Juan González-Barba: "Endurecer la política migratoria no destruye las bases de la Unión Europea"
Diplomático de carrera, el ex secretario de Estado para la Unión Europea (2020-21) y ex embajador Juan González-Barba defiende en Europa: la otra patria. Claves de una identidad compartida (Siglo XXI Editores) la "robustez" del continente, y avisa: "Sostener que la UE es un invento de los globalistas de Bruselas es un error"
El Mundo, , 27-07-2026¿Por qué ha fracasado el acuerdo de Donald Trump con Irán?
El memorando de junio entre Estados Unidos e Irán era precario: se daban un plazo de dos meses para negociar un acuerdo de cese de hostilidades sostenible que abordase las cuestiones más delicadas, como el programa nuclear iraní. La modalidad de apertura del Estrecho de Ormuz, que debía ser inmediata a la firma del memorando de junio, también influiría en el régimen final que se acordara. Por otra parte, la Administración norteamericana ha tenido que afrontar críticas en las filas republicanas a lo acordado y el aliado menor, Israel, tampoco estaba satisfecho con la extensión del alto el fuego al sur del Líbano. Todo ello implicaba que cualquier conducta de la otra parte corría el riesgo de ser malinterpretada y provocar una escalada, que es lo que está ocurriendo ahora. Además, los hutíes están abriendo un nuevo frente. Es de esperar que se reconduzca la situación con vistas a lograr un cese de hostilidades con visos de permanencia.
¿Ha sido clave la posición de Israel?
He vivido en Israel y, durante un tiempo, ya con Benjamin Netanyahu como primer ministro. Él buscaba un ataque militar a Irán para desmantelar el programa nuclear con fines militares. Lo ha intentado hacer con, al menos, cuatro presidentes norteamericanos. Y todos lo habían rechazado porque sabían las dificultades a las que se enfrentaban.
Tras su fracaso en Irán, Trump ha amenazado a los aliados europeos con una reforma de la OTAN. ¿Está en riesgo el vínculo atlántico?
Trump lo está tensionando. Aunque las relaciones ya no volverán a ser como antes, todos los aliados, y digo todos sin excepción, quieren salvaguardar el vínculo atlántico, que es muy fuerte. Otra cosa es que se tenga que reforzar el componente europeo y se tenga que invertir más en defensa. Hay acusaciones muy injustas. Por ejemplo, cuando la parte estadounidense critica a los europeos utilizando palabras como «gorrones». Hay socios europeos que, en términos relativos de población, han tenido más víctimas en Afganistán y en Irak acompañando a EEUU.
Lo cierto es que la UE se enfrenta a una doble amenaza. Por un lado, la guerra de agresión de la Rusia de Putin en Ucrania. Por otro, la ruptura del compromiso histórico con la integración europea por parte de la Administración Trump.
La UE está encarando bien ambas amenazas teniendo en cuenta las circunstancias desfavorables desde las que partía. No existía cooperación en las áreas, por así decirlo, de soberanía fuerte. La invasión a gran escala de Rusia empezó en 2014. Pero, por ejemplo, hasta 2022 nunca se había financiado la compra de armamento con cargo al presupuesto comunitario. Se ha tenido que ir innovando sobre el terreno. Y aún estaba peor preparada para afrontar una crisis con EEUU. La UE tiene que desarrollar sus capacidades autónomas a contrarreloj.
¿Para Putin es irrenunciable el control de Ucrania?
Sí, pero no hay ninguna guerra eterna, sobre todo, con ese desgaste en vidas humanas. El principio de la paz siempre empieza por un alto el fuego y una congelación de las líneas. La experiencia que tengo en zonas de conflicto como diplomático es que, cuando las fuerzas empiezan a desfallecer o ambas partes se dan cuenta de que no van a conseguir los objetivos mínimos, buscan salvar los muebles. La sensación que tengo es que este incremento que se va a producir los siguientes meses quizá sea el preludio de, por fin, un acuerdo de alto el fuego en el que todos pierdan.
Después del último G-7, Trump se burló de Giorgia Meloni. Antes ya había hecho mofa de otros líderes europeos, incluidos Friedrich Merz, Keir Starmer o el propio Pedro Sánchez. ¿Cómo deben los líderes europeos encarar la relación con el presidente de EEUU?
Manteniendo los principios y, al mismo tiempo, siendo firmes cuando hay algo que va más allá de una práctica diplomática habitual.
