Ceuta y la inmigración marroquí como síntoma de modelo de país
La salida hacia Europa es la primera puerta, y muchas veces la única, por los desequilibrios sistémicos del país y una tapadera para el Estado y la monarquía
Diario Vasco, , 05-08-2026A mediados de la semana pasada nos desayunamos con las imágenes de una Ceuta asediada por miles de jóvenes, y no tan jóvenes, marroquíes que querían pasar (ellos lo llaman ‘hraq’, traducido como quemar los papeles del país de origen), muchos, pero no todos, del infierno de crecer en un país sin expectativas y con enormes desigualdades sociales hacía otro que, al menos, les reconoce una cierta dignidad como seres humanos. Afirmo que no todos, puesto que, al parecer, por lo que se deduce de las redes sociales, muchos jóvenes, hombres la mayoría, simplemente querían ‘jugar’, dejándose llevar por aquella estúpida ilusión lúdica del mundo de la aventura que supone el morbo de cruzar una frontera prohibida.
Los demás, entre ellos seguramente muchos del casi centenar de muertos (diría asesinados) en el mar, perseguían algo más serio: atravesar la frontera más desigual del mundo, en busca del ideal de construir una vida mejor lejos del espanto que supone vivir en un país sin ascensor social y, empleando esta clásica metáfora, con unas escaleras completamente derribadas. Hago referencia a todo esto porque este trágico acontecimiento, ya observado en 2021, lejos de representar simplemente una hipotética ‘guerra híbrida’ o una estrategia de presión de Marruecos sobre España, escenifica una realidad social que en el país vecino no se quiere ver. Me refiero al hecho de que la inmigración, como fenómeno masivo e incluso cultural en este Marruecos, representa a las claras la capitulación del Estado marroquí a la hora de ofrecer una vida mínimamente digna para sus ciudadanos.
Con esto me refiero a que la inmigración es el síntoma más evidente de que este Marruecos, que pretende organizar ostentosos mundiales e incluso llevarse la sacrosanta final al estadio más espectacular del mundo (para construirlo existe dinero y mucho, y más si es para dar rienda suelta a la inequívoca droga alienante del fútbol), no funciona o, al menos, no funciona para todos.
La expectativa de un Marruecos mejor solo duró lo que una inocente promesa constitucional de 2011, a partir de la cual, al albur de las protestas de la ‘primavera árabe’, se crearon instituciones, normas y leyes, pero de una inutilidad manifiesta. Porque Marruecos sigue siendo el de las dos velocidades: el de las zonas urbanas y presentables, cada vez mejor equipadas, y las zonas rurales e impresentables, pobremente atendidas; pero particularmente el de las clases altas, cada vez más beneficiadas del aparente ‘avance’ y ‘desarrollo’ de un Marruecos económicamente globalizado, y el de la mayoría social, carente de un estatus de clase media a la europea y, sobre todo, perjudicada por el exorbitante coste de la vida.
Si el poder adquisitivo de un marroquí medio es de 300 euros al mes, los precios para tener una vida digna exceden con creces esta cifra. En ciudades limítrofes con España, por ejemplo Tánger y Tetuán, resulta imposible poder vivir con dignidad: los precios de los alquileres son imposibles de pagar, el coste de la vida está fuera del alcance de la mayoría… Esto sucede porque el país se ha construido cínicamente pensando en los que pueden consumir, los turistas y las clases más adineradas del país. Nuevamente, esto señala que Marruecos no se ha pensado para todos, sino para unos pocos, los que pueden frente a los que no pueden.
Pero el problema no acaba ahí: la indignidad neoliberal, y también necrófila por lo que se ve año tras año en el estrecho, también se manifiesta con crudeza en la calidad de las infraestructuras públicas, con una sanidad completamente diezmada (Marruecos tiene 7,7 médicos por cada 10.000 habitantes mientras que la OMS recomienda 25 por cada 10.000) y un sistema educativo, aunque más avanzado que hace años, incapaz de corregir las petrificadas desigualdades sociales que asolan el país.
Ante este panorama, como decía la socióloga holandesa Saskia Sassen, solo queda la expulsión social, es decir, y haciendo un insultante esfuerzo por hablar en términos eufemísticos, la migración al exterior, a Europa. No nos engañemos: es la primera puerta, y muchas veces la única, que se encuentran muchos jóvenes para hacer frente a estos graves desequilibrios sistémicos que asolan a este Marruecos. Tristemente la inmigración se ha convertido en una potente tapadera para el ‘makhzen’ (el Estado, la monarquía y su poder) y una salida en falso para otros, los jóvenes que acuden ansiosos a Europa para prosperar.
Aun así, muchos, sobre todo los más preparados a nivel de estudios, prefieren luchar en su propio país y por eso se organizaron en la ‘primavera árabe’ con el Movimiento 20 de febrero. También lo volvieron a hacer el año pasado, demandando dignidad antes que copas de África y Mundial. Sin embargo, este movimiento se ha ido apagando poco a poco. Queda, en muchos casos, la solución migratoria, como cambio completamente personal, la única alternativa a problemas claramente estructurales, que en todo caso demandan urgentemente una atención de país.
En fin, ¿qué más se puede decir? Pues que Marruecos celebra elecciones legislativas el 23 de septiembre. Ahí podremos ver cómo se traduce políticamente (al menos sobre el papel) este hundimiento neoliberal que se ha expuesto aquí.
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