Afrodescendientes
El racismo en Puerto Rico: un problema cotidiano sin apenas datos que lo respalden
Las comunidades negras boricuas conocen la discriminación por la experiencia, pero no está en las estadísticas. Organizaciones comunitarias comienzan a construir las cifras que lo demuestran
El País, , 05-08-2026EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí.
A Carla Rodríguez, una estudiante de enfermería en Carolina, un municipio del noreste de Puerto Rico, le sorprendió que en 2025, durante un taller sobre cómo emplearse en el mundo hospitalario, le hablaran de peinados “permitidos” en el sector de la salud. Ella, que lleva con orgullo sus dreadlocks, observó con asombro cómo se mostraban imágenes de personas blancas con cabello liso y ondulado como “aceptable”, mientras que la mayoría de las fotos de peinados “no permitidos” eran de personas negras con cabello rizado y texturizado.
Cuando cuestionó las imágenes, las respuestas de sus profesores se basaron en argumentos de salubridad, comparando el cabello afro con “suciedad”. “Por más que queramos defender nuestros derechos como personas negras, y tengamos el conocimiento de una ley que nos protege, ahora mismo no les importa”, explica la alumna.
Las comunidades negras en Puerto Rico conocen el racismo por experiencia propia, pero la falta de datos oficiales permite al Estado ignorar la gravedad de la situación. Al no haber estadísticas, el problema no existe para las políticas públicas. Por eso, tras identificar ese vacío, el Colectivo Ilé, una organización con más de 34 años de trabajo antirracista intergeneracional en la isla, empezó a dar los primeros pasos para construir algunos de estos datos. En 2024, con el apoyo de la Fundación de Mujeres en Puerto Rico y una subvención de The Annie E. Casey Foundation, impulsaron los esfuerzos enfocándose en las experiencias de la juventud. “En Puerto Rico el problema de datos es serio, especialmente datos comunitarios”, dice Verónica Colón, directora ejecutiva de la Fundación de Mujeres en la isla.
Después de realizar varios diálogos colectivos y diseminar un cuestionario en línea en el que participaron 69 jóvenes de entre 18 y 24 años, residentes en 19 municipios de Puerto Rico, publicaron el informe con sus conclusiones en marzo de 2026. Aunque la muestra no es representativa a nivel nacional, sí enciende alarmas sobre los desafíos que enfrenta la juventud afrodescendiente para alcanzar el bienestar.
El 85,6 %, por ejemplo, reportó haber sufrido trato injusto debido a su apariencia racial o color de piel. Asimismo, evidenciaron cómo la discriminación cotidiana y el racismo estructural se entrelazan con otros ejes de opresión, generando ansiedad y trauma emocional. Se trata de uno de los primeros esfuerzos estructurados en el archipiélago enfocados exclusivamente en las percepciones del bienestar y el impacto del racismo en adultos jóvenes negros en la isla.
La experiencia de discriminación que Rodríguez recibió en la universidad también encuentra eco entre los hallazgos más alarmantes del ejercicio: los jóvenes reportaron haber experimentado mayor discriminación racial en entornos educativos como la escuela, apuntando a un 78 %, y la universidad, con un 31 %.
Valeria Morales (Info: Colectivo Ilé)
Según Miriam Morales, investigadora y facilitadora comunitaria de Colectivo Ilé, esto no es inusual. Las experiencias de discriminación racial en ambientes educativos y laborales no solo generan ansiedad y trauma racial, sino que también se conectan a limitaciones materiales. “Cómo me presento y el trabajo que escojo para no recibir comentarios llevan a una precarización económica que impacta el bienestar”, subraya.
Para ella, es vital contar con espacios seguros y de apoyo que validen sus experiencias y fomenten la autovaloración. Además, añade que la visibilidad positiva es fundamental. Incluir la historia y los aportes afrodescendientes en los currículos educativos reduce la marginalización, mejora la autoestima y evita los estereotipos limitantes.
Mariluz Franco, psicóloga social comunitaria con más de 25 años de experiencia y quien no tuvo relación con la creación del informe, agrega que esta violencia sistémica desencadena un impacto psicosocial que se manifiesta en la internalización de la opresión, un fenómeno que describe como un “autoestigma racista”, donde los estándares de belleza centrados en la blanquitud atentan directamente contra la autoestima y el valor propio de la juventud. El racismo, dice, opera como un detonante de trauma crónico. “La hostilidad continua genera un estado de hipervigilancia que mantiene a los jóvenes en una alerta constante, lo que se traduce en ansiedad persistente, agotamiento emocional y estrés acumulativo”.
Miriam Morales, del Colectivo Ilé, durante la presentación de la investigación.
Amaya Lobato Rivas
Más allá de documentar cómo el racismo afecta directamente las oportunidades de desarrollo, las investigadoras resaltan las fortalezas cruciales que aportan positivamente al bienestar de la juventud afroboricua. Entre ellos, el 72 % de los jóvenes afirmó que la música afrodescendiente —como la bomba, bachata y plena— influye positivamente en su bienestar. Asimismo, indicaron que las redes de apoyo como la familia y comunidad son fortalezas cruciales a pesar de las precariedades sistémicas.
Para Rodríguez, recurrir a espacios en los que se celebre la cultura afro, como Puente Herrera en Loíza, para cantar y escuchar los tambores, la hace sentir segura. “Esa práctica ha sido una gran herramienta para mí como persona negra”, dice la joven de 22 años y participante del ejercicio. “No solamente me ha permitido celebrarme a mí, sino también a mi familia”.
Esta necesidad de sanar en comunidad es medular, según cuenta la psicóloga Franco Ortiz. Ella sostiene que la “medicina” contra el racismo no puede limitarse al ámbito individual, sino que debe ser colectiva. “Estas prácticas fortalecen la resiliencia colectiva y, más allá de la resistencia, generan una acción transformadora frente a la opresión”, puntualiza.
Valeria Morales (Info: Colectivo Ilé)
Para continuar con el desarrollo de instrumentos alternativos que incluyan variables étnico-raciales en la isla, Colectivo Ilé y Fundación de Mujeres en Puerto Rico se proponen regresar a los espacios comunitarios para identificar proyectos de política pública e iniciativas futuras. La meta de las organizaciones es ampliar este estudio preliminar. “Para nosotras, el sentimiento es esperanzador”, enfatiza Colón. “Mientras muchos se echan para atrás porque le tienen miedo al tema de raza, nosotras decimos que a esto es a lo que apostamos”. Buscan algo más que atender las disparidades ocultas que viven los jóvenes afrodescendientes: apuestan al acceso equitativo de la educación, la salud y el trabajo digno como ejes indispensables para el disfrute de sus derechos.
Las vivencias de Rodríguez lo confirman. Hoy día, le resta un semestre para culminar la universidad y, a pesar de haber sido discriminada en múltiples instancias por su estilo de cabello, no se ha cortado sus dreadlocks como forma de resistencia. También ayuda a otros jóvenes afrodescendientes a reconectar con su cabello por medio de su negocio de peinados de estilo protector, como se conoce a los dreadlocks, trenzas y knots. “Lo hice únicamente para ofrecer un espacio a las personas negras, para que pudiesen tener un espacio seguro para peinarse y hablar de lo que necesiten”.
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