En su libro ‘Europa:la otra patria. Claves de una identidad compartida’ (Siglo XXI Editores) dice que cree en la unión de los Veintisiete porque la sustenta un proyecto histórico coherente, con muchos siglos de antigüedad. ¿Eso quiere decir que existe una mayor unidad identitaria y cultural de la que se desprende de la burocracia comunitaria?
Uno de los propósitos del libro es mostrar que, aunque Europa está articulada en torno a Estados nación, en realidad, es mucho más robusta de lo que se piensa. Europa va más allá de esa articulación desde el pacto entre Carlomagno y el Papa León III. Veo ecos de esa cooperación en la afinidad ahora entre León XIV y determinadas políticas alrededor de la crítica a la guerra de Irán o la protección de las fronteras con un trato humano hacia el inmigrante. Europa tiene raíces muy profundas más allá de la burbuja bruselense. Para desarrollar el patriotismo europeo lo primero que hay que hacer es tener un conocimiento lo más ajustado posible.
Y, si es así, ¿por qué cada vez que hay que afrontar una crisis profunda, el proyecto europeo se da por finiquitado?
Es un error grande sostener que esto de la UE es un invento de los globalistas de Bruselas y que tenemos que volver a nuestras esencias, que son los Estados nación.
Sí, pero lo cierto es que aún vemos muchas reticencias de los Estados miembros a ceder soberanía para avanzar en la integración.
Es verdad. Estamos en una pugna permanente, aunque confieso que no soy federalista. Un federalista quiere para la UE un régimen propio de un Estado federal que, como tal, presupone una unidad estatal. La UE y Europa han sido una cosa distinta a un Estado.
En su libro aborda la UE desde el prisma de tres leyes: la «ley de hierro», basada en las invasiones periódicas con procedencia de Asia Central; la «ley de plata», que pivota sobre el peso de las relaciones económicas y comerciales en el equilibrio de poderes. Y, por último, la «ley de oro», basada en los valores humanistas. En concreto, relacionada con la ley de hierro, habla del bastión occidental como «el último baluarte» ante un riesgo militar del este. ¿Hay un riesgo real de ataque ruso?
Hay un riesgo que, hasta ahora, no ha provocado ninguna escalada. Aparte de los episodios de guerra híbrida, ha habido incidentes con drones que han sobrevolado algunos países de la UE que perciben de una manera muy nítida ese riesgo. Pero hay un principio básico, que es el de la solidaridad, que sirve no sólo para recibir fondos europeos, sino para actuar conjuntamente ante una agresión.
Sostiene que, geográficamente, Europa es «una península de Eurasia». ¿La geografía importa más en el curso de la historia que la ideología o el azar?
Son valores que actúan en conjunto. Frente al optimismo que trajeron consigo el fin de la Guerra Fría y el fin de la historia que describió Fukuyama, luego emergió una reivindicación de la geografía con el libro de Robert D. Kaplan La venganza de la geografía. La geografía es fundamental, pero no lo es todo. Si no, no se explica que España, que tiene una condición geográfica periférica en Europa, durante dos siglos ocupara una posición política central. El determinismo geográfico no lo explica todo.
Pero Kaplan, precisamente, definió a Europa como el «imperio benévolo». ¿Seguimos siéndolo?
Lo dijo en su libro ‘Adriático’, efectivamente. Somos el imperio benévolo por excelencia. Por eso actúa como un imán. En caso contrario, no se explicaría que tantas personas quieran venir aquí a vivir o que incluso Canadá no descarte su adhesión a la UE.
¿No nos impide eso ejercer un poder duro?
Esa es la gran cuestión: cómo se defiende el poder blando, que es la quintaesencia de la UE, con instrumentos de poder duro. Es un equilibrio complicado, pero no se puede renunciar a lo primero.
¿Hay que avanzar en la creación de un ejército europeo, tal como reitera José Manuel Albares, ministro de Asuntos Exteriores?
Es una quimera. Albares lo dice como objetivo último, pero no se pasa de ejércitos nacionales a uno europeo de la noche a la mañana. El objetivo es acelerar la coordinación y la integración para fortalecer el pilar europeo de la defensa.
Hace una valoración positiva del canciller alemán Merz por su «análisis clarividente de lo que está en juego» y por su «determinación».
