Los magrebíes que saltaron a Ceuta: «No daremos ni un paso atrás»

La marea migratoria arrastra hasta Ceuta a un ejército de desheredados con un denominador común: la esperanza

Diario Vasco, Sergio García, 13-08-2026

Nayua tiene 19 años y unos ojos que han visto más dolor del que sin duda se merecen. Llegó a Ceuta embriagada por las consignas lanzadas desde las redes sociales y las llamadas de sus amigos al móvil: «Las puertas de España están abiertas», repetían. Y no lo dudó. Esta joven diplomada en Enfermería trabajaba en la hostelería hasta hace un par de semanas por un sueldo de 7 euros al día, mientras se hacía cargo de su abuela impedida y en pago por ello soportaba el maltrato de la familia de su padre. Renunció a su pasado a cambio de un futuro y se lanzó a la carretera pensando que su suerte iba a cambiar. Hasta que llegó a la frontera del Tarajal y cruzó a nado esa lámina de agua que nos hemos cansado de contemplar por televisión, viendo cómo la gente se ahogaba empujada por los que venían detrás.

Luego llegó al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), donde le habían dicho que conseguiría los papeles que despejarían su futuro, y halló sus puertas cerradas. Desde entonces vive y duerme en un bosque de eucaliptos del que se ha adueñado la basura, las mantas mohosas y la desesperanza; sin letrinas, sin apenas comida, sin duchas y con la permanente amenaza, dice, de los subsaharianos, «que esperan a que se apaguen las farolas para acosarnos a mí y a las demás mujeres », obligándolas a ir en grupo cuando se adentran en la espesura para hacer sus necesidades. El hambre es su eterno compañero de viaje y tratan de aliviarla pidiendo puerta a puerta o a través de asociaciones como Residentes Ceuta.

Cuando se le pregunta por qué prolonga este padecimiento, su respuesta es fulminante. «Volver a Marruecos no es una opción. Los sueldos no dan para vivir, la sanidad está por las nubes, lo mismo que la educación para quien tiene hijos o un alquiler que pagar. Así es imposible ahorrar, llevar una vida digna y pensar en labrarte un futuro».

La historia de Nayua está lejos de ser un caso único en ese talud que ha convertido en su casa, custodiado por policías nacionales que se retiran en cuanto se echa la noche –queda un furgón vigilante en medio de tanto lobo–. Como Aisha, de Agadir, 25 años, divorciada y con un hijo de 8 años que ha quedado al cuidado de sus padres: esperaba la Tierra Prometida «y nos hemos llevado una decepción enorme». No quiere fotos porque teme que su marido la reconozca y le quite la niña. O Zainad, de Marrakech, que acumulaba ya cinco intentos de cruzar la frontera y esta es la primera vez que lo consigue. Creció en un centro de acogida y con 18 años ya tenía dos hijos, que adoptó una señora de Barcelona y ahora quiero recuperar. Para ella, «Ceuta sólo es un punto de tránsito, quiero llegar a Dortmund, donde tengo familia. Prefiero tirarme de una montaña antes que volver a Marruecos». Su determinación no difiere de la de la tangerina Gizzlan, que trabajaba en una empresa de rotulación, y de Boucha Shaimi, con una diplomatura en Administración de Empresas y experiencia en un McDonalds, del que la echaron en cuanto pidió un aumento de sueldo (cobraba 280 euros al mes).

La deriva de Hamza y Shatia se adentra directamente en el terreno del horror para unos padres. «Tuvimos que llamar a la Policía porque vino un grupo que nos dijo que quería que les entregásemos a nuestro hijo Riad, que iban a escolarizarlo siempre que nosotros volviéramos a Marruecos». Su espera se está convirtiendo en un calvario: «Cada noche, en cuanto se va el alumbrado, vuelan las piedras, hay gente que viene borracha y tenemos miedo por el niño. Este no es sitio para él».

El fracaso de la civilización se escribe estos días en las playas y calles de Ceuta, donde miles de jóvenes sin oficio ni beneficio campan a sus anchas a la espera de un futuro que amenaza con ser cualquier cosa menos pródigo. La ciudad autónoma atraviesa una crisis como no ha conocido jamás, mientras ministros y consejeros tratan de buscar encaje a un escenario que hace apenas dos semanas reventó todas sus costuras y que si algo ha puesto de manifiesto es que la seguridad del enclave está en manos de Marruecos, ese vecino incómodo que maneja con maestría los resortes de la presión migratoria y que no muestra mucho apego por el bienestar de sus ciudadanos, que superan a estas alturas el centenar de víctimas sin que nadie haya levantado una ceja al otro lado de la frontera.

Una realidad que se revela en toda su crudeza en las playas de Tarajal y El Trampolín, en las barriadas de Los Rosales y El Morro, en el monte que se levanta entre la frontera norte de Benzú y el puerto del que parten los ferrys que llegan a la Península, esa suerte de El Dorado para una legión de desgraciados que vinieron en busca de un futuro mejor y que ahora, dos semanas más tarde, se afanan por sobrevivir en chabolas hechas de cañas, cartones y plástico, mientras una embarcación de Guardia Civil patrulla con la silueta de Gibraltar al fondo.

A escasos 300 metros de las laderas del CETI se sitúa la playa de El Trampolín, convertida en un alojamiento improvisado para miles de migrantes que buscan refugio en chozas. Yasim, Karim y Ahmed suman 57 años entre los tres y diecinueve intentos por colarse en Ceuta, la mayoría de ellos a nado. Se han conocido aquí y son inasequibles al desaliento. Yasim tiene los pies llenos de úlceras de cuando recorrió con aletas 6,5 kilómetros a nado desde Rifien con la marea en contra; y Karim ha probado suerte varias veces en los bajos de camiones y autobuses. A sus 17 años lleva dentadura postiza fruto de un culatazo que recibió en la cara gentileza de los ‘mehani’, la Policía auxiliar marroquí que realiza labores de vigilancia de fronteras. Nunca habían llegado tan lejos, y se han propuesto no tirar la toalla; pesa más el miedo que han dejado atrás que la desolación que rodea sus vidas.

Mientras los tres aguardan para recibir las bolsas de comida que reparte Cruz Roja una vez al día, estalla una trifulca entre marroquíes y subsaharianos, lo que moviliza de inmediato a los agentes que vigilan la zona. El resultado, un herido trasladado en un ‘zeta’. «Cuanto más tiempo dure esto, más va a aflorar la desesperación», explica un subteniente de la Policía Nacional. «La amargura y la delincuencia van de la mano y ya lo estamos empezando a notar. Crece la tensión, falta alojamiento, espacio, comida… Y los ciudadanos están en el disparadero, entre la angustia y el hastío por una situación que no se acaba de atajar. A veces salimos de patrulla y parece esto una película de zombies», desliza.

La Cruz Roja, entretanto, baja a la playa de 15.00 a 22.00 horas, coordinados con las Urgencias del hospital, de atención primaria, también de los centros de salud que están doblando turnos… Las colas se suceden a la puerta de las ambulancias. Lesiones compatibles con la sarna, mucha patología respiratoria fruto de dormir a la intemperie… y golpes. «Para llegar hasta aquí muchos han cruzado un auténtico infierno», ilustran los sanitarios. Y todo apunta a que ese calvario está lejos de terminar.

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