Marroquíes afincados en Gipuzkoa: «Me entristece ver los muertos en Ceuta, uno podía haber sido yo»
Marroquíes afincados en Gipuzkoa comparten anhelos con los jóvenes que llegaron el pasado jueves a la playa del Tarajal
Diario Vasco, , 05-08-2026La mezquita de Assafavasc, situada en la calle Juan de Olazabal, es uno de las dos lugares de culto islámico que tiene Errenteria. Son las 18.00 horas, momento en el que empiezan los rezos, y la puerta de madera del templo no para de abrirse con gente que entra y sale. En el marco superior de la entrada, un panel escrito en euskera, árabe y español reza ‘centro cultural islámico de Errenteria’. En las inmediaciones, en una pequeña plaza, pasea Omar Bentemane, tiene 31 años y, aunque es de origen marroquí, de la ciudad de Tánger, lleva media vida en España. La sonrisa de su rostro sólo desaparece al ser preguntado por la crisis migratoria de Ceuta. «Es una situación muy complicada. Ver tantos muertos, muchos de ellos jóvenes, me duele porque uno podía haber sido yo. Entiendo perfectamente a toda esa gente porque yo me fui siendo joven y, antes de volver, prefiero vivir en la calle en Errenteria».
Durante toda la semana pasada, pero sobre todo el jueves, 72.000 migrantes cruzaron la frontera que separa ambos países. Una situación que este marroquí, uno de los 691 censados a finales de diciembre por el Ayuntamiento de Errenteria, vivió con incredulidad. «Cuando lo vi por televisión me quedé muy sorprendido y pensé: ‘el pueblo ya se ha cansado’».
Esa incredulidad aún la vive, cuatro días después, porque no sabe «qué ha ocurrido». «Creo que tiene un componente político. Sabía que esto iba a ocurrir algún día, pero nunca imaginé que iba a involucrar a tanta gente. Más de 60.000 personas para una ciudad como Ceuta es muy complicado de gestionar», comenta Omar.
Errenteria es el único municipio guipuzcoano que cuenta con dos mezquitas. La otra, a menos de cinco minutos andando de la de Assafavasc, está situada en el barrio de Iztieta, donde, según registros oficiales del consistorio viven 104 personas de origen marroquí –el 15% del total de los compatriotas censados en el municipio–. Muy cerca de allí, en la misma calle, se halla la asociación cultural Albir, un modesto establecimiento con aspecto de antiguo almacén que solo tiene un escritorio, varias estanterías con cuadernos y nombres y fotografías en las paredes de ciudadanos magrebíes residentes en Gipuzkoa. La mesa la ocupa el presidente del colectivo, Ibiki Lahcen, un hombre de 81 años que llegó a Euskadi en 1969 desde un pueblo del valle del Atlas. Su diagnóstico es claro: «¿Cómo va a ser el Gobierno de Marruecos el que ha mandado a esa pobre gente? Ningún gobernante lanza a sus hijos a una muerte segura, y menos teniendo en cuenta que son necesarios para que el país progrese».
Uno de los lugares neurálgicos de Iztieta es la plaza de la Diputación, donde este periódico charla con Yassine C. y Anas D., de 26 y 20 años. A ellos también les cuesta hablar de la crisis y de las duras imágenes que ha dejado en su retina. «No nos explicamos por qué ha venido tanta gente a la vez, pero creo que hay un componente político», opina Yassine.
Según informó este martes el ministro del Interior, 70.000 de los llegados a Ceuta volvieron de manera voluntaria. Anas se puede hacer una idea de quiénes son los dos mil restantes. «Los mayores van a volver a Marruecos, pero yo creo que los más jóvenes se van a quedar».
En el barrio de Herrera, muy cerca de la fábrica abandonada de Otis, Mohammad B. comparte banco con varios amigos. Todos son argelinos y no se explican qué ha pasado. «Hasta ahora, como mucho, entraban diez o quince personas en una semana. Pero ahora han entrado más de 60.000 en un día. La entrada no es tan fácil, porque la frontera está protegida en ambos lados. Yo creo que es política», comenta este joven de 31 años procedente de Alger, que niega que «entre ellos haya algerinos».
La incredulidad que muestran no es el único elemento en el que todos ellos coinciden, ya que los cuatro jóvenes consultados han vivido experiencias vitales similares. Omar llegó hace 15 años a Algeciras desde Tánger debajo de un camión. Sus compatriotas, más jóvenes que él, y Mohammad entraron en España a bordo de una patera junto a otra veintena de compatriotas –los dos primeros hasta Canarias y en el caso del argelino, hasta Mallorca, en un periplo de 40 horas–.
Yassine y Anas hablan con aplomo. «Nuestras familias quieren que volvamos y nos desean suerte, pero en nuestro país no hay futuro. Hay gente que no tiene casa y tampoco hay trabajo. Una persona gana ahí diez euros al día, pero una botella de gasolina ya cuesta siete euros».
Una realidad similar es la que comparte Bentemane, que confiesa estar completamente defraudado con la gestión política de su Estado. «Mi gobierno no se ocupa de la gente. Para que una familia de cinco miembros pueda vivir, todos tienen que trabajar. ¿Cómo pretendes vivir si el alquiler cuesta 300 euros y el salario no llega a los 270? Sólo pedimos educación y sanidad de calidad porque sabemos que hay dinero. Vemos los coches y las casas de lujo, pero cuando la gente enferma, muere antes de poder ser atendido en un hospital», argumenta. «Nada me gustaría más que poder volver a abrazar a mi familia, pero en Marruecos sólo se puedes malvivir. Yo aquí he encontrado un futuro para mi mujer y mi hijo».
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