Alemania vive con especial desasosiego la caída de certezas como el deterioro de las relaciones con Israel o con EEUU. También por razones históricas es muy sensible a la inflación o el empobrecimiento de las clases medias. Merz hace análisis claros y tiene la ventaja de encabezar un gobierno de amplia base; otra cosa es el éxito que tenga en sus reformas, incluido el rearme. Por ejemplo, la reforma de la gobernanza en la UE para hacer la toma de decisiones más ágil es factible, pero requiere paciencia. También es interesante su propuesta de canalizar la adhesión a la UE en dos fases de tal manera que no suponga la incorporación inmediata de todo el acervo. Eso facilitaría el acceso de países como Ucrania. De hecho, Schengen y el euro no se habrían podido poner en marcha sin una integración diferenciada.
¿La aprobación en el Parlamento Europeo del reglamento que da luz verde a los centros para inmigrantes fuera de la UE mina los valores que consideramos consustanciales a la civilización europea?
La UE es neutra y está al servicio de las fuerzas dominantes en cada momento que compongan el Consejo de Ministros, el Consejo Europeo y el Parlamento Europeo. El que pueda haber o no un mayor endurecimiento de la política migratoria no va contra el proyecto europeo. Cada uno puede tener su preferencia, pero no es destructivo. Otra cosa es estar o no de acuerdo. La UE responde a sus equilibrios internos.
Pero lo que ve el ciudadano medio es queMerz clausura la política de puertas abiertas de Merkel, que Meloni envía a los inmigrantes ilegales a Albania y que Sánchez regulariza a medio millón de inmigrantes. Es decir, cada país va a lo suyo.
El problema es que la política migratoria no es 100% comunitaria, por eso a veces se ven choques. La política de la que depende la concesión de la nacionalidad va al núcleo duro de la soberanía. Hay otras cuestiones, como la protección de las fronteras o los visados, que sí se pueden poner en común. La UE es una negociación continua. No hay una solución definitiva.
Cuatro décadas después de su adhesión, ¿cómo valora la impronta de la UE en España?
Ha sido muy importante para el gran problema no resuelto que tiene España, que es la convivencia de sus diferentes identidades nacionales. La participación de los gobiernos autonómicos y municipales en la construcción europea, según sus competencias, ayuda a lograr una convivencia armónica de las distintas sensibilidades nacionales. España es una realidad plurinacional, a la vista está: hay ciudadanos españoles que no se sienten españoles. Pero las nacionalidades periféricas plantean una disyuntiva tramposa: exigen que se reconozca una realidad en el ámbito de toda España y no aceptan que esa misma realidad plurinacional dentro de Cataluña, el País Vasco o Galicia.
¿Por qué la política exterior no es una cuestión de Estado en España?
Una política exterior necesita que las cuestiones básicas se proyecten en el tiempo y que sean percibidas como tales por el resto de los socios. En el clima de polarización actual es muy difícil. En las grandes cuestiones, para que puedan ser resueltas de manera satisfactoria, es imprescindible un acuerdo básico entre las dos fuerzas principales del país. Y lo dice alguien que lleva 35 años en la carrera diplomática y que ha sido alto cargo con distintos gobiernos.
¿El escándalo alrededor de José Luis Rodríguez Zapatero lastra la política exterior en América Latina?
No le puedo responder a eso porque no es un área de la que me haya ocupado. No tengo todos los datos para poder pronunciarme.
Considera que Francia es la «caja de resonancia europea». Si el partido de Le Pen se impone en las presidenciales de 2027, ¿el proyecto europeo estaría herido de muerte?
Quizá Le Pen está más inspirada en una visión napoleónica que en una gaullista. Pero si gana las presidenciales y acepta este marco, no creo que haya un riesgo para Europa, aunque sea una fuerza rupturista. Algo así ha pasado con Meloni.
¿Qué papel puede desempeñar la UE en lo que usted considera la «gran cuestión del siglo XXI»: la confrontación de las superpotencias estadounidense y china?
Contribuir de la mejor manera posible a que esta rivalidad discurra por cauces pacíficos. Ahora mismo, hay dosieres en los que Europa está más cerca de China que de la actual Administración norteamericana, por ejemplo, ante los desafíos del cambio climático o el multilateralismo. Pero China amenaza nuestra soberanía industrial. No puedes defender el libre comercio si, en el fondo, tienes un creciente déficit comercial.
Vista la salida de Starmer, ¿cuándo acabará el desgaste por el Brexit?
Siendo secretario de Estado para la UE me tocó negociar el último año del acuerdo de salida. Cuando iba a una reunión del Consejo de Asuntos Generales, siempre me preguntaba cómo es posible que los políticos británicos dieran este paso. El Brexit viene de un planteamiento incorrecto de la realidad. De manera populista y exagerada, se echó a la UE la culpa de todas las crisis. Ahora están en una fase de corrección, y eso es una trituradora para los primeros ministros.
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