El puchero de Ceuta hirviendo con la infancia migrante
Deia, , 14-08-2026HAY imágenes que no me caben. No imagino a un menor de mi entorno marchándose a otro país para tener una vida mejor. Los nuestros se van con billete de ida y vuelta a estudiar inglés o de Erasmus. Vuelven con la cuenta vacía y la maleta llena de ropa sucia. Hay pacto, celebración y acuerdo. Quizá más adelante muchos se irán fuera buscando trabajo, con más formación o con la decepción de no haberlo encontrado aquí. Pero no consigo imaginar alguien menor que, sin nada, da un salto al vacío del agua o de una valla para llegar a otro país. Entiendo aún menos que haya muchos niños y niñas de menos de trece años en ese tránsito.
Sin embargo, esos menores, junto a adultos, se han hecho multitud en Ceuta. Con lo puesto, con el teléfono envuelto en plástico y un nombre escrito a bolígrafo en el brazo. ¿Los han lanzado con informaciones falsas? ¿Son marionetas de una estrategia inconfesable? Se han decidido igual. Andar, nadar, escalar, ir donde el instinto de supervivencia los empuja.
La familia en otro lado Nos cuesta aceptar que cierto acuerdo familiar esté detrás de la tragedia, aunque no sea explícito. No hay carta de venta ni contrato. Nuestra moral del bienestar, que a veces es moral del malestar, lo juzgaría con severidad inmediata.
Pero la historia de las familias es también la historia de sus transacciones. Hubo bodas por dotes. Conozco a personas que, siendo niñas, fueron a servir a otras casas a cambio de la manutención. Se repartían menores entre tíos y abuelas porque no había suficiente. Se enviaba a colegios internos para aliviar la economía. Si un menor se va, quizá haya más comida para el resto.
No es justificación, sino intento de explicar lo inexplicable. Uno sabe que simplificar es peligroso, porque no todas las historias son iguales. Hay quien fue engañado, quien pagó a una mafia y ya vio la estafa. Y hay quien se escapó sin decir nada en casa, con inconsciencia y coraje adolescente. Pero hay demasiados preadolescentes. En el frío de las estadísticas apenas conocemos cada caso, con su historia. Hay quien tiene prisa y denuncia retrasos en soluciones simples, cuando todo es complejo, y tras la frontera habrá familiares que puedan responder y familiares que no. Un sí o un no, a veces, no son respuesta.
Sabemos algo que nos negamos a reconocer. Si hay cientos de cuerpos adultos que intentaban llegar a Ceuta, la aritmética dice que tiene que haber cuerpos pequeños que no salen en las informaciones, como si se le bloqueara la garganta a quien informa.
El cuerpo magullado en la frontera ¿Cómo ponerme en la piel de un menor migrante si apenas puedo ponerme en la piel de un menor, a secas? Cada cual tuvo su infancia y aun así no comprendemos su idioma. Menos aún si tan pronto se han enfrentado a la noche, al frío del agua, al alambre que daña. Cuando llegan noticias de agresiones sexuales en la travesía, nos quedamos sin palabras. O nos las tragamos.
Hay quien pide luz, investigación, esclarecimiento, que se atienda a las víctimas con todos los recursos, sabiendo que hay heridas que no se curan y noches que no se olvidan. Y hay quien usa el horror como arma. Tomar la indefensión de un menor y usarla para criminalizar al resto es ruin. Como si la víctima, por migrante y pobre, fuera sospechosa.
Se han saltado reglas, sí. Nuestra lupa lo detectó. No se puede saltar una valla ilegalmente ni nadar para evitar una frontera. Seguimos preguntándonos cómo lo logran preadolescentes. Pero esa lupa no quiere ver, de tan estrecha, que se salta el derecho internacional, el derecho a la vida, cuando estallan guerras apoyadas por quienes aplauden y denuncian a la vez. Saltarse la ley de extranjería y cumplirla en la acogida de menores son cuestiones a colocar en la balanza, y hay quien lo pone en cuestión. Quien se salta las normas internacionales sobre la guerra y siente satisfacción al apoyarla no merece palabras cabales.
La ciudad que mira Es comprensible que Ceuta sienta vértigo. Ciudad símbolo, ciudad frontera, pequeña como un barrio con mercado, colegios y centros sanitarios. Decenas de miles en sus calles la desbordaron. Vida alterada, comercios, fiestas, tranquilidad en el alero. Es humano que haya miedo y enfado.
