Racismo en Argentina, más allá del ruido viral
Durante el Mundial, la selección argentina fue blanco de acusaciones de racismo que traspasaron la mera controversia futbolística. ¿Hay una base histórica que las justifique?
La Vanguardia, , 04-08-2026El mismo día que España y Argentina se enfrentaron en la final del Mundial de fútbol, se multiplicaron en redes sociales los mensajes que sostenían que la selección de Messi no merecía ganar, no solo por razones futbolísticas sino por lo que supuestamente representaba. Frente a la imagen de una España multicultural y asociada al buen juego, aparecía la de una Argentina vinculada a un pasado y un presente racista, acompañada además de acusaciones de incivilidad, juego sucio y trampas.
¿Puede pensarse Argentina como un país con una historia especialmente racista? ¿Tiene sentido usar las mismas categorías que funcionan para pensar a Estados Unidos o a los países europeos?
Las voces expertas coinciden en que la pregunta misma se instaló en términos maniqueos, muy propios de la lógica de las redes sociales. “Lo más grave del planteamiento es el hecho de hacer un ranking de países más o menos racistas. Como si así se expiaran las culpas de un racismo estructural instalado en todo el mundo. El problema es el racismo en sí mismo”, dice Francisco Gil García, profesor de Historia de América en la Edad Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid.
“Racismo, entendido como operación ideológica que legitima desigualdades, ha existido y existe en Argentina, como en otros países”, explica Sergio Caggiano, doctor en Ciencias Sociales e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Sin embargo, señala que el racismo “como problema conceptualizado y tratado social y políticamente no ha sido muy relevante en la historia argentina”, en buena medida porque una de sus características centrales ha sido su negación como problema.
“La nación se construyó sobre la promesa de igualdad, de irrelevancia de los colores y las ascendencias”, explica Magdalena Candioti, historiadora y autora de Una historia de la emancipación negra: esclavitud y abolición en la Argentina. Esa promesa se tradujo en que “la legislación no impone diferencias de color ni segregaciones raciales expresas, pero sí que tenemos una historia de esclavitud, de construcción de estereotipos y discriminación hacia los africanos, los afrodescendientes y los pueblos originarios”.
“Desde luego que Argentina tiene una historia racista. El racismo está presente de forma estructural, al igual que en España y Estados Unidos”, sostiene Antumi Toasijé, historiador y ex presidente del Consejo para la Eliminación de la Discriminación Racial o Étnica de España, quien sitúa los orígenes en su pasado colonial: “Antes de llegar a Abya Yala [América en lengua guna], España ya había creado los estatutos de limpieza de sangre, y gran parte del racismo de las élites criollas de toda Latinoamérica proviene de esa tradición española”.
“Como todas las sociedades atlánticas, las Américas, Europa y África, Argentina surge de un tipo de sociedad colonial que fue intensamente racista”, explica el historiador e investigador del CONICET Ezequiel Adamovsky. Ese racismo, sostiene, “perdura tanto material como simbólicamente” y todavía se expresa en la estructura de clases y en la forma en que opera la violencia policial y judicial.
Sin embargo, Adamovsky rechaza la idea de que Argentina sea “un país particularmente racista, o incluso el más racista del mundo, como se ha llegado a decir”, y afirma que “en términos de prácticas materiales, está en la misma sintonía que el de otros países latinoamericanos. Si uno lo compara con el hemisferio norte, hay una diferencia muy profunda”.
Estados Unidos, explica, “solo se puede comparar con la Sudáfrica del apartheid o la Alemania nazi. Tuvo segregación racial, leyes de prohibición de casamientos mixtos, algo que nunca existió en América Latina”. Además, añade, “en Argentina no hemos registrado ningún antecedente de ataques colectivos de blancos hacia migrantes, algo que todavía ocurre en los países centrales”.
El investigador Sergio Caggiano insiste en que los racismos deben analizarse “en relación con los diferentes sistemas de clasificación que cada sociedad ha desarrollado durante su historia. No hay un racismo universal”.
En Argentina, esa racialización no puede entenderse separada de la desigualdad social. “No puede pensarse por fuera de la clase social, ni del clivaje entre Buenos Aires y las provincias del interior, ni de la diferencia entre zonas de residencia, de si uno vive en un barrio consolidado o en un asentamiento”, indica. Los cuerpos asociados a la categoría de “negro”, explica, “portan color de piel, pero también una clase social, un origen regional, un residencia e incluso una presunta adscripción política”.
“Argentina es uno de los pocos países de América Latina, junto con Costa Rica, con una narrativa de identidad nacional de país blanco y europeo”, indica Adamovsky. Esa fantasía, apunta, “internamente se traduce en la negación de la presencia o del valor de las personas que son negras, mestizas, indígenas. Y hacia afuera, este discurso muchas veces se ha traducido en un sentido de superioridad respecto de otros latinoamericanos”.
