Contar la ‘prioridad nacional’
Quién escribirá las palizas de Torre Pacheco o la incertidumbre de muchas familias ante el infame acuerdo del PP con Vox
El País, , 28-07-2026Aunque sepamos que la historia no se repite y que las circunstancias siempre son otras, es inevitable leer el pasado como espejo del presente, intentar comprender cómo pudo ocurrir lo que ocurrió y establecer paralelismos con lo que sucede ahora. Victor Klemperer era un brillante filólogo alemán que, conforme Hitler se iba haciendo con el poder, fue tomando notas para un ensayo excepcional que analiza tanto los giros lingüísticos de lo que pronto empezaría a denominarse Tercer Reich, como su difusión y normalización entre la ciudadanía; pero, al mismo tiempo, escribió un diario clandestino por su condición de judío en el que explicó minuciosamente cómo se institucionalizó el terror nazi. Mihail Sebastian era un escritor rumano también de ascendencia hebrea, aunque del todo secularizado, y en su extraordinario diario, que abarca desde 1935 a 1944, contó el modo en que el fascismo antisemita se fue extendiendo en su país incluso entre amigos como Cioran o Mircea Eliade.
Tanto Klemperer como Sebastian dieron testimonio, con una lucidez a medio camino entre el horror y cierta ironía atónita, de cómo los partidos conservadores democráticos fueron acercándose a los ultras que acabaron fagocitándolos. Aunque no en el caso de Klemperer ni de Mihail Sebastian, muchos intelectuales y artistas judíos emigraron a Estados Unidos y se asentaron en aquella tierra nueva, con una mezcla de ímpetu optimista hacia el provenir y de melancolía inconsolable por el mundo perdido. Es lo que cuentan las novelas de Isaac Bashevis Singer o Henry Roth, mientras que Saul Bellow, que pertenecía ya casi a una segunda generación, robusteció la dignidad judía de ser norteamericano de pleno derecho sin perder de vista la pervivencia del antisemitismo. Simultáneamente, escritores como James Baldwin o músicos como Miles Davis trataban de luchar por la igualdad racial y los derechos civiles tras comprobar que eran tratados mejor en París que en su país de nacimiento.
Cuando Philip Roth publicó La conjura contra América, que era una novela en la que imaginaba lo que les habría sucedido a los judíos asimilados si en las elecciones presidenciales de 1940, en lugar de Franklin D. Roosvelt, hubiese ganado el héroe de la aviación y fanático aislacionista Charles A. Lindberg, puede que nadie pensase que, 20 años después, un presidente norteamericano atentara tan frontalmente contra la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, quebrando con sus medidas xenófobas el principio ilustrado de ciudadanía que la sustenta. Uno ve las escenas de protesta que se dieron en Minneapolis contra el ICE, los crímenes que siguen cometiendo y que denunció Bruce Springsteen, el modo de proceder de esa policía antiinmigración que parece un cuerpo paramilitar o el clima de terror que ha instaurado entre los extranjeros a los que Trump vuelve a llamar aliens, que es como los amigos de Mihail Sebastian que gravitaban en torno a la Guardia de Hierro llamaban a los judíos, y entonces se pregunta quién lo contará.
Quién contará el pánico de aquel niño con su mochila del colegio arrestado por el ICE. Qué chaval africano dará testimonio de las condiciones de vida en los asentamientos chabolistas de inmigrantes a las afueras de las ciudades italianas. Qué adolescente narrará el miedo de una noche de cacería en las calles de Belfast, Johannesburgo o alguna ciudad británica. Y aquí, en España, qué alumna de instituto cogerá el testigo de Najat el Hachmi o Margaryta Yakovenko y escribirá una novela sobre las palizas de Torre Pacheco o la incertidumbre de sus familias ante la nombrada “prioridad nacional”. Quizás sea la compañera musulmana que ha compartido con mi hijo grupo de 3º de la ESO, y cuya madre ha sacado matrícula de honor en el bachillerato nocturno para adultos, cuando ya se creían que iban a vivir por fin tranquilas, en un lugar que les había abierto las puertas de su educación pública y su sanidad. Porque qué pensarán ahora que, en Andalucía, su presidente ha aceptado lo que dijo que nunca iba a aceptar. Tal vez estén intentando probar eso que Moreno Bonilla ha denominado “arraigo”, olvidando a los andaluces que tuvieron que marcharse no hace tanto a Cataluña, Alemania o Suiza en busca de una vida mejor, para camuflar su infame acuerdo con Vox.
Después de haber escuchado por todos sitios que los inmigrantes se llevan las ayudas que ni la madre ni la hija sabían que existían; cómo compañeros igual de humildes que ellas, pero mucho peores estudiantes, repetían en clase que los españoles debían ir primero; y después de haber leído anuncios colgados en las farolas y las paradas de autobuses en los que joven “español” busca habitación, o albañil “español” vende sus servicios, o chica “española” se ofrece para limpiar casas; la madre tendrá el mismo miedo que cuando iba a las ventanillas con su tarjeta de residencia temporal, dejando atrás su carrera de informática para empezar de cero en otro idioma, en otro país, en busca de un tratamiento médico para la dolencia de su hija, y esta se lo notará. Algún día esa hija, u otra como ella, lo contará.
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