Rubén Blades, magisterio latino en Noches del Botánico

El panameño descorcha las mejores esencias de una cultura compartida: baile y conciencia social son compatibles y necesarias

La Razón, Ulises Fuente, 28-07-2026

Con una inmensa bola de discoteca alumbrando la pantalla de video y el bajo percutiendo un ritmo funky apareció Rubén Blades sobre el escenario de las Noches del Botánico en Madrid. El legendario poeta de la salsa llegaba a la capital respaldado por un comando musical, el del combo de Roberto Delgado, con un objetivo: descoyuntar cuerpos y conciencias. Y lo hizo, para demostrar a quienes piensen lo contrario, que gozar y pensar no son actividades excluyentes.

A sus 78 años, además, Blades hizo exaltación de una privilegiada capacidad escénica y vocal.

Arrancó con “Plástico”, una canción sobre las falsas apariencias, las de mujeres y hombres neumáticos, henchidos de gases innobles, de químicos y fantasmas. Pero no, anoche no había nada artificial, ni derivados del petróleo. Estábamos ante la verdad original del ritmo hegemónico de la América hispana: congas, maracas, metales y percusiones: el equivalente a la filarmónica de Berlín en materia de música popular, moviéndose todos, su veintena de componentes, de la punta de un pie al otro siguiendo el compás con un balanceo natural como el de la marea.

Concierto de Rubén Blades en las Noches del Botánico en Madrid

Ricardo Rubio

Europa Press

Las banderas de todo el continente americano se alzaban aquí y allá: ¡incluso había argentinas, oigan, por el bien de la concordia! Y empezó a enumerar las naciones iberoamericanas una por una (bueno, no todas, claro) y el clamor se hizo atronador en una:

Venezuela ganó por goleada, pero esto no iba de eliminatorias, sino de sumatorias.

“Decisiones” demostraba por qué el señor Rubén Blades, despojadas las gafas negras, es quien es: una novelita encapsulada en tres minutos que se leen con la cadera, que se entienden mejor en un tiempo de ciudadanía cuestionada, de xenofobia y de miedo al otro. El panameño, en cambio, tuvo pronto un gesto de empatía: “imposible estar aquí y no solidarizarse con los incendios”, proclamó bien informado. No sería la única vez.

“Esta es una canción de 2009, que explica en gran parte por qué tenemos migraciones masivas. Mientras no se solucione el problema que provoca que las migraciones ocurran nunca va a cambiar. No lo hará mientras los políticos sigan haciendo de nuestros países, países portátiles", explicó. “País portátil” habla, precisamente, de la corrupción, la maldad y la codicia, temas de primera plana de los periódicos. "Yo soy un emigrante. Estudié leyes, yo no iba a ser músico ni actor – dijo recordando cómo se le cerraron las puertas – . Me fui de Panamá en el 74 y no fui ni a mi propia graduación. Se fueron mis papás en el 73. Los que nos vamos lo hacemos porque nos fuerzan. La dictadura, la ausencia de oportunidades, la corrupción… por eso esta canción está dedicada para todos los emigrantes como yo”, dijo empático. Era el turno de “Emigrantes”,

una letra profundamente política, algo que, ya sea para bien o para mal, ha perdido toda la nueva escena hegemónica de música latina

, que ha conquistado el mundo por pleno derecho. Pero, ¿es suficiente el éxito? ¿conquistar el mercado es toda aspiración posible para los marginados? ¿Está la llamada “revolución latina”

- el reguetón Bad Bunny, Shakira -

completa si renuncia a ser política, si calla ante el sistema por dólares que fluyan?

Concierto de Rubén Blades en las Noches del Botánico en Madrid

Ricardo Rubio

Europa Press

“Me prohibieron esta canción.

Dijeron que inspiraba al aborto, al alcoholismo y a la infidelidad marital. Inteligencia militar”

, se rió Blades antes de arrancar con “Prohibido olvidar”. Ay, si Bad Bunny se atreviera a una pequeña parte del riesgo (tanto artístico como por la propia integridad física) del poeta de la salsa. Por supuesto que el puertorriqueño elige su camino y no somos nadie para indicarle quién debe ser, pero si en su largo y esplendoroso futuro tuviera la fortuna de escribir algo como “prohibieron el rebelarse contra la mediocridad”, tendría de inmediato un lugar en la posteridad. Nada que reprochar, de entrada, a Benito como blanco fácil y mediático, le sacamos a colación porque en su exitoso “YHLQMDLG” rinde homenaje a la salsa. Aquí habría tenido una ración concentrada, un eco útil para alguien como él involucrado en el Verano Boricua pero algo desentendido después, o implicado en otras causas, según parece.

“En 1987 salió el disco por el que me dieron mas palos que nunca. Le propuse hacer disco a Gabo y me dijo que lo hiciera solo, porque no acabaríamos nunca. Los salseros dijeron que había destruido la salsa y los intelectuales que había destruido la obra de Gabo. Lo compramos él y yo”, rió el panameño. Porque el compromiso de Rubén Blades es doble: político, indudablemente, pero también con un repertorio y un género, el de la salsa (Fania en el recuerdo), del que queda como último guerrero representante. No solo se trata de la salsa: de una herencia común, una manera de vivir de la que habla en “María Lionza” con recuerdo a las víctimas del terremoto de La Guaira. Una cultura que está lejos de estar muerta, como bien pudo comprobarse anoche. ¿Creen que hablo por hablar? Hagamos memoria o, mejor, que nos ayude Blades en “Todos vuelven”, monumento del género, tema compuesto por

César Miró

, que de nuevo aborda la diáspora y el regreso. Mientras él cantaba, aparecían detrás innumerables figuras afines:

Johnny Pacheco, Machito, Joe Cuba, Tito Rojas, La Lupe, Paco de Lucía, Ray Barreto, Cheo Feliciano, Willie Colon, Hector Lavoe, Tito Puente, Celia Cruz

… los nombres de salseros y aliados que se fueron no paraban de aparecer a sus espaldas, como heraldos de un son subterráneo.

Concierto de Rubén Blades en las Noches del Botánico en Madrid

Ricardo Rubio

Europa Press

Y de eso iba exactamente la cosa: “La belleza del son” nos llevaba directamente a Santiago de Cuba mientras la Luna llena o casi llena, puede que naranja, se asomaba discreta, en un ángulo. “El éxito es la contribución se lo agradezco a todos”. Porque esta es una historia de muchos escenarios, no se vayan a pensar que es cosa menor: “Paula C” transcurre en uno de los epicentros más improbables de la salsa, en el lugar perfecto para la mestiza e incontenible historia de esta cultura. En la calle 82 de

Nueva York, el Upper West Side, aconteció parte de esta enorme utopía. Sí, en el corazón del gringo.

Allí fue donde, entre otros temas, Héctor Lavoe grabó “El cantante”, canción de Blades, que sonó a continuación. “Soy la voz de Puerto Rico y canto en los nuevayores”, cantaba Blades. Nada más que añadir. Que entiendas los boricuas que quieran entender. Porque Lavoe pasó, hace ya bastante tiempo, buenos veranos en Nueva York que ya quedan para la eternidad. Pero quedaba, como escrita por Gabo, el éxtasis:

“Pedro Navaja” merece el Premio Cervantes si alguna vez resulta osado. Vengan a rebatirme los académicos que se precien, de uno en uno.

No podemos apostillar esa canción en estas líneas. Hubo una despedida, con aroma local. Niño Josele se subió a interpretar “Parao”. Las dos orillas se agarraban el cogote en un abrazo de viejos amigos.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)