“Lo que tenía que ser una nación mezclada y neutral terminó celebrando su eurodescendencia y olvidando o considerándolas inferiores a las otras partes de la mezcla, necesitadas de superación o condenadas a la desaparición en las versiones más explícitamente racistas”, afirma Candioti.
“Argentina se considera a sí misma el más europeo de los países de Latinoamérica y sostiene el discurso de que no es latinoamericana”, dice Toasijé, quien afirma que “se intentó exterminar e invisibilizar a la población no blanca mediante diferentes métodos, uno de ellos el mestizaje inducido, que implicaba traer más población blanca para que la población originaria, indígena y negra se fuera diluyendo”. La expansión territorial hacia la Patagonia posterior a la independencia, afirma, “se hizo en base a un genocidio muy similar al que cometió Estados Unidos en el oeste”. Ese proyecto también quedó reflejado en la propia Constitución argentina, en la que “se dice claramente que se fomentará la inmigración europea”.
Ese artículo de la Constitución, “encierra una utopía de reemplazo poblacional”, basada en la sustitución progresiva de indígenas y afrodescendientes mediante la llegada de europeos, coincide Candioti. “Tiene un mensaje sobre cómo se pensaba a la población local, indígena, mestizada, criolla, parda, morena, como insuficiente, como gente que tenía que cambiar y volverse europea. Hay un proyecto de construcción de un país moderno y civilizado, y el modelo era Europa”, explica.
Tanto las políticas de inmigración europea como los discursos de las élites fueron claves en esa construcción identitaria. “En todo. No sólo en el siglo XIX, también en el XX”, asegura Francisco M. Gil García y recuerda “La necesidad de Faustino Domingo Sarmiento de contraponer civilización y barbarie en el título de su renombrado y popular Facundo. Julio Argentino Roca, la Conquista del Desierto, la disyuntiva entre una nación para el desierto argentino o un desierto para la nación argentina (según leamos a Tulio Halperin o a Fermín Rodríguez). También la conquista de ese otro ‘desierto verde’, mucho menos recordado, que fue el Chaco”.
“Durante los 200 años de República se insistió en la idea de que no hay indios y no hay negros”, apunta Caggiano. Esa negación, rasgo distintivo del racismo en Argentina, se asentaba en una identidad nacional asociada a la blancura, sintetizada en la idea de Argentina como un país descendiente de los barcos de inmigrantes provenientes de Europa y en el mito del “crisol de razas”, un crisol que en verdad remitía a la mezcla de nacionalidades que llegaban de Europa y que negaba la Argentina negra e indígena.
En Argentina, los encuentros interraciales se dieron de muchas formas desde mediados del siglo XIX, señala el experto, “muchas veces con base en la violencia masculina blanca, pero también de manera voluntaria entre personas indígenas, negras y blancas pobres”. Eso explica que, como ha señalado la antropóloga Claudia Briones, “al mismo tiempo, se diera un mestizaje o una miscegenación en los sectores populares, un segundo crisol de razas, acallado por la historia oficial, el de los trabajadores y pobres de diverso color de piel, negros, indígenas y blancos pobres, que forman lo que llamamos la ‘negritud popular’ sobre la que ha caído el racismo en Argentina durante más de cien años”, señala Caggiano.
Esa “negritud popular” no corresponde a un grupo racial concreto. “La negritud popular en Argentina es de varios colores. Se formó de descendencia afro, de descendencia indígena y también de trabajadores pobres de ascendencia europea o de Oriente Medio”, explica Caggiano y añade: “No es negra en la clave que se entiende en EE.UU., en Francia o en España. Podría decirse que es marrón, que es el color que ha elegido parte del activismo antirracista argentino, aunque también hay muchos blancos que forman parte de ella”.
“Argentina es un país muy interseccional en sus desigualdades. Sí tenemos claro que las diferencias de clase son fundamentales. Cuanto más rica es una persona, menos se ven sus colores”, explica Candioti.
“Esa población pasó de ser muy visible y de tener un peso relativo mayor, a tener un peso y una visibilidad muy pequeños”, explica la historiadora Magdalena Candioti. “Tuvimos una esclavitud muy olvidada, pero también una comunidad negra súper importante, que se llamaba a sí misma ‘de color’ o directamente ‘negra’, muy activa y articulada en Buenos Aires hasta inicios del siglo XX”, con periódicos propios y debates internos sobre “la asimilación o la articulación afrodiaspórica”. El Estado argentino, a diferencia de lo que ocurrió en EE. UU., invitó a olvidar esas diferencias, a integrarse bajo la misma identidad de “argentino”.