Pero Ceuta, como toda frontera, es también otra cosa. No todo el mundo mira igual. No es solo estar a favor o en contra de Marruecos, todo es más complejo en un país donde cuatro millones de jóvenes entre quince y treinta y cinco años ni estudia ni trabaja. Hay personas que han reconocido en quienes llegan su propia historia. Llegaron hace décadas con maleta de cartón o madera, quizá a nado o en patera. Quizá sus hijos trabajen hoy en colegios donde se ponen literas para atender a los menores. Y sienten algo de gran valor que olvidamos nombrar: empatía. La certeza de que lo que le pasa a otro podría haberme pasado a mí. Más aún, le pasó a mi familia.
Y luego está otro sector, muy ruidoso. No vive en Ceuta, pero habla todo el día de Ceuta. En el fondo se alegra de que el Gobierno no arregle en veinticuatro horas lo que no se puede resolver de un plumazo. Acusa al Gobierno de no reaccionar a tiempo, pero pone trabas para que no se resuelva. Es el laberinto de las incongruencias. Exhiben indignación mientras hacen cálculo electoral. En medio, como siempre, los más débiles. Y no olvidemos a las asociaciones vecinales de la periferia de Ceuta, desbordadas, supliendo a gobiernos y viendo más desprotección, sobre todo en niñas.
Las cuentas del mercader A quien no quiere oír es inútil mostrarle números, pero conviene recordarlos para quien sí quiere. La regularización de migrantes que llevaban años trabajando sin contrato, sin derechos, sin existir para la administración, no ha hundido el país. Lo ha hecho más real. Ha aumentado afiliados a la Seguridad Social y ha aflorado economía sumergida. Sus hijos podrán formarse. Quizá lleguen donde sus progenitores no pudieron.
Hay otra cuenta. Cada menor que llega con dieciséis o diecisiete años al sistema público supone para el Estado un ahorro de entre cinco y siete mil euros anuales por alumno respecto a quien cursó aquí Primaria y Secundaria. Cuanto más tarde llegan, menos gasto. Apenas se dice en voz alta. Quienes rechazan el dato por mercantilista dicen, con gesto grave, que un centro de acogida cuesta demasiado. Es el naufragio de la coherencia.
Hay niños de la guerra que vivieron o sobrevivieron según la acogida recibida. Ahora que nos toca escribir un renglón de la historia, sin regla ni tiralíneas, podemos demostrar si somos grandes por las armas que fabricamos o por las camas que ofrecemos.
El beso de buenas noches El beso de buenas noches es una medida de bienestar que no sale en las estadísticas. Un gesto mínimo que dice: estás a salvo, mañana más. Y ese más significa estudiar, trabajar, hacer un proyecto de vida. Sabemos lo que cuesta hoy sacar adelante a nuestros hijos. ¿Cómo despreciar la oportunidad de aportar un grano de arena a quienes construyen su personalidad lejos de sus países y familias?
Uno piensa que, de una forma u otra, siguen en contacto con quienes les quieren. Fotos bajo la almohada, mensajes, señales. Que no les han abandonado tanto, que les observan desde la distancia deseando que sus vidas sean mejores que las propias, porque en un mundo despiadado duelen hasta los aleteos de las mariposas. Un día y otro, también en Ceuta.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos no recoge el derecho a ser feliz. Ni siquiera se cumple lo que sí recoge. Derecho a vivienda digna… ¿Qué es eso? Si algún día incluyera la felicidad, no faltaría quien recurriera diciendo que tiene aforo limitado.
Por eso vuelvo a Miguel Gane, “Inmigrandes”: “No vine a tu país / para quitarte la comida / sino para saciar mi hambre. // No vine para quitarte tu casa / sino para construir la mía. // No estoy aquí para dejarte sin trabajo / sino para encontrar el mío. // No soy tu invasor / porque no he venido a acaparar nada / de lo que tú tienes, / sino a compartir lo poco / que yo puedo darte. // No quiero dejarte sin tu tierra, / sino encontrar mi hueco / para plantar una semilla. // Vine porque no tenía donde caerme muerto / pero estaba lleno de ganas de volar. // Llegué a tu país / porque el futuro del mío estaba negro, / y tus calles están llenas de color. // Vine en busca de un refugio / que he acabado llamando hogar. / Si de adaptarse o morirse se trataba, / son ya dieciséis años que llevo / siendo inmortal”.
Vivimos tiempos deshumanizados, quizá tan deshumanizados como siempre. Pero también tiempos de gente que se deja la piel para hacer un mundo más habitable. Familias de acogida, educadores, abogadas, gente que reparte comidas, colectivos de barrio, parroquias, mezquitas, sindicatos. Mucha gente haciendo para que entre en ebullición, en el puchero común, sin apellidos que separen, un futuro mejor.
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