Playa de Trampolín: el refugio a sol abierto para centenares de subsaharianos que resisten en busca de asilo

Centenares de migrantes se agolpan en una pequeña cala de la ciudad, a la espera de un asilo que no llega

El País, Bárbara Ayuso, 05-08-2026

Nadie mira al mar en la playa del Trampolín. En los escasos 140 metros de esta pequeña cala ceutí ya no se agolpan visitantes, ni turistas. Desde hace días es el refugio a sol abierto de los migrantes que permanecen en la ciudad, cuyo horizonte no es el Estrecho que se divisa al fondo del agua. Y tampoco el que está en la otra dirección, colina arriba, en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) donde no cabe nadie más. Por eso unos cuatro centenares de personas, la mayoría hombres, se desperdigan aquí, por la arena agreste del Trampolín, a esperar. La mayoría no sabe muy bien a qué.

Jon es de Nigeria, tiene 23 años y pregunta la hora, si ya es por la tarde. Este lunes varias oenegés acudieron a entregarles comida y agua, y tiene la esperanza de que regresen este martes. Mientras eso pasa, vigila cada tanto si la policía reabre las duchas de la playa, para rellenar su botella de plástico. Sabe que no es potable, pero dice que de momento no le ha sentado mal. Es de Anambara, y cruzó a nado el jueves. Tiene hambre, pero suplica que le compartan conexión a internet para decirle a su madre que está bien. Al colgar, confiesa que le ha mentido un poco. “Es mejor así”, concluye y vuelve a reunirse con su grupo, que juega una pachanga en la parte más pedregosa de la playa.

Un grupo de migrantes frente a la costa de Ceuta.
ÁLVARO GARCÍA
La Policía, que custodia el paseo del litoral, considera este uno de los “puntos calientes” de la ciudad, y no es por los más de 35 grados de un agosto implacable. Cada día, el número de migrantes de la cala asciende y escasea la sombra. Se protegen del sol envueltos en mantas de la Cruz Roja, o bajo rudimentarias estructuras con cartones y telas. Bajo una de las pocas sombrillas de paja dormita una familia completa, seis hermanos y una hermana. Son de las islas Comoras, un pequeño archipiélago del océano Índico y uno de los países más pobres de África. “Primero huimos a Mayotte, y después reunimos dinero para volar hacia Marruecos”, explica el hermano mayor, Saifi Hibbane. “Tengo 30 años, soy ingeniero de telecomunicaciones pero no tenía ningún futuro allí”, dice, en francés. Su hermana, Nissoite Hassane, es de las pocas mujeres de la playa. Lleva la cabeza cubierta con un pantalón, y se contrae sobre la cintura, dolorida. Otro de sus hermanos la consuela con caricias en la espalda y ella pregunta tímidamente cómo conseguir compresas. “Serviette hygiénique pour les règles”, susurra. Llevaban algo de dinero cuando el jueves se echaron al mar, pero lo que no perdieron en el agua se ha esfumado en pan. “Al menos sobrevivimos todos, y juntos. Lo peor ahora es el frío de la noche”, dice Saifi, que espera encontrar mantas antes de que caiga el sol.

Al fondo de la playa, junto a la desalinizadora de Ceuta, varios equipos de televisión de todo el mundo hacen conexiones en directo documentando la situación de Trampolín. Los migrantes esperan callados tras los reporteros, como un croma en carne y hueso; y cuando despiden las conexiones, les hablan en varios idiomas, contando su historia a borbotones. A veces no soportan y prorrumpen en gritos antes de que el directo acabe, televisando su desesperación sin filtrar. Khaled lleva su pasaporte en la mano, aún verde, aunque apergaminado y palidecido por el agua de mar. Es de Yemen, y extiende la palma de la mano cuando se le pregunta cuánto tiempo hace que salió de allí: “Cinco años”, dice en inglés. Enumera, a trompicones, la geografía de su periplo: ha pasado por Sudán del Sur, Sudán, Yibuti, Marruecos, Argelia y Libia. De esta última guarda una cicatriz en el abdomen que le serpentea cerca del ombligo y se pierde bajo la camiseta raída de salitre. Tiene 32 años y muestra en la fotografía del pasaporte cómo era antes, antes de salir de Yemen junto a su hermano. Él falleció el jueves, cerca del espigón de El Tarajal. Khaled es incapaz de recordar cuándo le perdió de vista mientras nadaban, pero sabe que ya no tiene sentido buscarle. Ha preguntado a la policía del paseo y a los trabajadores de las ONG pero nadie certifica su pérdida.

Muchos de los migrantes subsaharianos repiten palabras básicas en castellano, con acentos de Nigeria a Ghana, pero hay una que se escucha en todos los rincones del pequeño litoral ceutí: “asilo”, dice uno. “Asilo, asilo, asilo”, corean los demás. Es lo que esperan conseguir, el horizonte que divisaban cuando hace casi una semana les avisaron por grupos de WhatsApp que la frontera entre Marruecos y España “estaba abierta”. Algunos habían intentado cruzar antes, sin éxito. Hay quien se confiesa arrepentido, pero la mayoría persiste en su intención de solicitar asilo a las autoridades españolas. Saben que ellos no pueden ser “devueltos en caliente” a Marruecos, y que el color de su piel ha hecho que no les subieran en los furgones para devolverles, como ha ocurrido con aproximadamente 60.000 migrantes, según las cifras del Ministerio del Interior. Pero no saben cómo se traduce todo eso en una salida de esta playa, de este calor sin agua ni comida. Preguntan por los trámites y no obtienen respuestas, así que las esperan, confinados en esta franja de arena, sin fijarse demasiado en el mar por el que entraron.

Cada tanto, se dividen en parejas o tríos y deambulan por el paseo, por la carretera de Benítez, en dirección a algún establecimiento en busca de comida. Hacen fila en el umbral de un comercio de alimentación abierto, a pesar de la persiana medio bajada que parece cerrar el paso. El dueño les ordena pasar de uno en uno, y enseñar primero los billetes antes de tocar ningún alimento. Ellos exhiben dirhams arrugados y señalan callados paquetes de galletas, plátanos, barras de pan. Para el resto de ceutíes y visitantes, la compra se desarrolla con normalidad, pueden entrar en grupos y coger ellos mismos los productos. Los migrantes pagan y se van, repartiéndose la comida de vuelta a la playa.

La otra playa que fue caliente hasta hace dos días, hoy ya no lo es. El Tarajal, junto a la frontera, amanece tranquilo, con menos presencia militar. En las rocas del espigón, un trío de menores marroquíes se mete al agua y bucea por su fondo. Buscan restos de la entrada masiva de la que pronto se cumplirá una semana, que también fue su vía de acceso. Los vestigios de una travesía en los que murieron al menos 77 personas. Encuentran sobre todo ropa, revisan los bolsillos del botín. Pantalones, sudaderas, camisetas, zapatos sin pareja. Uno de ellos emerge del mar triunfante, con un jersey con cremallera varias tallas más grande, y se lo pone, empapado. Se pierde por las calles feliz con el hallazgo.

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