El difícil arte de rectificar

Deia, Juan Mari Gastaca, 01-08-2026

Rectificar es de sabios. Quizá así se entienda más fácil el sonoro resbalón de Isabel Díaz Ayuso al tratar de sacudirse torpemente la estrambótica compraventa de un majestuoso ático en el corazón de Madrid. Son ese tipo de errores que te dejan marcado, aunque dispongas de solícitas terminales mediáticas dispuestas a mitigar el estropicio. Bien lo sabe Sánchez, presto a sofocar la comprensible indignación ciudadana que supone la entrada avasalladora en Ceuta de incontables inmigrantes, a quienes en Marruecos, su país de origen, asocian con víctimas de una mafia que sigue campando a sus anchas desde hace demasiados años. No es esperable que esta dictadura africana admita la cruda realidad de semejante mercadeo humano: siempre abre la verja para quitarse problemas de encima o, simplemente, chantajear. La respuesta de la devolución se antojaba inevitable.

Venía Sánchez de detallar ufano el exitoso balance de medio año del “Gobierno de la gente” (sic), cuando se encontró con el regalo de Ayuso. Bien es verdad que había defendido con unos grados menos de ardor al comisionista Zapatero antes de que el juez rectificara para admitir la petición de nulidad de su causa, pero su optimismo escénico guardaba una razón muy poderosa: ya le había llegado el soplo de que se avecinaba una intempestiva tormenta sobre su acérrima enemiga. Tras haberse quitado la cara durante horas analizando el alcance de las devastadoras llamas, estos dos arrogantes políticos seguían teniendo motivos para mirarse de reojo. Principalmente por la (mala) suerte de sus respectivas parejas, asociadas a un incómodo recorrido judicial desde hace demasiado tiempo. Pero esta vez era un combate resuelto de antemano. La presidenta volvía a enredarse con la martingala gubernamental sobre el cambio climático y esa recurrente idea del Pacto de Estado contra los incendios después de ocho años en el poder. A Sánchez le valió que saliera a la luz lo que ya sabía para derrotar a su acérrima enemiga: Ayuso había disfrazado de futura oficina provisional la onerosa compra de un capricho inmobiliario ideado para su más que previsible disfrute personal. Un inmenso error propio de una insidiosa mezcla de inmunidad y arrogancia impúdica no exenta de gotas de engaño escondido. Hasta que el eco informativo degeneró en estallido político y obligó a una apresurada rectificación.

Las prisas urgidas siempre son pésimas consejeras. Agobiados por el escándalo, carentes de una mínima justificación solvente, a la sala de máquinas de MAR solo se le ocurrió conmutar la vergonzosa compra por una inmediata venta cuyo importe se uniría a la bolsa común de ayuda a los damnificados por los incendios. Carcajada generalizada. Ya no había necesidad alguna de buscar un acomodo a la presidencia para que trabajara mientras acaban las obras en la sede de su despacho oficial.

En Génova, hay preocupación porque con este patinazo afloran sueños envenenados que ensombrecen peligrosamente la imagen de Ayuso y su pareja. Madrid sigue siendo un granero nuclear para la suerte futura de Feijóo. Además, sin mayoría absoluta en mayo próximo, la voracidad de Vox no tendría límites en el contexto de la Asamblea regional como escaparate. El compañero de la presidenta transita demasiado vinculado a turbias operaciones mercantiles. Tampoco sale bien parado al quererse desprender, a cambio de 1,7 millones, de un inmueble de su propiedad una vez que su novia hubiera decidido ocupar como oficina un refinado dúplex de Chamberí. El PP tampoco gana para disgustos.

CARA Y CRUZ DE LA INMIGRACIÓN

En cuestiones de inmigración, Sánchez juega con fuego. No solo porque se queda solo en el ámbito de la UE con sus políticas, sino porque se puede estar generando un clima de progresivo rechazo en casa a esta mano abierta a la regularización. Su alcance resulta imprevisible, aunque fácilmente detectable más allá de la xenofobia galopante de Vox.

La retransmitida invasión en Ceuta abre un melón discursivo que favorece peligrosamente las tesis más populistas e insolidarias. Escenas tan hirientes, en las que vuelven a incluirse víctimas mortales, resultan justificadoras de una comprensible emergencia nacional y, al tiempo, desnudan una insultante debilidad fronteriza ante los antojos deshumanizantes de la dictadura de Mohamed VI. Una interpretación comprensible al tratarse de un aliado preferente desde que Sánchez acometiera una pirueta diplomática jamás explicada y en el marco del espionaje marroquí con Pegasus a centenares de móviles españoles, incluido el del propio presidente.

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