John Galliano, condenado a la polémica y destinado al récord

Dieciséis años después de su caída, el Met dedica una gran retrospectiva al diseñador que transformó Dior y fue condenado por insultos antisemitas y racistas. La muestra puede culminar su rehabilitación y convertirse en uno de los mayores éxitos de público del museo

La Vanguardia, Raquel Fernández Sobrín, 11-08-2026

El Metropolitan Museum eligió la última hora del último viernes de julio para anunciar que dedicará su gran exposición de moda de 2027 a John Galliano. Es el tipo de horario en el que suelen comunicarse los divorcios, las dimisiones incómodas y aquellas decisiones que desean llegar a la opinión pública cuando la opinión pública ya está pensando en otra cosa. La prudencia sirvió de poco. En cuanto apareció la noticia, también apareció la pregunta: ¿puede el museo más importante de Estados Unidos conceder uno de sus mayores honores a un diseñador condenado por proferir insultos antisemitas y racistas?

La primera respuesta es: obviamente. Galliano pertenece a esa categoría rarísima de diseñadores capaces de alterar no solo la silueta de una época, también su imaginación. Cambió la escala del desfile, convirtió la investigación histórica en fantasía contemporánea y, desde Dior, demostró que una casa de lujo podía vender millones mientras proponía algunas de las imágenes más delirantes de la moda moderna. Desde la muerte de McQueen y la caída en desgracia de Galliano, cuesta señalar a otro creador que haya combinado con semejante intensidad técnica, narración, espectáculo y una visión inmediatamente reconocible. Si el Costume Institute existe para explicar quién ha cambiado la moda, el gibraltareño parece un candidato inevitable. La segunda respuesta es: ¿obviamente?

John Galliano: Horizons abrirá en mayo de 2027 y recorrerá cuatro décadas de una carrera que parece concebida para terminar en un museo. Desde sus primeros trabajos en Londres hasta Givenchy, Dior y Maison Margiela, Galliano diseñó ropa y, alrededor de ella, mundos enteros. Sus colecciones tenían personajes, argumento, maquillaje, música, luces, ruinas, emperatrices, vagabundos, bailarinas y fantasmas. Incluso quienes nunca desearon ponerse uno de sus vestidos entendían que en ellos pasaba algo. El museo no tendrá que elevar objetos cotidianos a la categoría de espectáculo, le bastará con volver a montar un espectáculo que ya existía.

El propio Met ha dejado claro que esa celebración no podrá prescindir de lo ocurrido fuera de la pasarela. En el comunicado de presentación advierte que, junto a los “extraordinarios logros creativos” de Galliano, la exposición abordará la conducta que alteró de forma radical su carrera y su percepción pública, y se preguntará cómo debe convivir el mérito artístico con la responsabilidad ética. Es una declaración de intenciones poco habitual para una retrospectiva y, en cierto modo, el reconocimiento anticipado de su principal problema: el museo no puede contar la historia de Galliano sólo como una sucesión de vestidos magníficos, aunque tampoco puede explicarla sin ellos.

Dana Thomas, biógrafa del diseñador, ha sido bastante poco conciliadora este jueves en The New York Times: “Creo que es una idea terrible”. Sostiene que sus “tristemente célebres diatribas antisemitas no fueron una anomalía” y recuerda que, durante años, un comisario intentó llevar una retrospectiva de Galliano a distintos museos estadounidenses y europeos sin éxito: “La respuesta era siempre la misma: no. Y también lo era la razón: el antisemitismo”. Lo interesante de ese antecedente es el cambio de umbral. Aquello que hasta hace pocos años parecía un riesgo reputacional que ningún museo quería asumir será ahora una de las grandes citas culturales de Nueva York.

Nada de lo anterior hace menos probable el éxito de la muestra. Más bien al contrario. La moda se ha convertido en uno de los instrumentos más fiables de los grandes museos para atraer visitantes y su dinero. La moda se ha convertido en uno de los instrumentos más fiables de los grandes museos para atraer visitantes y su dinero. En 2018, Heavenly Bodies: Fashion and the Catholic Imagination fue vista por más de un millón y medio de personas y se convirtió en la exposición más visitada de la historia del Met. El Louvre llevó por primera vez la moda a sus galerías en 2025 y recibió a más de un millón de visitantes. En el Victoria & Albert Museum, las grandes muestras de Chanel, Schiaparelli o Alexander McQueen agotaron entradas, dispararon las membresías y vendieron catálogos, camisetas y recuerdos con una eficacia que difícilmente consigue una exposición de marfiles medievales.

Galliano aporta además algo que ninguna fórmula de éxito puede fabricar con tanta facilidad: una historia sobre la que casi todo el mundo tiene ya una opinión. Si la exposición funciona, él será su beneficiario más evidente. En Margiela, con la colección Artisanal de 2024, demostró que podía volver a deslumbrar y las alfombras rojas llevan años confirmando que sus vestidos siguen siendo deseables. El Met hace algo diferente. Lo coloca en el canon. Será apenas el tercer diseñador vivo, después de Yves Saint Laurent y Rei Kawakubo, al que el Costume Institute dedica una retrospectiva individual. La rehabilitación profesional ya había ocurrido. Con la exposición se consagra.

El anuncio llega, además, en un momento oportuno para quienes llevan años administrando su legado. Dior nunca pudo borrar los quince años en los que Galliano contribuyó a transformar la casa en una potencia cultural y comercial, aunque durante mucho tiempo los manejó con cautela. Esa distancia se ha ido acortando: Jonathan Anderson lo invitó a su debut de alta costura, donde unos ciclámenes que Galliano le había regalado terminaron entrando incluso en el relato de la colección. El Met facilita algo más profundo que una reconciliación sentimental: permite volver a mirar aquella etapa como historia de Dior y no únicamente como la antesala de su abrupto final.

Mientras tanto, Zara ha firmado con Galliano un acuerdo de dos años y lanzará este otoño su primera colaboración. La coincidencia tiene una simetría difícil de ignorar: mientras el Met prepara su entrada definitiva en la historia, Inditex prepara su llegada al mercado de masas. En la industria circula incluso la posibilidad de que Zara termine patrocinando la exposición o la gala, aunque por ahora no pasa de ser eso, una posibilidad. Si sucede, cultura y comercio habrán coordinado sus calendarios con una precisión extraordinaria.

Por encima de todos esos movimientos está Anna Wintour. Defendió a Galliano cuando hacerlo resultaba mucho menos cómodo, ayudó a preparar su regreso y llevaba años trabajando para esta retrospectiva. Ahora que ha abandonado la dirección cotidiana de Vogue USA, conseguir que Galliano entre en ese panteón tiene inevitablemente algo de legado personal. No hace falta anunciar su retirada para verlo: pocas cosas explican mejor el alcance de su influencia que conseguir que una exposición considerada durante años demasiado arriesgada termine ocupando las salas del Met.

La muestra puede ser un problema y, al mismo tiempo, un negocio extraordinario. Galliano obtiene la canonización; Dior recupera una parte fundamental de su historia; Inditex estrena colaborador con el mejor contexto cultural imaginable y Wintour convierte una convicción sostenida durante años en realidad institucional. El Met asume la tarea más incómoda: convencer al visitante de que puede generar todo ese valor alrededor de Galliano sin que el valor generado termine funcionando, por sí solo, como absolución.

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