Claudia Contente, historiadora de la Universitat Pompeu Fabra, matiza algunas cifras que circularon tras el Mundial sobre la presencia histórica de población esclavizada en Argentina: “hubo explotación, hubo esclavitud, pero era algo menos habitual que en economías esclavistas como Brasil, no extendido en todo el territorio”. Trabajando con censos de principios del siglo XIX, donde todavía se registraba el color de la gente, encontró “un 20% de esclavos en zonas como La Matanza o San Isidro, los lugares donde más había esclavitud. Hablamos de 20%, no de 50% o más, como se ha afirmado”.
También introduce matices sobre la ley de libertad de vientres de 1813, que suele presentarse como un momento clave en el proceso de abolición, porque establecía que todos los hijos nacidos de mujeres esclavizadas serían considerados libres. “En 1839 todavía hay registro de patronazgos sobre hijos de mujeres esclavizadas, cediéndolos a condición de que se quedaran trabajando en la explotación”, asegura. El hecho de que se haya tenido que incluir la abolición de forma explícita cuarenta años después, en la Constitución de 1853, también puede servir de prueba de que la esclavitud todavía existía en la práctica, indica la investigadora.
La relación del Estado argentino con los pueblos originarios “siempre quedó marcada por su conquista, aculturación o anulación, por el genocidio y el etnocidio, por la negación de su existencia, por el no reconocimiento de sus derechos. Ayer igual que hoy”, asegura el profesor de la UCM Francisco M. Gil García.
Cuando el presidente Juan Domingo Perón recibió a los indígenas del Malón de la Paz de 1946 – recuerda – “no los recibió en la Casa Rosada, sino en el hotel donde éstos se alojaron. se los paseó por Buenos Aires y se les llevó al fútbol, pero cuando exigieron respuesta a sus reclamos de tierras se ordenó su reclusión y su retorno forzoso a la provincia de Jujuy”, indica. Más de tres cuartos de siglo después, el Tercer Malón de la Paz llegó a Buenos Aires en 2023 para reclamar tierras y oponerse a la reforma de la Constitución de la Provincia de Jujuy, y tampoco fue recibido en la Casa Rosada.
Desde la llegada de Milei al poder, sostiene Gil García, los pueblos indígenas atraviesan “un retroceso en reconocimientos y derechos en todos los niveles”, con medidas como la derogación de la Ley de Emergencia Indígena, la disolución del INAI y el bloqueo sistemático de cualquier ley de propiedad comunitaria. El próximo 6 de agosto, el Senado volverá a votar un proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada que, de aprobarse, “permitirá abrir la puerta principal a los desalojos de comunidades indígenas, la expropiación de tierras o a que empresas extranjeras puedan hacerse con los territorios y recursos de las comunidades indígenas”.
Ya en el Mundial anterior, The Washington Post había instalado la pregunta de por qué la selección argentina no tenía más jugadores negros en comparación con otras selecciones sudamericanas.
“Lo que muchos argentinos vemos con facilidad es que nuestra selección no era blanca. Lautaro Martínez o el Cuti Romero no son ejemplos de blanquitud”, apunta la investigadora Magdalena Candioti. El problema, dice, es que Argentina ni siquiera dispone de un vocabulario cómodo para nombrar esas diferencias.
Un dato que suele pasar inadvertido, dice el Adamovsky, es que Argentina tuvo el primer futbolista afrodescendiente, Alejandro de los Santos, en su seleccionado ya en la década de 1920, con un único antecedente previo en el mundo, el jugador de la selección escocesa Andrew Watson. El propio Diego Maradona, recuerda, tenía ascendencia indígena y africana, diluida por generaciones de mestizaje hasta volverse imperceptible.
A Maradona, ídolo nacional con raíces afrodescendientes, de un hombre esclavizado que luchó en el Ejército de los Andes – aclara Francisco M. Gil García – , se le suman otros nombres que se han citado en los últimos días “para sostener que Argentina no es racista puesto que eleva a la categoría de ídolos, héroes y símbolos a personas afrodescendientes”, como el Sargento Cabral, que socorrió al prócer San Martín, o María Remedios del Valle, nombrada Capitana por Manuel Belgrano, con quien comparte hoy el anverso del billete de 10.000 pesos, en curso legal desde mayo de 2024, “un reconocimiento bastante reciente, a pesar de lo que algunos quieren esgrimir”, señala el experto.
La acusación de ser un país racista despertó una indignación generalizada en Argentina. “Genera rechazo que lleguen acusaciones desde EE. UU., donde fue legal la segregación, y desde España, que sostuvo una organización colonial que explotó a los indígenas y se comprometió activamente en el tráfico esclavista”, apunta Candioti”.
Las voces consultadas coinciden en que esa indignación, acrecentada incluso por otras acusaciones paradójicamente racistas de “locura”, “desmesura” e “incivilidad”, que son “exactamente los componentes del discurso racista”, en palabras de Caggiano, no debería llevar a “una defensa nacionalista tan ingenua como la acusación que la provoca”, que suponga negar las huellas del racismo en la sociedad argentina, un racismo que necesita nombrarse y revisarse, aunque en los propios términos.
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