«Las mujeres en Afganistán no tenemos derecho a vivir y hemos tenido que huir»
Euskadi recibe a un grupo de chicas afganas que buscan labrarse un futuro lejos de los talibanes, que llevan al frente de su país desde 2021
Diario Vasco, , 02-08-2026Este verano se cumple un lustro desde que los talibanes tomaron Afganistán. Cinco años desde que la vida de las mujeres que residen en este país se ha convertido en un infierno. Apenas pueden salir de sus casas y, cuando lo hacen, deben ir acompañadas de hombres de su familias. «Parece que las mujeres en Afganistán no tienen derecho a vivir», se lamenta un grupo de jóvenes afganas que acaban de llegar a Euskadi para comenzar una nueva vida. «Hemos tenido que huir para poder vivir». Son Saghar Sikandary (27 años), Qodsia Shapour (27 años), Khatera Jafari (29 años) y Shagool Nazari (30 años).
Aunque cada una tiene sus inquietudes y sus respectivas historias, muchas de las experiencias a las que les ha tocado enfrentarse se asemejan. Son cuatro mujeres nacidas en Afganistán a las que el ascenso al poder de los talibanes les cogió terminando sus estudios o empezando en sus diferentes trabajos. Su mundo se desmoronó. Pero todas ellas consiguieron, de una manera u otra, huir de su país de origen a Uzbekistán becadas en un programa fundado por las Naciones Unidas y la Unión Europea. Una vez terminados esos estudios, sin embargo, no lograron el permiso de trabajo y, ante la imposibilidad de solicitar allí el estatus de persona refugiada, tras varios años de gestiones han podido por fin llegar a Euskadi gracias a las asociaciones Yaran y Benetako Izenak y el Gobierno Vasco.
En total han sido sido tres años de negociaciones y papeleo a través de un programa coordinado Yaran, que trabaja con personas desplazadas o que residen en países en conflicto. Más de cinco años durante los cuales estas jóvenes han vivido en una incertidumbre continua, pero esperanzadas por la oportunidad que vislumbraban. «Y la espera ha merecido la pena».
«En la actualidad, las mujeres no tienen vida en Afganistán», se lamenta Saghar. «No podemos estudiar, no podemos trabajar… Ni siquiera podemos ir de compras solas», asegura. Ella conserva a su familia en su país natal, y aunque les echa «mucho» de menos, mantiene contacto continuo con ellos, que están «muy felices» por ella. «Esta es una de las mejores oportunidades que he tenido en la vida y mi padre me ha pedido seguir adelante y que la aproveche. Me apoyan mucho», insiste en inglés. Todavía no habla español –menos aún euskera– pero junto a sus compañeras –en total son diez las mujeres que han llegado a Euskadi– acude a clases en Mondagron Lingua y Mondragon Unibertsitatea. Entre otras cosas, estudian el idioma.
Ella se fue de Afganistán en 2022, por lo que la toma de los talibanés le cogió de pleno. Le costó mucho irse, porque coger un vuelo sola «era casi imposible». Pero lo consiguió a través de Irán. Toda una odisea para conseguir una vida digna. Pasó «mucho miedo», aunque ahora está «muy esperanzada de crear una vida en Euskadi. Volver a Afganistán no entra en mis planes. Desde luego, no me conviene en absoluto. No merece la pena».
Parecida es la aventura, por decirlo de alguna manera, que vivió Qodsia hasta llegar a Uzbekistán, donde estuvo dos años, y, después, a Euskadi. Ella aplicó a una beca en diferentes países del mundo, y la logró en Uzbekistán. Su objetivo desde Euskadi es claro. «Seguir formándome para dar apoyo a todas las chicas que viven en Afganistán y no tienen la oportunidad de recibir educación ni vivir libremente», afirma. «Quiero ayudar a todas aquellas mujeres que no han podido salir de mi país y que están pasándolo tan bien. Es mi sueño. Y no solo en Afganistán, en todo el mundo. Pero es cierto que me hace especial ilusión centrarme en las chicas de mi país, que no tienen apenas acceso a nada».
Khatera sabe perfectamente de lo que hablan sus compañeras. Ella también lo ha vivido en primera persona. «Y es devastador», dice. La situación en Afganistán todavía a día de hoy «no es nada buena para las mujeres. Quería labrar mi futuro y la única opción que tenía era irme», dice. «Los talibanes quieren que las mujeres estén en casa, sin salir. Y después de tantos años de estudio no estaba dispuesta a no trabajar y quedarme encerrada».
Ella era profesora cuando los talibanes tomaron Afganistán. Trabajaba en una escuela de niños, masculina. «A los talibanes no les pareció oportuno que una mujer diera clase a chicos», por lo que tuvo que retirarse a su hogar. El primer día logró que le permitieran acudir al centro «tapada entera con niqab, como ellos querían. Tuve que hacer papeleo para que me recolocaran en un colegio de chicas. Les parecía mejor opción». Pero la realidad es que al tiempo «prohibieron a las chicas ir a la escuela», y entonces ella se tuvo que quedar también en casa, «aunque recibía un sueldo». Sin poder llevar a cabo su vida. Sus sueños. Un año después se fue del país.
Shagool es otra de las jóvenes que en la actualidad disfruta del País Vasco, donde está «feliz». Se siente «muy agradecida» por esta nueva oportunidad. «Necesitábamos ayuda, no podíamos volver a Afganistán después de haber salido. Aquí tenemos derecho a estudiar, tenemos libertad… Estamos bien, pero no puedo dejar de pensar en todos mis seres queridos que se han quedado allí».
Entre sus planes ahora, está «seguir estudiando para conseguir un buen trabajo en el futuro y poder ayudar a mi familia en Afganistán», asegura. Incluso le gustaría traer a su hermana o su hermano. «Y lo estamos intentado», aclara. Toda su familia está allí y no quiere que sufran. «En este momento es un país peligroso y me encantaría ayudarles. Ojalá conseguirlo».
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