Columna
Por alegrías
Un país agredido desde la frontera vecina requiere unidad interna
El País, , 04-08-2026La invasión de jóvenes llegados de Marruecos a la ciudad española de Ceuta ha sucedido y va a seguir sucediendo cada vez que al vecino sea necesario volver a recordar la fragilidad de nuestras fronteras naturales en las ciudades autónomas. Quizá conozcamos los factores que en esta ocasión se aliaron, incluso la pugna por la sede final del Mundial 2030. Puede que no. Lo que sí es digno de destacarse son las reacciones de alegría que ha provocado en muchos una situación tan deshumanizada y triste. Porque al final, no nos engañemos, que miles de jóvenes sueñen con abandonar su país no puede más que evidenciar la tristeza y el fracaso. Pero esas alegrías espontáneas, casi entre palmas de jolgorio flamenco, dan para un comentario. La primera la del presidente norteamericano Trump, que llegó a decir que esa sería la imagen que verían sus conciudadanos de ganar en el futuro el Partido Demócrata. Sus fronteras son iguales de frágiles, pese a la criminalización que se ha llevado a cabo contra los que optan por abandonar sus países en el sur. El problema de su mirada es que quiere ver aciertos ideológicos donde no hay más que desigualdad y pobreza, factores que han aumentado durante su mandato y que quizá puedan comenzar a corregir quienes le sucedan. Es el reto del milenio.
La otra enorme alegría, y no tan sorprendente, ha venido del actual Gobierno de Israel. El ministro Ben Gvir se atrevió incluso a ironizar, pidiéndole al presidente español que acogiera a todos los palestinos que se quieran marchar de Gaza. La enorme diferencia entre el modo en que los españoles han tratado de resolver este conflicto y el fallo de seguridad y protección que propició los salvajes atentados del 7 de octubre es total. La venganza israelí, desproporcionada e irracional, ha causado una carnicería de inocentes y ha destrozado el prestigio internacional de su país, empujándolo al rincón de los perseguidos por la justicia internacional. España, incluso en una situación de emergencia, ha intentado no causar más daño ni sumar muertos a los casi cien inocentes que perdieron la vida en el agua durante esta extraña invasión. Esa es la alegría que podríamos celebrar, aunque a pocos, en este panorama de belicosidad y deshumanización general vamos a convencer de ello. Otra singular alegría vino del Gobierno italiano, que corrió a cerrar las fronteras Schengen. Sorprende en un país que recibe constantemente llegadas de inmigrantes por mar y que solicita fondos y solidaridad de la Unión Europea para sus experimentos fallidos de subcontratas externas de internamiento. Semanas atrás se desvelaron casos generalizados de explotación laboral en régimen de esclavitud de muchos de esos inmigrantes sin papeles, así que ver fracasar la regularización española sería su sueño húmedo.
Hablar de la alegría de la oposición política es pertinente. Apenas tres días antes insistían en que ante una emergencia nacional como la de los incendios en la sierra de Madrid no cabía la politización, sino tan sólo la unidad y el esfuerzo colectivo. Dura poco la bonhomía. Un país agredido desde la frontera vecina requiere unidad interna. Incluso algunos radicales pedían a los jóvenes ceutíes que se tomaran la justicia por su mano, como si que las cosas vayan peor fuera la mayor de las satisfacciones cada vez que algo va mal. La alegría del Gobierno español cuando los jóvenes empezaron a regresar por su propio pie a su país da para otra coplilla sobre celebrar impotencias. Pero tantas alegrías ya no caben ante tamaña tragedia humana.
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