Sánchez se queda solo en Ceuta

El Gobierno ha oscilado entre el moralismo y la improvisación. Ha presentado la inmigración como una cuestión de gestos

La Razón, Tomás Gómez, 01-08-2026

Cuando Pedro Sánchez decidió que la inmigración debía centrar el debate político, no lo hizo movido por un proyecto diseñado y coherente con un sistema de valores, sino porque era terreno abonado para confrontar con Vox y dejar al PP en una situación muy incómoda, en la que perdiese algunos votantes por blando y otros por demasiado inflexible.

El problema de tomar medidas para la coyuntura, cuando deberían ser de carácter estratégico, son los daños que producen. La falta de planificación, la ausencia de una estrategia migratoria coherente, la dependencia constante de coyunturas diplomáticas y convertir problemas estructurales en debates propagandísticos, son las críticas que deben hacerse en este ámbito a Sánchez.

El Gobierno ha oscilado entre el moralismo y la improvisación. Ha presentado la inmigración como una cuestión de gestos cuando en realidad exige planificación, recursos y autoridad democrática.

En un momento de debilidad manifiesta de la Unión Europea, en que las tensiones con Donald Trump y la guerra de Ucrania, exigen decisiones consensuadas que den una sola voz al Viejo Continente, Sánchez suele descolgarse para salir del paso de los asuntos domésticos que le cercan, generando discrepancias importantes con los socios europeos.

Los incidentes de Ceuta han provocado que 22 países de la UE criticaran duramente la política migratoria española en una carta dirigida a Von der Leyen, e incluso se pusiese sobre la mesa el debate sobre la suspensión de España en el espacio Schengen.

No es una posición mantenida solamente por la derecha más extrema europea, a la crítica se han sumado socialdemócratas como la primera ministra danesa y países vecinos como Francia han llegado a plantearse el control de frontera con España.

Sánchez ha respondido criticando duramente lo que ha calificado como egoísmo de los países que han criticado a su gobierno, pero olvida que cada vez que ha tomado una posición internacional, como la confrontación con EE UU e Israel o los contactos con el gobierno chino, lo ha hecho movido por intereses políticos locales, dejando, en ocasiones, en apuros a la Unión Europea.

La política exterior con Marruecos ha sido inquietante. Después de episodios oscuros, como el presunto espionaje en el caso Pegasus, el repentino cambio de posición respecto al Sahara y la controvertida visita de Sánchez a Argelia, a Rabat no le ha venido mal el incidente.

Estados Unidos ha aprovechado para cargar contra el presidente español, culpabilizándole por la regularización de inmigrantes que se ha producido en nuestro país y el gobierno marroquí ha aprovechado para reclamar nuevamente Ceuta y Melilla y generar la imagen de división que se ha visualizado entre los países miembros.

La frontera de Ceuta no es un accidente geográfico, es una institución democrática. Sin fronteras no hay ciudadanía, y sin ciudadanía no hay Estado social. Por eso, es inadmisible que el gobierno no tuviese la más mínima previsión de que más de 50.000 marroquíes saltasen la frontera.

Sánchez quería volver a polarizar y, para ello, necesitaba dividir usando como coartada los Derechos Humanos. Confundir humanidad con ausencia de control es una grave equivocación, porque la política migratoria justa exige solidaridad, pero también Estado, legalidad y capacidad de integración.

Cuando la izquierda solo habla de derechos, olvida sus deberes. Una derecha que solo habla de fronteras, olvida a las personas. El reto consiste en sostener ambas cosas a la vez. La frontera debe existir, pero también la esperanza.

El Estado debe controlar quién entra, pero nunca perder de vista que detrás de cada entrada hay un ser humano que busca una vida mejor. Gobernar la inmigración significa precisamente no elegir entre una cosa y la otra.

Sánchez pasará a la historia por ser uno de los peores presidentes que ha tenido España. No se trata solo de aferrarse al sillón cuando la ingobernabilidad del país es definitiva, ni de utilizar las prerrogativas del ejecutivo para afianzar pactos partidistas, ni de estar inmerso en varios casos de corrupción grave, algunos con sentencias judiciales, ni de una política exterior errática, se trata de que la acción de gobernar se ha banalizado y se ha reducido a la tenencia del poder.

Sánchez encontrará un culpable para lo que ha sucedido en Ceuta, pero la auténtica responsabilidad es de quien solo hace cálculos electorales cuando publica el BOE.

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