban de llegar.

La larga espera
Con la caída del sol, antes de que anochezca, toca volver a su nueva realidad, la del centro de menores. Lo hacen en pequeños grupos, caminando por el arcén de la carretera que bordea la verja, casi siempre sin camiseta para combatir la humedad que atosiga en Melilla. Cena. Televisión. Algún juego. Y a dormir. Al día siguiente, vuelta a empezar.

La escuela todavía no forma parte de su rutina. Los 178 menores que llegaron durante la última semana tendrán que incorporarse a las aulas en septiembre si antes no son trasladados a la península, una posibilidad que, por ahora, parece lejana. Así que esperan qué va a ser de ellos.

Sueñan con una plaza, una oportunidad, un traslado en otro lugar de la península que ni tan siquiera sabrían situar en el mapa a día de hoy. Esperan que el viaje que comenzaron en Marruecos continúe, desdibujando una frontera que si bien físicamente y legalmente existe, el derecho internacional del menor les permite olvidar.

Sabiendo que todo puede cambiar de una noche a otra, la ciudad de Melilla vive una relativa calma. No se repiten, de momento, las escenas de tensión registradas durante la crisis de 2024, cuando algunos vecinos llegaron a recibir amenazas. Los chicos juegan, se empujan, se ríen y se tiran al agua.

Mohamed, Brahim y Youssef han llegado hasta Melilla buscando algo que todavía no tienen. Uno quiere estudiar y trabajar. Otro sueña con llegar a la península. El más pequeño habla de un futuro mejor y de conseguir los papeles. Mientras tanto, su futuro inmediato cabe en una rutina que se repite cada día: despertarse al amanecer, desayunar, volver a dormir un poco, caminar hasta la playa, meterse en el agua y regresar al centro cuando anochece, momento de saludar a sus nuevos compañeros, que como ellos hace unos días habrán acabado de llegar.

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