Ceuta, el espejo más incómodo

La crisis migratoria ha puesto de manifiesto un problema real que la ultraderecha explota con eficacia, pero cuya complejidad no puede reducirse a una simple batalla ideológica

Diario Vasco, Alberto Surio, 01-08-2026

Hay asuntos que Europa solo afronta cuando llaman a la puerta. La inmigración es uno de ellos. Mientras permanece lejos de las fronteras, prevalecen los principios; cuando llega a las costas o salta una valla, mandan los intereses nacionales. Ceuta ha vuelto a demostrar que la política migratoria europea sigue siendo una suma de contradicciones antes que una estrategia compartida. La crisis ha estallado en las manos al Gobierno de Pedro Sánchez, enfrentándole con otros socios de la UE en relación con la política migratoria y revelando un rompecabezas en el que se entremezclan factores humanitarios, jurídicos y geopolíticos.

El conflicto ha abierto en canal y de forma dramática una de las mayores paradojas de la Unión Europea: la dificultad de conciliar el discurso humanitario con una política migratoria capaz de responder a una presión creciente sobre las fronteras. Es un debate que atraviesa todo el continente y que ya no admite simplificaciones ideológicas. La ultraderecha capitaliza la situación pero sería un error limitar el asunto a una batalla moral por los principios frente al extremismo.

Resulta tentador atribuir el endurecimiento de las políticas migratorias al auge de la ultraderecha. Italia parece confirmar ese diagnóstico. Pero sería una explicación demasiado cómoda. También Dinamarca, gobernada por los socialdemócratas, ha impulsado algunas de las políticas más restrictivas del continente y ha cuestionado pilares que parecían intocables, como la libre circulación dentro del espacio Schengen. La inmigración ha dejado de ser un asunto que enfrente a la izquierda con la derecha. Hoy divide incluso a quienes comparten una misma tradición política.

En realidad, el gran cambio de los últimos años es otro. Ha desaparecido el tabú. Lo que hace una década era patrimonio casi exclusivo de los partidos nacionalistas o de la derecha radical ha terminado instalándose, con distintos matices, en el centro del debate político europeo. No porque hayan cambiado los valores proclamados por la Unión, sino porque la realidad migratoria ha acabado imponiendo una discusión que durante demasiado tiempo se intentó resolver con consignas más que con políticas.

España ha obtenido el respaldo teórico de la Unión Europea frente a la presión ejercida por Marruecos. Era imprescindible. Ceuta no es solo una frontera española; es una frontera europea. Sin embargo, el apoyo institucional no resuelve el fondo del problema ni las críticas de algunos de los socios, que se han hecho oír. Sánchez intenta sostener su posición con una avalancha de cifras sobre empleo, regularizaciones y aportación económica de la inmigración. Los datos son relevantes, pero en política las percepciones suelen imponerse a las estadísticas. Y las imágenes de Ceuta pesan mucho más que cualquier cuadro comparativo.

Después de la conmoción provocada por los incendios forestales, el foco se desplaza hacia otro escenario de enorme carga emocional para la política española: Marruecos. Pocos asuntos despiertan tantas resonancias históricas, diplomáticas y sentimentales. Cada crisis reactiva viejos reflejos nacionales y convierte el análisis sereno en una tarea casi imposible.

Las imágenes hablan por sí solas: el Ejército desplegado en las calles, menores vagando sin rumbo, cadáveres en la playa, una frontera convertida en símbolo de un fracaso colectivo. Sobre ese escenario irrumpe la política de siempre. El Partido Popular recurre a una oposición de trazo grueso, convencido de que toda crisis desgasta al Gobierno. Vox explota el miedo con un populismo que convierte un drama humano en un eslogan. Entre unos y otros apenas queda espacio para una reflexión seria sobre un fenómeno estructural que Europa lleva demasiado tiempo intentando gestionar a golpe de improvisación.

La inmigración exige algo más que consignas morales o respuestas de emergencia. Exige una política europea común, una gestión eficaz de las fronteras, cooperación real con los países de origen y vías legales que permitan ordenar unos flujos que seguirán creciendo por razones demográficas, económicas y geopolíticas. Ningún país puede resolver en solitario un desafío de esta magnitud.

Ceuta no ha provocado el debate europeo sobre la inmigración. Simplemente ha impedido seguir disimulándolo. La frontera entre solidaridad y seguridad hace tiempo que dejó de ser una línea geográfica. Hoy es, probablemente, la mayor fractura política de Europa.

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